Las letras en la España de Cervantes
La España de Cervantes abarca tres reinados y cabalga a horcajadas de dos siglos, el XVI y el XVII, que coinciden con el esplendor y el comienzo de la decadencia de un imperio cuya magnitud jamás fue ni ha sido alcanzada por nación alguna, juicio al que vienen a adherirse incluso las voces más recalcitrantemente enemigas, como la del francés Boileau, empeñado en boicotear sistemáticamente los logros de la cultura y de la sociedad españolas. «Qu’est ce qu’il a fait l’Espagne pour l’Europe?» —se pregunta Boileau— «Rien», responde de inmediato; hipérbole crítica que en otra parte en cierto modo atenúa con las siguientes palabras: «Aujourd’hui nous voyons l’ombres de l’Empire qu’illuminâ le monde inconnu».
Lo cierto es que la España de Cervantes fue la verdadera España, concediendo a este calificativo el estricto valor adquirido por el empeño que las políticas de Carlos I, de Felipe II y de Felipe III (reinados que confluyen en la cronología cervantina) volcaron sobre su sentido firmemente unitario, hasta el punto de que todos los territorios de su dominio se solaparon bajo ese plural mayestático que se dijo «Las Españas», aunque fuera construido por una dinastía poco española.
Bien sabidas son las circunstancias y los acontecimientos, efectos y causas que iluminaron y ensombrecieron aquel inmenso tapiz de lenguas, civilizaciones, culturas y comportamientos y, aunque no estaría de más no olvidarlo para compensar el prejuicio histórico de las miradas que hoy se echan sobre nuestro pasado, no es éste el lugar para recordarlo, aunque sí lo han hecho otros, paradójicamente no españoles, encargados de objetivar esa historia que, mal que nos pese, es nuestra, pero también de otros muchos. Cervantes nos ocupa ahora, y es Cervantes un ejemplo mayúsculo moldeado por aquel contexto que ahora llega hasta nosotros hilvanado por la literatura. Pero Cervantes y sus contemporáneos, y sus coetáneos, es —como no puede ser de otra manera— una talla esculpida por aquellas políticas, por aquella sociedad, por aquellos fracasos y conquistas del Siglo de Oro.
La España del siglo XVI en el que nace Cervantes se conforma como una unidad histórica reconocible más allá de sus lógicas contradicciones. La definición de lo «español» en el ámbito político y cultural muestra con certeza una madurez y un perfil espiritual inequívocos. Durante el Renacimiento español nuestro país se asemeja a Europa en su entusiasmo por el mundo clásico, el humanismo, la trascendencia de la naturaleza, la importancia del hombre, el neoplatonismo y la euritmia de las formas. En algunos aspectos, no ha escapado a la inercia medieval. No olvidemos que España procede como Estado de un período larguísimo de Reconquista y todo su afán es reintegrarse a Europa militando en la cristiandad, pero con una acaso ilógica desconfianza que excluyó a la minoría intelectual y económica procedente de los grupos conversos. Esta situación no será la misma con llegada del Carlos I y la inclusión de hombres de estado, mercaderes y religiosos en la administración, en la economía y en la sociedad españolas. La época de Carlos I es dinámica, agresiva y universalista. Las doctrinas de Erasmo penetran en España con su concepción de un humanismo al servicio del saber bíblico y patrístico. El Enchiridion —publicado primero en latín y luego traducido al castellano por el Arcediano del Alcor en 1526— es acogido entusiásticamente como símbolo de la corriente de la cristiandad ilustrada y, aunque al principio su influjo se restringe a cortesanos e intelectuales (los hermanos Valdés, Alonso de Fonseca, Alonso Manrique, etc.), pronto se dilata hasta las clases populares. Un poso de recelo y oposición reaccionario permanece siempre, sin embargo, como telón de fondo compuesto por frailes, la Inquisición y teólogos tradicionalistas que expresan su desacuerdo y esperarán agazapados su oportunidad boicoteadora. En 1527 el espíritu aperturista llegará a su culminación. Lo prueban estos insultos que profirieron los habitantes de Roma tras el saqueo llevado a cabo por las tropas multinacionales del emperador: «Giudei, Perfidi, Marrani, Hispani, Lutherani...» fueron otros tantos iconos verbales que proclamaban, en el fondo, su capacidad de convivencia. Pero el Saco de Roma señala otro cambio: España comienza a cerrarse sobre sí misma. La nueva espiritualidad produce recelo, el libre examen, el paulinismo, reliquias, ceremonias, oración, jerarquía..., modos y maneras que quiere combatir la corriente antiluterana, exacerba al integrismo católico. En su Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, Alfonso de Valdés, tras exculpar a Carlos I ante el Arcediano (escandalizado éste por el saqueo y la profanación de los templos), señalar que la religión es cosa del espíritu y no de la iglesia, que sólo se ocupa de obtener dinero, y aclarar que la profanación de iglesias no es nada si se compara con la profanación de los cuerpos humanos, templos del Espíritu Santo en las guerras, declara que la mayoría de las reliquias son, al fin y al cabo falsas y pone en boca de Lactancio las siguientes palabras:
el prepucio de Nuestro Señor yo lo he visto en Roma y en Burgos, y también en Nuestra Señora de Anversis, y la cabeza de San Juan Bautista en Roma y en Amiens de Francia (...) Pues de palo de la cruz digoos de verdad que si todo lo que dicen della en la cristiandad se juntase, bastaría para cargar una carreta. Dientes que mudaba Nuestro Señor cuando era niño pasan de quinientos los que hoy se muestran solamente en Francia. Pues leche de Nuestra Señora, cabellos de la Madalena, muelas de San Cristóbal no tienen cuento.
Cuando, en 1532, muere Valdés, muere con él la protección oficial de Erasmo. Iluministas y erasmistas serán juzgados desde entonces bajo las mismas premisas; comienzan las persecuciones inquisitoriales y, desde 1540, sus seguidores comenzarán a ocultarse. Sólo en las conciencias de los que se habían educado en la etapa anterior se mantendrá el talante y la memoria de aquellas doctrinas, libros y estilo de vida prácticamente perdidos. Una de esas conciencias universalistas será la de López de Hoyos, cuyo influjo en la formación de Cervantes no fue menuda, como lo prueba el Persiles, novela póstuma de género bizantino, tan del gusto, por otra parte, de los humanistas y que Cervantes ni siquiera pudo llegar a corregir. Y abro aquí un paréntesis para referirme al Persiles como la gran metáfora de la plenitud, el orden y la unidad de la creación divina, que es, ni menos ni más, la etiología del Persiles, pese a ser, por otras muchas razones, una novela y no un tratado teológico. Señalo esta circunstancia porque es buen ejemplo para ilustrar la línea circular que encierra tanto la tradición literaria heredada como su correspondiente versión autóctona todavía incardinada en el espíritu de la Reforma nada menos que en 1616. «El bizantinismo del Persiles armoniza con la tendencia general existente en la España de Felipe II hacia este género» —ha dicho Avalle-Arce. La realidad es que los motivos de esta inclinación son de carácter no literario. Lo que admiran los lectores de la época en el género bizantino son, al decir de Marcel Bataillon la «verosimilitud, verdad psicológica, ingeniosidad de la composición, sustancia filosófica, respeto de la moral». El humanismo primero, el erasmismo más tarde y, por último, el talante del concilio de Trento coincidieron en aceptar estas características y elevarlas a la categoría de modelos artísticos; lo subrayo: artísticos en lo que concierne a su aceptación por el contrarreformismo católico, pues su traslación al campo sociopolítico jamás habría sido admitida . Los protagonistas del Persiles son peregrinos; ahora bien, la peregrinación como símbolo de la vida humana es asunto que debe encontrarse originalmente en la Biblia. Se dice en los Salmos: peregrinus, sicut omnes patres mei. Mucho más tarde, en época de Dante, el peregrino, símbolo de la transitoriedad de la vida humana, sumó un significado más al convertirse en peregrino de amor. Dice Dante en su Vita nuova: «Oh vosotros, que transitáis por el camino del amor”, pero el profeta Jeremías ya había dicho lo mismo en sus Lamentationes: O vos omnes que transitis per viam. El peregrino llega hasta Cervantes como paradigma literario perfectamente distinguible, incluso se transforma en figura distintiva de la literatura reformista. La tipología literaria del Siglo de Oro traza así una curva que se inicia en el caballero, sigue por el pastor y por el pícaro y termina en el peregrino, porque el peregrino es el caballero y la aventura en el Persiles se expresa en el valor de su dimensión humana. El caballero, además, educa al peregrino en la virtud cristiana y será el cortesano quien le inspirará los ideales platónicos. De este modo, tres pautas paradigmáticas de la historia literaria se identifican con tres conductas bien diferenciadas, aunque entre sí muy próximas: Edad Media (=caballero); Renacimiento (=cortesano), Reforma (=peregrino).
El punto de partida fue la hipótesis etiológica, el diagnóstico de la plenitud, el orden y la unidad de la creación divina. La correspondencia contextual compatible con aquella hipótesis se encuentra en la novela bizantina, al transformar a los protagonistas en peregrinos y, en consecuencia, cristianizarse. El peregrino es el modelo literario de la Reforma Católica y es el personaje adecuado para remontarlos escalones de la plenitud, el orden y la unidad. Es también símbolo de la vida humana y, al mismo tiempo, su peregrinación lo es de amor. De la mano de los protagonistas, el contenido amoroso también se remonta hasta la perfección. Los peregrinos y la novela terminan, naturalmente, en Roma. Es el Persiles, por lo tanto, prueba de cómo Cervantes le coló a la Contrarreforma un gol reformista ejecutado desde el punto de penalti estético, pese a que le avisó de por dónde iba a tirar, pues ya el en Libro primero, capítulo 14, anuncia ladinamente: «No todas las verdades han de salir en público, ni a los ojos de todos».
Con Felipe II se produce la ruptura definitiva con la etapa anterior; se abandona aquel talante universalista para comenzar otro doméstico, más castizo. Felipe II es un monarca nacional. En septiembre de 1559 se instala en España, ya apenas sale de su despacho empapelado de legajos y comienza su obsesivo control de Europa y su desconfianza hacia los acontecimientos que se producen más allá de los Pirineos. A esta manera de hacer las cosas la llamó Ferdinand Braudel «hispano-centrismo»; más aún: «castellano-centrismo». Apoyándose en el fundamentalismo religioso de Castilla, Felipe II sacralizará el Estado (no olvidemos que elevó a Leyes fundamentales del Reino las conclusiones del Concilio de Trento). La vida española —su cultura en particular— toman desde ese momento una orientación religiosa, a la que contribuyen, además, las singularidades sociales del país que habían venido consolidándose en los años anteriores: baste citar a este respecto un libro que en 1552 compuso Vasco Díaz Tanco y cuyo largo título viene a ser acabada síntesis de esas peculiaridades sociales españolas, con su diversidad de tipos, fortunas y expectativas humanas de la época: Los seys aventureros de España y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. E como en España no hay más gente destas seis personas.
Américo Castro ha dicho, refiriéndose a esta sociedad, que «la reducción del pueblo español a una sola casta, cuyo carácter ya conocemos, explica el predominio creciente de la religión en todos los sectores de la vida cultural». En este influjo fueron determinantes la presión de la jerarquía eclesiástica, la Inquisición y las órdenes religiosas, enclaustradas, vigilantes, estigmatizadas por la tonsura de la Contrarreforma y paulatinamente enfrentadas a Europa. Cincuenta y tres años de la vida de Cervantes transcurren en este ambiente de militancia cristiana. Contra la intransigencia de calvinistas (Calvino quemó en la hoguera a nuestro Miguel Servet en Ginebra); contra luteranos y anglicanos, Felipe II protege a los jesuitas, reforma las órdenes religiosas, fortalece la Inquisición y redacta Índices de libros prohibidos. La antigua hostilidad musulmana es asimilada a las doctrinas de combate contra los reformistas protestantes, identificando así la vieja frontera territorial entre cristianismo e Islám con la frontera ideológica entre Catolicismo y Protestantismo, a la que se tiñe además de nueva Cruzada. Aparecen las primeras revueltas protestantes en Sevilla (1557) y Valladolid (1558) y aumenta el poder de los conservadores que claman por la unidad interior frente a las agresiones de turcos y herejes. Cuatro meses antes de la llegada de Felipe a España, se celebra, el 21 de mayo de 1559, el auto de fe que escarmentaba a los reformadores vallisoletanos con Agustín Cazalla, el ex capellán del emperador, a la cabeza. En una edición zaragozana de 1939 de su Don Juan de Austria, Manuel Ferrandis Torres describe la escena:
Estaba primero el estandarte de la Santa Inquisición, seguían los reos de muerte con la caperuza y los sambenitos pintados con llamas y diablos, y después los condenados a penas temporales, en cuyos sambenitos no había diablos ni llamas; predicó el sermón el famoso Melchor Cano; el Arzobispo de Sevilla, Valdés, tomo a los príncipes (doña Juana y don Carlos) el juramento de defender la religión; se leyeron las sentencias y se relajó al brazo seglar a los condenados a muerte, cuya pena debía cumplirse en el Quemadero situado en el Campo de Marte. Todos los reos se arrepintieron de sus delitos, causando especial emoción la retractación del doctor Cazalla, que abjuró públicamente de todos sus errores; sólo el bachiller Antonio Herreruelo murió impenitente y por eso fue el único quemado vivo; los demás fueron agarrotados primero y quemados después.»
El Estatuto de Pureza de Sangre de Toledo coincide en su edición con el año de nacimiento de Cervantes, pero también con el de Juan Rufo, el de Mateo Alemán y con el de Juan de Austria. La censura de libros se rigoriza; se registran bibliotecas, se vigila la entrada de libros extranjeros y se castiga con el embargo de bienes e incluso con la muerte la transgresión grave de esta norma. El Índice expurgatorio de 1584 (Cervantes cuenta entonces 37 años) señala las amputaciones que deberían sufrir determinadas obras para que pudieran circular libremente. El Decreto de 1559 prohíbe a todos los españoles estudiar en universidades extranjeras, excepto en las de Bolonia, Roma, Nápoles y Coimbra. El clima espiritual está, pues, servido; sin embargo, no podemos olvidar que dentro de esta vorágine de represión medievalizante, buena parte de la sociedad española caminaba al margen, se distendía u ocultaba su auténtica apariencia (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz constituyen dos ejemplos bien conocidos hoy de origen converso que, pese a su disciplina católica, no dejaron de aplicar cierta heterodoxia a sus conductas). Arias Montano, encargado en Alcalá de la confección de la Políglota Complutense; fray Luis de León, de ascendencia judía y dos veces denunciado a la Inquisición; los hermanos Valdés (Juan y Alfonso), y tantos otros contemporáneos suyos tradujeron ese espíritu renacentista español contenedor de las mejores síntesis para ser acogido por inteligentes continuadores. Cervantes sería uno de ellos.
La memoria no debe echar en el olvido, por supuesto, otros antecedentes ilustrísimos como Garcilaso, Boscán y Herrera, iniciadores y continuadores de los metros llegados de Italia y que inmediatamente arraigaron en la preceptiva española con resultados bien conocidos. Esa escuela renacentista no sólo impregnó la literatura española; fue argumento además para el desperezamiento de la que en seguida sería profusa lírica barroca. Si exceptuamos a Gracián y a Calderón, todos los grandes nombres nacen en el siglo XVI y traspasan el umbral del XVII. La diversidad de géneros y asuntos que cultivan es de tal calibre que acaso por ello se explica su paradigmática irradiación en la cultura europea. Sólo el arte y la literatura italianas pueden atribuirse semejante influjo.
El panorama literario español, no obstante y a pesar de todo lo anterior, ofrecía un campo de aceptación diversísimo en el que sobresalía el gusto por las novelas de caballerías. Durante el siglo XVI se publican más de trescientas ediciones de este género. Sólo el Amadís de Gaula (de Garci Núñez de Montalvo) conoce, entre 1508 y 1587, treinta ediciones de sus tres tomos y de un cuarto añadido posteriormente. Las sergas de Esplandián, del propio Montalvo, conocerá asimismo un éxito extraordinario. En 1555 se emitió un Decreto prohibiendo la publicación de estos libros de caballerías en España y en las Indias, pero no tuvo ningún efecto. El éxito de la épica fue también más que notable y entre los siglos XVI y XVII vieron la luz más de ciento cincuenta epopeyas.
Títulos de autores del siglo XV gozaron de gran predicamento entre los lectores del XVI no sólo españoles, sino, a través de sus numerosas traducciones, también europeos: de Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, se publicaron veintisiete ediciones; de Grisel y Mirabella, de Juan Flores, cuarenta y siete. No le anduvo a la zaga el éxito del género pastoril, en algunas de cuyas novelas nada tenían que ver los personajes con pastores o pastoras, sino con personas pertenecientes al ámbito más próximo al escritor, en su mayor parte miembros de la nobleza alta y media, que eran presentados bajo un disfraz pastoril totalmente idealizados. Adivinar a quién ocultaba ese disfraz tal vez representara uno de los atractivos más gustosos del lector de la época y una de las claves de su éxito. Citemos sólo Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor, La Diana enamorada, de Gil Polo, además de la primeriza obra cervantina de La Galatea y La Arcadia de Lope de Vega. El realismo y el aforismo moralizante o didáctico seguidor de las directrices erasmistas dispusieron también de un contexto privilegiado: La lozana andaluza, de Francisco Delicado, se publicó en Venecia en 1528, El lazarillo de Tormes en 1554, en Amberes, Burgos y Alcalá y Lope hizo su incursión en este género en 1632 con La Dorotea. Fue muy celebrada y difundida La silva de varia lección de Pedro Mexía, y se publicaron abundantes recopilaciones de sentencias populares como la Filosofía vulgar, de Juan de Mal Lara y la Floresta española de apotegmas de Melchor de Santa Cruz. El rocambolesco Juan Rufo, además de su epopeya La Austríada, dio a la imprenta Las seiscientas apotegmas en 1596, que influyeron no poco en la obra aforística de Baltasar Gracián, quien sentía auténtica devoción por el autor cordobés. Y, en fin, Antonio de Guevara, aunque con un estilo ciceroniano no del gusto de Erasmo, dio a la luz su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, obra trascendental para los escritores del Barroco.
A estas publicaciones se unieron otras de importante influjo. El Diálogo de la lengua de Juan de Valdés, las colecciones poéticas que recogían el Cancionero general de 1511 y el Romancero general de 1600 (sobados ambos por los poetas del XVII). Un poema de Cervantes dedicado a San Francisco figura en el Jardín espiritual de Pedro Padilla. El mismo poema lo recogerá Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados de 1585; sin embargo, Pedro de Espinosa excluirá a Cervantes de sus Flores de poetas ilustres, aparecido en 1605.
Todos éstos son títulos que ha ido recogiendo la historiografía literaria con mayor o menor pasión y con mayor o menor acierto, pero se extraña Alberto Blécua de que Universal redención, obra de Francisco Hernández Blasco de 1585, que conoció un éxito fabuloso durante cerca de cuarenta años, siga hoy (en cuanto yo sé) sin publicar ni haya merecido un estudio monográfico.
Aunque resulta ciertamente difícil hacer un balance de la revolución espiritual y estética del siglo XVI, lo que parece necesario, a mi juicio, es tomar conciencia de su relativo fracaso, más revelador si cabe a causa de los desgarramientos y perturbaciones de su último tercio. 1) El Humanismo se presumía como alentador de una concepción global del hombre y de su relación con el mundo, pretendía abarcar la totalidad del ser en ese contexto natural dado, pero la respuesta de la historia española fue negativa. 2) La concepción optimista del hombre, criatura divina, movida por el amor, capaz de elegir libremente el bien gracias a la luz de una razón formada en los principios de una sana pedagogía, fue contestada por las hogueras, las prisiones, la guerra civil, los conflictos europeos, los excesos de la colonización. 3) El Humanismo quería explicar el mundo por el conocimiento, por un primitivo afán científico, pero se encontró con los muros de la física aristotélica. Y 4) El Humanismo pensó conciliar francamente el respeto a las aspiraciones naturales del hombre y las exigencias del cristianismo; sin embargo, tanto las condenas de los reformadores como los dogmas del concilio de Trento negaron este hecho. Más aún: «esa dialéctica del Eros y el Ágape, del Amor profano y del Amor sagrado —ha dicho Bennassar—, naufraga en las desviaciones naturalistas o sucumbe bajo la moral austera de una religión renovada. En este sentido —continúa Bartolomé Bennassar—, resulta más que simbólico el fracaso del erasmismo».
Claro que esta aceptada aproximación a los caracteres humanistas no deja de ser una invención alemana del siglo XIX y, aunque no se le prestó mucha atención, Augusto Campana, en 1946, se preguntó por el origen de ese término, «humanista», y nos respondió a todos que procede específicamente de los Studia Humanitatis que en Italia reunían a profesores y alumnos en torno a la filosofía clásica, la patrística y las obras de la literatura greco-latina. Esto es, un ámbito y marco que, aunque significativamente asociados al espíritu con que conocemos ese movimiento, fue desbordado por el discurso moderno del nouveau régime.
Por la puerta entreabierta del siglo XVII asoma ya una estética fundamentalmente distinta, al menos en apariencia. La causa de ese cambio dicho aparente no es otra, en lo que mi juicio alcanza, que haber llegado al límite convergente de dos siglos llamados de Oro, tan diferentes vital y estéticamente; límite que señala al optimismo el camino hacia el pesimismo, que muestra al equilibrio la espiral de las crisis violentas, y que pone en los labios de una lengua elegante y sencilla las herramientas para su conversión en compleja y extraordinariamente expresiva.
El teatro, la gran aspiración autoral de Cervantes, ante la que tuvo que ceder por el empuje irresistible de Lope, fue otro de las grandes medios de expresión social. Lope entendió muy bien no sólo el sentido «nacional» con que había que teñir los dramas populares, sino que tuvo razón en sus postulados dramáticos y su modelo se mantuvo vigente durante más de un siglo. Cervantes lo había elogiado en La Galatea, pero en el Quijote, a través de las críticas palabras del Canónigo y el Cura en el capítulo XLVIII, pone en tela de juicio ese teatro representado por Lope .
En 1585 contaba Madrid con dos espacios fijos delimitados por patios de casas adaptados a las representaciones. Eran administrados por hermandades de caridad, que de este modo financiaban sus actividades, en especial las hospitalarias. Durante las funciones se vendía agua y frutos, además de cobrar, por supuesto, la entrada. A diferencia de la Inglaterra de Shakespeare, en España los papeles femeninos eran interpretados por mujeres, lo que constituía un incentivo para el entusiasmo de un público mayoritariamente masculino. Las obras se renovaban con frecuencia y, además de los contratos económicos entre directores y autores, alrededor del «teatro» giraba una intensa actividad comercial. Las compañías adquirían material diverso para el montaje de sus representaciones, así que siempre merodeaba a su alrededor todo tipo de comerciantes, artesanos y variopintos personajes, desde carpinteros y modistas, hasta músicos y rudimentarios técnicos en efectos especiales. En torno al espectáculo se generaba, pues, una profusa actividad económica no desaprovechada por aquellos ciudadanos de la capital de un país que, durante el siglo XVI, vio multiplicar los precios por ocho. El oro y la plata que llegaban de América terminaban en las arcas de los banqueros italianos u holandeses, cuyos préstamos nunca eran suficientes para mantener a una nobleza improductiva, cuya máxima razón de ser era embarcar al pueblo en guerras y más guerras. La defensa de la fe católica era, en definitiva, un pretexto insostenible esgrimido por la aristocracia para defender sus privilegios, aunque es bien cierto que buena parte de esa aristocracia se endeudaba a costa de servir los intereses del monarca.
Alberto Spunberg ha descrito así la situación:
...la gran masa del pueblo, en su mayoría integrada por campesinos y pequeños propietarios de tierra, soportaba el mayor peso de los abrumadores impuestos, mientras, al mismo tiempo, veía caer en picado su poder adquisitivo. Las incipientes capas medias —pequeños comerciantes, militares de menor gradación, el bajo clero, los famosos gentileshombres— vivían en la mayor de las zozobras. El resultado era caótico: los campesinos, sin ningún apoyo oficial, ni crediticio ni legal, abandonaban la tierra y, con sus familias a cuestas, emigraban a las ciudades, que, de este modo, se convertían en un paisaje de hacinamiento y vagabundeo, a la vez que en el ámbito propicio para que aflorasen la delincuencia y la picaresca. Mendigos y prostitutas pululaban por las calles...
Éstas eran las calles que pisaban Cervantes y sus colegas. ¿Cómo no refugiarse, entonces, en el imaginario de la literatura?
Hacia 1580 comienzan a escribirse las obras de la que José Manuel Blécua cita como generación de 1560 (Lope, Góngora, los hermanos Argensola,...). En aquel año, el del nacimiento de Quevedo, aún suenan los ecos de la victoria de Lepanto (1571), todavía no se ha hundido la Armada Invencible (1588) y España se encuentra bajo la mano férrea de Felipe II. Los pilares humanista y renacentista han sido derribados por la Contrarreforma; se exalta progresivamente lo nacional y lo religioso, pero las aportaciones literarias italianas mantienen su vigencia, el petrarquismo abarrota la poesía lírica. La decadencia nacional emerge poco a poco. El reinado de Felipe III —etapa de la plenitud de estos autores — inicia la práctica política de los validos y, con ellos, la del blindaje de los intereses particulares. Felipe III y Felipe IV comparten el poder con el Duque de Lerma y el Conde-Duque de Olivares. El traslado de la corte de nuevo a Valladolid sólo despierta críticas y descontento y la expulsión de los moriscos suscita únicamente indiferencia. Aunque la corte resplandece como nunca, debajo de ese lujo amenaza con énfasis la ruina económica. Todo en el gobierno comienza a despedazarse; se abandona el sentido de unidad y las guerras quedan huérfanas de idealismo.
La circunstancia vital influye decisivamente en la literatura. Aunque las grandes figuras que escriben en esta época: Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo (éste más enteramente hijo del siglo XVII) siguen caminos distintos, su obra parece surgir empujada por una análoga sensación: constatar la existencia de una realidad opresiva.
La España de Cervantes es ya, a estas alturas, un país envuelto en un sueño de poder e imperio. González de Cellórigo sugiere para describirla la imagen cervantina de una —y cito — «república de hombres encantados, que viven fuera del orden natural». En su «Égloga piscatoria», Góngora describe con pesimismo el territorio americano como un cadáver sangrado por la codicia y la violencia, y lo hace así:
ara del Sol edades ciento, ahora
templo de quien el Sol aún no es estrella,
de la grande América es, oro sus venas,
sus huesos plata, que dichosamente,
si liturgia dio marinería
a España en uno y otro alado pino,
interés ligurino
su rubia sangre hoy día,
su médula chupando está luciente.
Góngora es poeta muy querido de Cervantes. Las Soledades gongorinas aparecen en el mismo momento que la Segunda Parte del Quijote y comparten ambos la tarea de representar una realidad nacional e histórica que de repente, como el Alonso Quijano de Cervantes o el peregrino de Góngora, han perdido su rumbo, han regresado (en palabras de Gracián) a un «mundo trabucado». Como otros muchos escritores de la época de decadencia política, Góngora y Cervantes comparten su procedencia de hidalgos desclasados y se asemejan en un rasgo vital: no haber alcanzado ni el bienestar económico ni un puesto influyente.
España mantiene su poder a escala mundial, pero sólo a costa de someter al país a sacrificios enormes. Como ha dicho Mateo Alemán con palabras naturalistas en su Guzmán de Alfarache, es el momento en que «la peste baja de Castilla y el hambre sube de Andalucía». En tales circunstancias, la esquizofrenia parece imponerse como condición del genio, y así lo atestiguan el Alonso Quijano y el licenciado Vidriera cervantinos, los Sueños de Quevedo o la «soledad confusa» de Góngora. El humanismo abierto y ambicioso de principios del XVI ha cedido ante lo que John Beverly denomina «una cultura nacional caracterizada por un ambiente de conformismo, chauvinismo y pedantería religiosa e intelectual».
Aunque esta afirmación puede ser discutida, lo cierto es que el escritor, como figura referencial, ocupa otro lugar en la sociedad del siglo XVII. En el reinado de Carlos I, el hombre de letras y el hombre de armas eran sinónimos. Ser poeta profesional era algo inasumible. La escritura se consideraba una actividad aséptica y ociosa. Siendo la escritura sólo un aspecto en la vida del hombre, limitaba su forma y su volumen. La actitud del escritor era diferente: quería escribir bien; evidenciar que conocía su «oficio» y la originalidad carecía de importancia. Los metros italianos apenas habían sido introducidos, se procuraba dominarlos y adaptarlos a la lengua española. Garcilaso, por ejemplo, fue poeta de un solo asunto; tampoco Fray Luis o Juan de la Cruz se prodigan en este aspecto; Fernando de Herrera, con abordar dos temas casi parece fecundo, pero avanzará, junto a fray Luis, algunos de los síntomas posteriores del Barroco. Autores como Francisco de Aldana y Francisco de Medrano van anunciando el cambio y, en el siglo XVII, nos topamos de pronto con una profusión que produce asombro.
Sus predecesores han fijado, perfeccionado y elevado la lengua poética. Las posibilidades métricas se les presentan casi ilimitadas. Él mismo es respetado ya por ser escritor. Con la llegada de los validos, se impone el discurso apologético. La conducta heroica del siglo anterior se convierte ahora en una disposición panegírica que persigue la compensación material e inmediata. Al mismo tiempo, al aumentar la corrupción en la corte, el poeta se presume invitado a dirigir su pluma satírica contra sus hacedores y llega a ser temido por las verdades que revela. Puede «profesionalizar» su trabajo literario y por ello le es posible indagar en más argumentos. La polifacies de estos autores alcanza caracteres inéditos hasta entonces, no contentándose con seguir un modelo, sino persiguiendo la originalidad, el reconocimiento singular. Tampoco les basta con imitar la sencillez de la tipología clásica; es la época del virtuosismo; los autores ponen a prueba su capacidad para sobrepasar los límites establecidos por el hábito literario y la lengua se enriquece progresivamente; la literatura llega a ser casi más importante que el mundo que en ella se representa. La crisis social, por otro lado, hace que el hombre del XVII se sienta inseguro; inmerso en una angustia creciente, desea fijar, cuando menos, el mundo que crea. Este hombre no estima tener el poder del hombre renacentista, pues reconoce la vanidad y lo transitorio de las cosas; los asuntos morales serán tratados, por ello, con un fuerte acento de decepción y escepticismo. A la vez, se intensifica el contenido religioso. En el Renacimiento lo religioso era una manifestación nostálgica por la euritmia formal. En el XVII más de un poeta trata de sujetarse desesperadamente a la poca fe que le queda. La búsqueda angustiada produce un estilo más dinámico; la obra parece más vital. Para escapar de la tensión interior el artista del XVII se concentra en el detalle, la estructura global de las obras muestra cierto desequilibrio. La variedad de asuntos indica ya que ésta es una época de adherencias nuevas. Surge el concepto de relatividad y en su lucha por alcanzar algo constante y seguro, el artista se sirve a menudo de contrastes. Se oscila entre la estilización estética y los detalles naturalistas; gana terreno la paradoja; incluso los mismos asuntos sufren tratamientos y enfoques distintos: en la naturaleza y lo pastoril van borrándose, por ejemplo, los elementos decadentes; el énfasis del carpe diem se transfiere desde su concepción puramente hedonista a la más pesimista de la disolución final en la muerte; la mujer se presenta menos idealizada, a veces fea e hipócrita. Los mitos, antes reverenciados, son ahora vulgarizados y satirizados.
La época que le tocó al Cervantes maduro es, por consiguiente, un período pasional y voraginoso, de búsquedas continuas. Se vive muy intensamente; el placer y el dolor llegan a sus extremos. Es frecuente la hipérbole para encubrir una realidad que no se considera satisfactoria. Y esta misma insatisfacción motiva el anhelo de difuminar lo representado, como si se escribiera con el común y compartido defecto de vista cansada.
En realidad, esta España cervantina es acaso (descendiendo transitoriamente al detalle) la conditio inevitabilis de su literatura. Constituye una increíble alternancia de grandezas y miserias, de glorias e imprecaciones. En la ruina general de la economía española sobrenadan los ingenios artísticos nacionales, la palma de la victoria en Lepanto lleva en su dorso el naufragio de la Armada Invencible. Y así sucesivamente: en cada momento del Siglo de Oro se reitera la paradoja de su fatum: unir en vital ayuntamiento grandeza y miseria. La España de Cervantes es, en fin, una suma de decadencia material y de grandeza artística.
Cuando Cervantes nace, Carlos I derrotaba en Mühlberg al ejército protestante, moría Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta y géneros literarios como la novela pastoril (con la que se estrenará Cervantes como escritor) o la novela picaresca (en la que se consagrará Mateo Alemán), todavía estaban asomándose. Los géneros novelísticos preferidos por los lectores de aquella época eran la novela sentimental y la caballeresca (que tanto haría cavilar al autor del Quijote). La Celestina, por su parte, era imitada, adaptada y continuada profusamente hasta convertirse casi en un género literario en sí mismo.
A la muerte de Cervantes, en cambio, el panorama de las letras españolas es fertilísimo: Lope de Vega se ha convertido en el maestro indiscutido del teatro, con una escuela de discípulos en la Península y un ejército de admiradores en el extranjero; pero Tirso, Guillén de Castro y Ruiz de Alarcón no le hacen mala sombra. Góngora había revolucionado la poesía al afirmar que la metáfora era la única realidad básica a partir de la que podía empezarse a poetizar y al escribir en las Soledades poesía lírica con dimensiones épicas. Quevedo había revelado la sintomatología de la convaleciente realidad española y había comenzado a redactar su diagnóstico inmisericorde. Y Gracián y Calderón (iconos insustituibles del Romanticismo germano) estaban todavía cambiando sus pañales literarios.
Se avecina el Barroco, término relativamente moderno, pues no aparece hasta 1757 debido a Francesco Milizia, que lo incluye en su Dicionario delle Belle Arti del disegno para denominar a todos aquellos artistas poseedores de un estilo contrario al estilo clásico. La primera valoración de los caracteres artísticos barrocos se hace mucho más tarde incluso, en 1915, en la conocida estructura de polaridades y parejas de contrarios del suizo Wölfflin. Y Hausser, por fin, en 1957 (es decir, hace cuatro días como quien dice) relativizará las bruscas oposiciones de Wölfflin para señalar que el Barroco es, en realidad, un movimiento continuador del clasicismo. En cualquier caso, la búsqueda sistemática del movimiento es lo que constituye la esencia misma de su gusto. Bernini escribió que «El hombre jamás es tan parecido a sí mismo como cuando está en movimiento». La arquitectura barroca busca este movimiento en sus fachadas ondulantes o salientes, en columnas salomónicas, en balcones y tribunas que combinan curvas y contracurvas. En pintura y en escultura, el gusto por el movimiento se manifiesta incluso en la elección de los contenidos —dramáticos y atormentados— y en las técnicas, que utilizan sin medida y con virtuosismo máximo el estuco a base de yeso, las posibilidades de la perspectiva, los efectos de trompe-l’oeil (el conocido trampantojo), los juegos de luces y sombras y una profusión colorista.
El Barroco es también arte de espectáculo y de ostentación. La preocupación por la decoración supera a la preocupación por la construcción. Por otra parte, en los decorados teatrales y en la arquitectura efímera, es donde mejor brilla la imaginación y la maestría de los artistas. El Orfeo de Monteverdi en 1607 inaugura el género operístico en un contexto óptimo para su aparición; bailes de corte, pastorales dramáticas, tragicomedias, participan del gusto de la época por sus propios temas. Los autores se complacen en intrigas complicadas, donde metamorfosis y disfraces desempeñan un papel trascendental, sin ignorar ni la exposición de los sentimientos más exagerados ni el espectáculo, en la propia escena, de suplicios y muerte simulados.
Los temas del agua y el fuego, de la inconstancia y la felicidad, de la vida y de la muerte, se tratan con especial preferencia. El Barroco, contrario a toda regla, rechaza el equilibrio, la medida, la razón; es el triunfo de lo patético, de lo excesivo, de lo irracional. Aunque nacido oficialmente en Roma en 1600, es España el paradigma de sus realizaciones, y no sólo eso, sino que ya antes su espíritu de fuga había arraigado en las conductas de nuestros creadores. El Barroco es también y, ante todo, un arte religioso; «su éxito es inseparable de la evolución de la Iglesia romana desde el Concilio de Trento», ha escrito François Lebrun. Y, en efecto, el arte de la Contrarreforma, al rechazar algunos aspectos paganos del Renacimiento, se impuso como objetivo el combate sin tregua contra la herejía protestante y la glorificación de los dogmas reafirmados por el Concilio. Fue un arte de disputa y de disciplina, fervoroso y austero a la vez. Hacia 1600, la victoria del catolicismo sobre el protestantismo, aunque parcial, es indiscutible. El espíritu de controversia y la consigna de austeridad, dan paso poco a poco a la afirmación triunfante de una fe segura de sí misma. Las iglesias, teatros del sacrifico de la misa, se decoran con gran suntuosidad, desde la fachada hasta los retablos de los altares: prevalece la idea de que nada es bastante bello ni rico para glorificar al Creador y a su Iglesia. La exaltación de Cristo y de la Virgen, de los santos y de los mártires, la exposición de las verdades del dogma representadas por alegorías, son los grandes asuntos de estas decoraciones. El Barroco se convierte en la expresión de un humanismo católico empeñado en armonizar las realidades de la vida temporal con las esperanzas de la vida eterna.
Sin embargo, el arte Barroco no puede, en mi opinión, vincularse sólo al triunfo de la iglesia romana. Junto a ese aspecto esencial, en los lugares donde arraiga, se manifiesta como el retrato realista de una sociedad determinada: no otra que la sociedad monárquica, en la que el poder del soberano —de carácter sagrado por más de una razón— se manifiesta, entre otras cosas, en la suntuosidad, lujo de decoración y boato impregnadores de los grandes actos de su vida; sociedad señorial en la que la nobleza terrateniente mantiene sobre la masa campesina un prestigio y una autoridad que tratan de parecerse al prestigio y a la autoridad del rey; sociedad rural en la que los campesinos, indiferenciados de los habitantes de las pequeñas ciudades, analfabetos en su gran mayoría y menos proclives al razonamiento que a lo maravilloso y lo sensible, buscan en el culto a los santos, por ejemplo, consuelo, intercesiones, esperanzas...
Observemos, sin embargo, que esos mismos ciudadanos, nobles o analfabetos, no desecharon las prácticas mundanas, abandonándose a disipaciones que estaban muy lejos de corresponder a la retórica y a la estética del espíritu implantado por las instituciones políticas y religiosas. Javier Rioyo hace en La vida golfa un espléndido y ameno recorrido topográfico y toponímico por los lupanares del Madrid de la época que ilustra esas conductas. Los escritores, cómo no, se aderezaron a su gusto en esa actividad común.
Lo ilustra, por ejemplo, la analogía existente entre varios de ellos en su afición por el juego de naipes, práctica que les proporcionó no pocos disgustos. Cervantes mismo, gran aficionado a las cartas, contrajo algunas de sus deudas en el juego, como Góngora, que sucumbió económicamente por la misma razón. Juan Rufo se arruinó tres veces a causa del juego, sólo que, en su caso, contaba con los posibles de su padre, quien acudió otras tantas veces a socorrerlo.
Los templos, por su parte, no servían sólo a su fin, sino que eran lugares de reunión de «tapadas» y prostitutas. Los españoles ligaban en las iglesias; las puertas de los templos eran lugar de asentamiento de tenderetes de vinos, licores, buñuelos y chucherías. García Mercadal describe ese ambiente de la siguiente manera: «Los galanes, que pretendían a alguna de las tapadas que en el templo estaban, les ofrecían alguno de estos manjares y así empezaba la cita amorosa. Los templos eran un desmadre, sonaban carracas, se hacían meriendas, había peleas (...) algunas mancebas eran de misa diaria, y otras, que no lo eran tanto, sabían que aquel era un buen punto de encuentro. Y acudían al templo como las honestas, con su manto, su escapulario, el cojín (a pesar de su prohibición en 1575)...»
Como vemos, no todo era oro lo que relucía en esa España... o sí; quizá de esta mina del subsuelo social, como la llamó Dostoievski, se extrajeron los preciosos metales que se engarzarían a buena parte de nuestra dorada literatura . Un poeta de entonces, Gonzalo de Burgos, compuso estos versos para las que no querían ser confundidas con las putas en los templos:
Niña, se vais a la eglesia
non tenggias escapolario,
que vos tendría por manceba.
E más si vos ven con rosario,
que depois han de seguiros
haciendovos corolarios,
creyendo la vuestra casa
mancebía de ordinario
Gómez Riverano, otro poeta local, describe así una escena de ligue en la iglesia: «Y luego que el cucurucho abrí para regalarla, forcé la mano a besarla y no me la quitó mucho». Y, más discreto, el propio Gómez Riverano, sentencia en octosílabos:
El escándalo ha llegado
en España a tal fomento,
que en banquete descarado
se convierte el Monumento
de Cristo Sacramentado.
En fin, Vicente Martínez Espinel, Vélez de Guevara, Rufo, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Lope, Tirso... no prostibulaban en la iglesia, pero no dejaron de visitar las mancebías que describe Rioyo. Fue la más afamada la de «Las Soleras», en la calle Mayor, esquina con la Puerta del Sol, a la que acudía lo mejor de la intelectualidad del Siglo de Oro y fue celebrada por Quevedo. Incluso la calle Ave María en Madrid, muy cerca de la de Atocha, recibe su nombre de una anécdota real relacionada con este ambiente prostibulario. La relata el cronista Capmany y la sintetizo: «Fray Simón de Rojas, ministro del convento de la Trinidad —hoy plaza de Tirso de Molina—, se escandalizó cuando, por orden del Corregidor Antonio de Lugo, se derribaron los lupanares y se expulsó a las mancebas de los cañizares, encontrándose en sus pozos cadáveres de fetos y de personas adultas. Fray Simón de Rojas, horrorizado, exclamó entonces: ¡Ave María!, y así se denominó la calle que luego se construyó en ese lugar».
Ha querido el destino que hoy se llame calle Cervantes la antigua calle Francos, en la que se erigía la más discreta y más cara de las mancebías madrileñas, la de los caballeros que no querían llamar la atención y a la que acudían un día sí y otro también el laureado Lope, fray Gabriel Téllez transmutado en Tirso de Molina, Quevedo, Alarcón, Vélez y el Conde de Villamediana. El de la calle Francos fue también prostíbulo frecuentado por Juan de Austria acompañado por su desdichado sobrino el infante Don Carlos.
Así, pues, puede reiterarse la afirmación de que la religiosidad de la época era puramente oficial, uno de tantos maquillajes que todo Estado necesita para ocultar su acné. Las amenazas, el terror inquisitorial, la prisión y la tortura eran permanentemente obviados por la costumbre asentada en el instinto.
Sabemos que el influjo de La Celestina no cejó en su proyección literaria y que su substrato afianzó muchos argumentos de la picaresca, entre otros, la visión naturalista de la sociedad y de las costumbres. Cuando Celestina sorprende desnuda a una de sus mancebas no puede reprimir el natural entusiasmo y exclama:
¡Bendígate Dios e Señor San Miguel, ángel! ¡E qué gorda e fresca que estás! ¡Qué pechos e qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta agora, viendo lo que todos podían ver, pero agora te digo que no hay en la cibdat tres cuerpos tales como el tuyo, en quanto yo conozco. No paresce que hayas quince años. ¡O, quien fuera hombre e tanta parte alcanzara de ti para gozar tal vista! (...) Cata que no seas avarienta de lo poco que te costó... E pues tú no puedes de ti propria gozar, goze quien puede», etc.
Nunca el instinto ha dejado de manifestarse desde una postura paradójicamente reflexiva o intelectual, cuanto menos en una actitud vital, en su discurso puramente antropomórfico. La exultación celestinesca pervive en todas las épocas y en todos los lugares, pero en la España de los siglos XVI y XVII, era ésta una cuestión que venía, además, sancionada, como vemos, por la autoridad literaria, no por la eclesiástica (aunque la praxis que el clero aplicaba fuera con tantísima frecuencia afín).
Alicia Cámara describe el meditado diseño del escenario de un templo barroco en estos términos: «es casa, palacio, y retrete del Rey de los Reyes, tabernáculo donde se aposenta su sagrado cuerpo, su cielo, y su domicilio, abreviado en el pequeño espacio de un Templo. Se trató siempre de crear una atmósfera de milagro en el interior. Luces, bujías, cirios, candeleros, hachas encendidas, acompañan entierros y procesiones, e invaden los templos con ocasión de cualquier celebración. El ambiente religioso se carga así de sacralidad, y lo mismo puede impedir la entrada en el recinto a los distraídos en vicios, que impedir la salida a uno que se pretenda ir sin la confesión».
Lugar de confusión, espacio idóneo, pues, para comprender sin esfuerzo cómo a la iglesia del Buen Suceso, por ejemplo, esquina con la calle de Alcalá y en la misma Puerta del Sol, «acudían —nos dice José Deleyto y Piñuela— las criadas de servir en busca de acomodo, y también los que necesitaban de sus servicios, aunque había en Madrid unos agentes para tal menester, llamados padres de mozas». Había dicho Calderón que «Las devociones nunca faltan del todo a los ladrones». Sabido es que en las iglesias se estaba a salvo de la persecución de la justicia. Refugiarse en ellas significaba escapar del poder temporal. Así, puede escribir Quevedo en El Buscón: «Al fin nos acogimos a la Iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la justicia y dormimos lo necesario para espumar el vino que había en los cascos. Pasámoslo en la iglesia notablemente, porque al olor de los retraídos, vinieron ninfas, desnudándose por vestirnos». En efecto, no era difícil que, al atardecer, llegaran las busconas a acechar a sus clientes en los oscuros arcos de las iglesias. Y, en fin, Rodriguez Marín apunta: «La vida que los retraídos —los que utilizaban la iglesia como refugio y estancia para que pasara el peligro de caer en manos de la justicia— hacían en los lugares que gozaban de inmunidad, era escandalosa. Luego que un perseguido por la justicia tomaba iglesia, hallaba en el lugar sagrado la peor compañía del mundo, pero también la más divertida y alegre. No les daban un bledo de la persecución que sufrían; allí a bandadas las coimas para visitarlos y remediarlos de ropa y vituallas; allí las músicas y los votos y reniegos; allí las espantables historias de valentías y hurtos; allí los naipes y los dados, y las comilonas y las ofensas a Dios, y las burlas a los hombres... Burdeles, que no lugares eclesiásticos eran aquéllos».
Y, si en el pecado se lleva la penitencia, otra vez Deleyto y Piñuela nos describe así la gestación del primer bastardo de Felipe IV:
El primer amor extralegal parece que fue la hija del Conde de Chirel, dama de afamada beldad, allá hacia 1625, cuando el rey frisaba los veinte años, aunque antes comenzara sus fugaces aventuras. Como su familia era de ilustre prosapia, emparentada con el Almirante de Castilla, para facilitar aquella relación se alejó de la Corte al padre de la joven, que era casi una niña, dándole mando en las galeras de Italia. La madre sí fue sabedora del suceso. Al año siguiente nació un vástago, el primero de los bastardos reales, al que se llamó don Fernando Francisco de Austria y que falleció prematuramente.
Los encuentros con la hija de los Chirel se celebraban en la propia casa de los condes, en la calle de Alcalá y se le conoció —tiene miga la cosa— con el nombre de la Concepción Real. Cedido luego el edificio por el rey a las monjas de Calatrava, el convento, que todavía existe, conservó ese nombre que encubre de retórica al pecado y se hizo célebre por una décima que por entonces se recitaba:
Caminante, ésta que ves
casa, no es quien ser solía;
hízola el rey mancebía
para convento después.
Lo que un tiempo fue y lo que es,
aunque con roja señal
y título en el umbral,
ella lo dice y enseña,
que casa en que el rey empreña
es la Concepción Real.
Pero «¿Qué linaje hay en el mundo, por bueno que sea, que no tenga algún dime y direte?», se pregunta un Cervantes ponderado en el Coloquio de los perros.
William Hazlitt, escritor romántico británico, dijo de la personalidad de su compatriota Shakespeare: «He was nothing in himself», o, lo que es lo mismo: “Por sí mismo, no fue nada”. Quien haya echado una ojeada a la biografía de Cervantes comprenderá esas palabras de Hazlitt en toda su dimensión.
Nihil novum soub sole sed poesis vivax.
Manuel. M. Forega
Conferencia impartida por M.M. Forega, el viernes día 2 de septiembre de 2005, en el Conservatorio de Música de Tarazona durante la Celebración del "IV Festival Internacional de Poesía Moncayo" en Homenaje a Miguel de Cervantes en el IV Centenario de la Publicación de la I ª Parte de "El Quijote". |