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3/9/2005
[!] Un poeta en el Festival

 



05/09/2005


DOS POEMAS DE ÁNGEL GUINDA*



guinda.jpg

NO


Soy un claro interior, el porvenir
de una puerta que siempre está atrancada.
La trampa de vivir y ver morir.


Contra la destrucción de la conciencia
bramo, reviento, clavo en Dios los codos.
Soy un zarpazo roto de paciencia.


Una luz que, arañando los escombros,
borra la niebla y sigue hacia adelante.
Un hombre con la sombra hasta los hombros.


Como hambre y bebo sed con todos
los condenados a escarbar la nada.
Esto no es un poema, es un desplante.


Profundamente grito un no rotundo.
Yo no quiero vivir en este mundo.


CAJAS


Lo diría una indígena y tendría razón.
“Ustedes tienen la vida organizada en cajas.
Nacen y les dejan en una cajita,
su casa es una caja, y las habitaciones
son cajas más pequeñas.
Suben a la casa en una caja,
bajan a la calle en una caja.
Viajan en una caja.
Duermen y hacen el amor sobre una caja.
A través de una caja ven el mundo.
Cambian de casa: lo meten todo en cajas.
Y cuando mueren
les introducen también en una caja.
Los Bancos y las Cajas tienen caja,
los establecimientos tienen y hacen caja.”
Todo está hecho para que encajemos.
Nos encajan la vida.
Algunos no encajamos, y nos desencajamos.


*Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) leyó estos dos poemas en el monasterio de Veruela el pasado sábado. Aquellos que frecuentan esta página, ya saben que me gusta mucho incorporar textos ajenos.


18:33. Tema: sin tema. #. Hay 9 comentario/s de este artículo.

 

2/9/2005
[!] IV Festival Internacional de Poesía Moncayo. Documentales. Vicky Calavia y Emilio Casanova.

Propuesta de pases audiovisuales


 








Día: viernes 2 de septiembre


Hora: 23 horas


Lugar: Salón de actos del Ayuntamiento de Novallas (Zaragoza)


 


-  Realizada por Vicki Calavia. Un proyecto que recoge cientos de mini entrevistas a gente de la calle, niños, abuelos, poetas, diseñadores, pescateros, cupletistas, cantantes, fruteras, escritores, políticos, actores, hilanderas, artesanos, camareros..., todos recitando poesía, recordando aquellos versos aprendidos de carrerilla en el colegio, o tantas veces leídos por amados.


Calderón, Lorca, Machado, Benedetti, Whitman, Bécquer, Bukowski, Gil de Biedma, Kavafis, Baudelaire, poesía popular, inventada para la ocasión, en un instante,...


Más de cien personas de diferentes nacionalidades (alemanes, argentinos, colombianos, portugueses, brasileños, rumanos,...), edades, estratos culturales, idiomas,... revelando su memoria poética a cámara. Manifestaciones orales espontáneas que abarcan desde los clásicos, hasta poemas, versos, rimas,... de creación propia o pertenecientes a la tradición oral o folclórica.


Los poemas más recordados, los de Lorca y Bécquer. ¿Esto es poesía? ¿y tú me lo preguntas?... Y yo me la llevé al río, creyendo que era mocita...


Intervenciones breves, divertidas, evocadoras, frescas, emocionantes... un tipo con sombrero, bastón en mano, muy serio, recuerda al Piyayo: A chufla lo toma la gente, y a mí me da pena y me causa un respeto imponente.


 


 


 


Día: Viernes 2 de septiembre


Hora: 13 horas


Lugar: Casino de la Amistad de Tarazona (Zaragoza)


 


- Cinco bversos y un epitafio. 7 min. 2005. Emilio Casanova. Sobre poemas de Octavio Paz.


Cinco bversos y un epitafio. Poemas de Octavio Paz.


 


Vídeo creación. 5’ 55”. Betacam SP y Digital.


Poemas y Voz: Octavio Paz


Guión y realización: Emilio Casanova


Banda sonora: Goyo Maestro


Coros: Irene Albiac, Carmen Álvarez, Cristina Járboles


Edición: Carlos Navarro, Elipsis


Producción: Círculo de Lectores, 1999


Emilio Casanova, 2005


 


Breve pieza de poesía visual realizada por Emilio Casanova, que contempla la relación entre el lenguaje poético y la imagen, a través de la reinterpretación visual mediante animación gráfica, de algunos fragmentos de la obra de Octavio Paz (cinco poemas y un epitafio) para deconstruirlos, construirlos y reconstruirlos, devolviéndolos finalmente a su origen.


 


Poemas: Delta de cinco brazos (De Semillas para un himno, 1950-1954), Dos en uno (de Vuelta, 1969/1975), Pleno sol (de Piedras sueltas, 1955), Custodia, Blanco (fragmento) y Epitafio sobre ninguna piedra (de Árbol adentro, 1976-1988).


 


 


Poemas largos y poemas cortos: es lo mismo. El tiempo no es largo ni corto: es pleno o vacío. En tres líneas se dice, a veces, lo mismo que en quinientas…


 


Octavio Paz


 


 


 


Delta de cinco brazos


 


El día abre la mano


Tres nubes


Y estas pocas palabras.


 


(De Semillas para un himno, 1950-1954. Octavio Paz)


 


 


 


Dos en uno


 


Baja


Desnuda


la luna                la mujer


por el pozo       por mis ojos


 


(De Vuelta, 1969-1975)


 


 

2/9/2005
[!] Conferencia Cervantes

Las letras en la España de Cervantes


 


 


                La España de Cervantes abarca tres reinados y cabalga a horcajadas de dos siglos, el XVI y el XVII, que coinciden con el esplendor y el comienzo de la decadencia de un imperio cuya magnitud jamás fue ni ha sido alcanzada por nación alguna, juicio al que vienen a adherirse incluso las voces más recalcitrantemente enemigas, como la del francés Boileau, empeñado en boicotear sistemáticamente los logros de la cultura y de la sociedad españolas.  «Qu’est ce qu’il a fait l’Espagne pour l’Europe?» —se pregunta Boileau— «Rien», responde de inmediato; hipérbole crítica que en otra parte en cierto modo atenúa con las siguientes palabras: «Aujourd’hui nous voyons l’ombres de l’Empire qu’illuminâ le monde inconnu».


                Lo cierto es que la España de Cervantes fue la verdadera España, concediendo a este calificativo el estricto valor adquirido por el empeño que las políticas de Carlos I, de Felipe II y de Felipe III (reinados que confluyen en la cronología cervantina) volcaron sobre su sentido firmemente unitario, hasta el punto de que todos los territorios de su dominio se solaparon bajo ese plural mayestático que se dijo «Las Españas», aunque fuera construido por una dinastía poco española.


                Bien sabidas son las circunstancias y los acontecimientos, efectos y causas que iluminaron y ensombrecieron aquel inmenso tapiz de lenguas, civilizaciones, culturas y comportamientos y, aunque no estaría de más no olvidarlo para compensar el prejuicio histórico de las miradas que hoy se echan sobre nuestro pasado, no es éste el lugar para recordarlo, aunque sí lo han hecho otros, paradójicamente no españoles, encargados de objetivar esa historia que, mal que nos pese, es nuestra, pero también de otros muchos. Cervantes nos ocupa ahora, y es Cervantes un ejemplo mayúsculo moldeado por aquel contexto que ahora llega hasta nosotros hilvanado por la literatura. Pero Cervantes y sus contemporáneos, y sus coetáneos, es —como no puede ser de otra manera— una talla esculpida por aquellas políticas, por aquella sociedad, por aquellos fracasos y conquistas del Siglo de Oro.


                La España del siglo XVI en el que nace Cervantes se conforma como una unidad histórica reconocible más allá de sus lógicas contradicciones. La definición de lo «español» en el ámbito político y cultural muestra con certeza una madurez y un perfil espiritual inequívocos. Durante el Renacimiento español nuestro país se asemeja a Europa en su entusiasmo por el mundo clásico, el humanismo, la trascendencia de la naturaleza, la importancia del hombre, el neoplatonismo y la euritmia de las formas.  En algunos aspectos, no ha escapado a la inercia medieval. No olvidemos que España procede como Estado de un período larguísimo de Reconquista y todo su afán es reintegrarse a Europa militando en la cristiandad, pero con una acaso ilógica desconfianza que excluyó a la minoría intelectual y económica procedente de los grupos conversos. Esta situación no será la misma con llegada del Carlos I y la inclusión de hombres de estado, mercaderes y religiosos en la administración, en la economía y en la sociedad españolas. La época de Carlos I es dinámica, agresiva y universalista. Las doctrinas de Erasmo penetran en España con su concepción de un humanismo al servicio del saber bíblico y patrístico. El Enchiridion —publicado primero en latín y luego traducido al castellano por el Arcediano del Alcor en 1526— es acogido entusiásticamente como símbolo de la corriente de la cristiandad ilustrada y, aunque al principio su influjo se restringe a cortesanos e intelectuales (los hermanos Valdés, Alonso de Fonseca, Alonso Manrique, etc.), pronto se dilata hasta las clases populares. Un poso de recelo y oposición reaccionario permanece siempre, sin embargo, como telón de fondo compuesto por frailes, la Inquisición y teólogos tradicionalistas que expresan su desacuerdo y esperarán agazapados su oportunidad boicoteadora.  En 1527 el espíritu aperturista llegará a su culminación.  Lo prueban estos insultos que profirieron los habitantes de Roma tras el saqueo llevado a cabo por las tropas multinacionales del emperador: «Giudei, Perfidi, Marrani, Hispani, Lutherani...» fueron otros tantos iconos verbales que proclamaban, en el fondo, su capacidad de convivencia. Pero el Saco de Roma señala otro cambio: España comienza a cerrarse sobre sí misma. La nueva espiritualidad produce recelo, el libre examen, el paulinismo, reliquias, ceremonias, oración, jerarquía..., modos y maneras que quiere combatir la corriente antiluterana, exacerba al integrismo católico.  En su Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, Alfonso de Valdés, tras exculpar a Carlos I ante el Arcediano (escandalizado éste por el saqueo y la profanación de los templos), señalar que la religión es cosa del espíritu y no de la iglesia, que sólo se ocupa de obtener dinero, y aclarar que la profanación de iglesias no es nada si se compara con la profanación de los cuerpos humanos, templos del Espíritu Santo en las guerras, declara que la mayoría de las reliquias son, al fin y al cabo falsas y pone en boca de Lactancio las siguientes palabras:


               


el prepucio de Nuestro Señor yo lo he visto en Roma y en Burgos, y también en Nuestra Señora de Anversis, y la cabeza de San Juan Bautista en Roma y en Amiens de Francia (...) Pues de palo de la cruz digoos de verdad que si todo lo que dicen della en la cristiandad se juntase, bastaría para cargar una carreta. Dientes que mudaba Nuestro Señor cuando era niño pasan de quinientos los que hoy se muestran solamente en Francia. Pues leche de Nuestra Señora, cabellos de la Madalena, muelas de San Cristóbal no tienen cuento.


 


Cuando, en 1532, muere Valdés, muere con él la protección oficial de Erasmo. Iluministas y erasmistas serán juzgados desde entonces bajo las mismas premisas; comienzan las persecuciones inquisitoriales y, desde 1540, sus seguidores comenzarán a ocultarse. Sólo en las conciencias de los que se habían educado en la etapa anterior se mantendrá el talante y la memoria de aquellas doctrinas, libros y estilo de vida prácticamente perdidos. Una de esas conciencias universalistas será la de López de Hoyos, cuyo influjo en la formación de Cervantes no fue menuda, como lo prueba el Persiles, novela póstuma de género bizantino, tan del gusto, por otra parte, de los humanistas y que Cervantes ni siquiera pudo llegar a corregir. Y abro aquí un paréntesis para referirme al Persiles como la gran metáfora de la plenitud, el orden y la unidad de la creación divina, que es, ni menos ni más, la etiología del Persiles, pese a ser, por otras muchas razones, una novela y no un tratado teológico. Señalo esta circunstancia porque es buen ejemplo para ilustrar la línea circular que encierra tanto la tradición literaria heredada como su correspondiente versión autóctona todavía incardinada en el espíritu de la Reforma nada menos que en 1616. «El bizantinismo del Persiles armoniza con la tendencia general existente en la España de Felipe II hacia este género» —ha dicho Avalle-Arce. La realidad es que los motivos de esta inclinación son de carácter no literario. Lo que admiran los lectores de la época en el género bizantino son, al decir de Marcel Bataillon la «verosimilitud, verdad psicológica, ingeniosidad de la composición, sustancia filosófica, respeto de la moral». El humanismo primero, el erasmismo más tarde y, por último, el talante del concilio de Trento coincidieron en aceptar estas características y elevarlas a la categoría de modelos artísticos; lo subrayo: artísticos en lo que concierne a su aceptación por el contrarreformismo católico, pues su traslación al campo sociopolítico jamás habría sido admitida . Los protagonistas del Persiles son peregrinos; ahora bien, la peregrinación como símbolo de la vida humana es asunto que debe encontrarse originalmente en la Biblia. Se dice en los Salmos: peregrinus, sicut omnes patres mei. Mucho más tarde, en época de Dante, el peregrino, símbolo de la transitoriedad de la vida humana, sumó un significado más al convertirse en peregrino de amor. Dice Dante en su Vita nuova: «Oh vosotros, que transitáis por el camino del amor”, pero el profeta Jeremías ya había dicho lo mismo en sus Lamentationes: O vos omnes que transitis per viam. El peregrino llega hasta Cervantes como paradigma literario perfectamente distinguible, incluso se transforma en figura distintiva de la literatura reformista. La tipología literaria del Siglo de Oro traza así una curva que se inicia en el caballero, sigue por el pastor y por el pícaro y termina en el peregrino, porque el peregrino es el caballero y la aventura en el Persiles se expresa en el valor de su dimensión humana. El caballero, además, educa al peregrino en la virtud cristiana y será el cortesano quien le inspirará los ideales platónicos. De este modo, tres pautas paradigmáticas de la historia literaria se identifican con tres conductas bien diferenciadas, aunque entre sí muy próximas: Edad Media (=caballero); Renacimiento (=cortesano), Reforma (=peregrino).


                El punto de partida fue la hipótesis etiológica, el diagnóstico de la plenitud, el orden y la unidad de la creación divina. La correspondencia  contextual compatible con aquella hipótesis se encuentra en la novela bizantina, al transformar a los protagonistas en peregrinos y, en consecuencia, cristianizarse. El peregrino es el modelo literario de la Reforma Católica y es el personaje adecuado para remontarlos escalones de la plenitud, el orden y la unidad. Es también símbolo de la vida humana y, al mismo tiempo, su peregrinación lo es de amor. De la mano de los protagonistas, el contenido amoroso también se remonta hasta la perfección. Los peregrinos y la novela terminan, naturalmente, en Roma. Es el Persiles, por lo tanto, prueba de cómo Cervantes le coló a la Contrarreforma un gol reformista ejecutado desde el punto de penalti estético, pese a que le avisó de por dónde iba a tirar, pues ya el en Libro primero, capítulo 14, anuncia ladinamente: «No todas las verdades han de salir en público, ni a los ojos de todos».


                Con Felipe II se produce la ruptura definitiva con la etapa anterior; se abandona aquel talante universalista para comenzar otro doméstico, más castizo. Felipe II es un monarca nacional. En septiembre de 1559 se instala en España, ya apenas sale de su despacho empapelado de legajos y comienza su obsesivo control de Europa y su desconfianza hacia los acontecimientos que se producen más allá de los Pirineos. A esta manera de hacer las cosas la llamó Ferdinand Braudel «hispano-centrismo»; más aún: «castellano-centrismo». Apoyándose en el fundamentalismo religioso de Castilla, Felipe II sacralizará el Estado (no olvidemos que elevó a Leyes fundamentales del Reino las conclusiones del Concilio de Trento). La vida española —su cultura en particular— toman desde ese momento una orientación religiosa, a la que contribuyen, además, las singularidades sociales del país que habían venido consolidándose en los años anteriores: baste citar a este respecto un libro que en 1552 compuso Vasco Díaz Tanco y cuyo largo título viene a ser acabada síntesis de esas peculiaridades sociales españolas, con su diversidad de tipos, fortunas y expectativas humanas de la época: Los seys aventureros de España y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. E como en España no hay más gente destas seis personas.


  Américo Castro ha dicho, refiriéndose a esta sociedad, que «la reducción del pueblo español a una sola casta, cuyo carácter ya conocemos, explica el predominio creciente de la religión en todos los sectores de la vida cultural». En este influjo fueron determinantes la presión de la jerarquía eclesiástica, la Inquisición y las órdenes religiosas, enclaustradas, vigilantes, estigmatizadas por la tonsura de la Contrarreforma y paulatinamente enfrentadas a Europa. Cincuenta y tres años de la vida de Cervantes transcurren en este ambiente de militancia cristiana. Contra la intransigencia de calvinistas (Calvino quemó en la hoguera a nuestro Miguel Servet en Ginebra); contra luteranos y anglicanos, Felipe II protege a los jesuitas, reforma las órdenes religiosas, fortalece la Inquisición y redacta Índices de libros prohibidos. La antigua hostilidad musulmana es asimilada a las doctrinas de combate contra los reformistas protestantes, identificando así la vieja frontera territorial entre cristianismo e Islám con la frontera ideológica entre Catolicismo y Protestantismo, a la que se tiñe además de nueva Cruzada. Aparecen las primeras revueltas protestantes en Sevilla (1557) y Valladolid (1558) y aumenta el poder de los conservadores que claman por la unidad interior frente a las agresiones de turcos y herejes. Cuatro meses antes de la llegada de Felipe a España, se celebra, el 21 de mayo de 1559, el auto de fe que escarmentaba a los reformadores vallisoletanos con Agustín Cazalla, el ex capellán del emperador, a la cabeza. En una edición zaragozana de 1939 de su Don Juan de Austria, Manuel Ferrandis Torres describe la escena:


 


Estaba primero el estandarte de la Santa Inquisición, seguían los reos de muerte con la caperuza y los sambenitos pintados con llamas y diablos, y después los condenados a penas temporales, en cuyos sambenitos no había diablos ni llamas; predicó el sermón el famoso Melchor Cano; el Arzobispo de Sevilla, Valdés, tomo a los príncipes (doña Juana y don Carlos) el juramento de defender la religión; se leyeron las sentencias y se relajó al brazo seglar a los condenados a muerte, cuya pena debía cumplirse en el Quemadero situado en el Campo de Marte. Todos los reos se arrepintieron de sus delitos, causando especial emoción la retractación del doctor Cazalla, que abjuró públicamente de todos sus errores; sólo el bachiller Antonio Herreruelo murió impenitente y por eso fue el único quemado vivo; los demás fueron agarrotados primero y quemados después.»


 


                El Estatuto de Pureza de Sangre de Toledo coincide en su edición con el año de nacimiento de Cervantes, pero también con el de Juan Rufo, el de Mateo Alemán y con el de Juan de Austria. La censura de libros se rigoriza; se registran bibliotecas, se vigila la entrada de libros extranjeros y se castiga con el embargo de bienes e incluso con la muerte la transgresión grave de esta norma. El Índice expurgatorio de 1584 (Cervantes cuenta entonces 37 años) señala las amputaciones que deberían sufrir determinadas obras para que pudieran circular libremente. El Decreto de 1559 prohíbe a todos los españoles estudiar en universidades extranjeras, excepto en las de Bolonia, Roma, Nápoles y Coimbra. El clima espiritual está, pues, servido; sin embargo, no podemos olvidar que dentro de esta vorágine de represión medievalizante, buena parte de la sociedad española caminaba al margen, se distendía u ocultaba su auténtica apariencia (Teresa de Jesús y Juan de la Cruz constituyen dos ejemplos bien conocidos hoy de origen converso que, pese a su disciplina católica, no dejaron de aplicar cierta heterodoxia a sus conductas). Arias Montano, encargado en Alcalá de la confección de la Políglota Complutense; fray Luis de León, de ascendencia judía y dos veces denunciado a la Inquisición; los hermanos Valdés (Juan y Alfonso), y tantos otros contemporáneos suyos tradujeron ese espíritu renacentista español contenedor de las mejores síntesis para ser acogido por inteligentes continuadores. Cervantes sería uno de ellos.


                La memoria no debe echar en el olvido, por supuesto, otros antecedentes ilustrísimos como Garcilaso, Boscán y Herrera, iniciadores y continuadores de los metros llegados de Italia y que inmediatamente arraigaron en la preceptiva española con resultados bien conocidos. Esa escuela renacentista no sólo impregnó la literatura española; fue argumento además para el desperezamiento de la que en seguida sería profusa lírica barroca. Si exceptuamos a Gracián y a Calderón, todos los grandes nombres nacen en el siglo XVI y traspasan el umbral del XVII. La diversidad de géneros y asuntos que cultivan es de tal calibre que acaso por ello se explica su paradigmática irradiación en la cultura europea. Sólo el arte y la literatura italianas pueden atribuirse semejante influjo.


                El panorama literario español, no obstante y a pesar de todo lo anterior, ofrecía un campo de aceptación diversísimo en el que sobresalía el gusto por las novelas de caballerías. Durante el siglo XVI se publican más de trescientas ediciones de este género. Sólo el Amadís de Gaula (de Garci Núñez de Montalvo) conoce, entre 1508 y 1587, treinta ediciones de sus tres tomos y de un cuarto añadido posteriormente. Las sergas de Esplandián, del propio Montalvo, conocerá asimismo un éxito extraordinario. En 1555 se emitió un Decreto prohibiendo la publicación de estos libros de caballerías en España y en las Indias, pero no tuvo ningún efecto. El éxito de la épica fue también más que notable y entre los siglos XVI y XVII vieron la luz más de ciento cincuenta epopeyas.


                Títulos de autores del siglo XV gozaron de gran predicamento entre los lectores del XVI no sólo españoles, sino, a través de sus numerosas traducciones, también europeos: de Cárcel de amor, de Diego de San Pedro, se publicaron veintisiete ediciones; de Grisel y Mirabella, de Juan Flores, cuarenta y siete. No le anduvo a la zaga el éxito del género pastoril, en algunas de cuyas novelas nada tenían que ver los personajes con pastores o pastoras, sino con personas pertenecientes al ámbito más próximo al escritor, en su mayor parte miembros de la nobleza alta y media, que eran presentados bajo un disfraz pastoril totalmente idealizados. Adivinar a quién ocultaba ese disfraz tal vez representara uno de los atractivos más gustosos del lector de la época y una de las claves de su éxito. Citemos sólo Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor, La Diana enamorada, de Gil Polo, además de la primeriza obra cervantina de La Galatea y La Arcadia de Lope de Vega. El realismo y el aforismo moralizante o didáctico seguidor de las directrices erasmistas dispusieron también de un contexto privilegiado: La lozana andaluza, de Francisco Delicado, se publicó en Venecia en 1528, El lazarillo de Tormes en 1554, en Amberes, Burgos y Alcalá y Lope hizo su incursión en este género en 1632 con La Dorotea. Fue muy celebrada y difundida La silva de varia lección de Pedro Mexía, y se publicaron abundantes recopilaciones de sentencias populares como la Filosofía vulgar, de Juan de Mal Lara y la Floresta española de apotegmas de Melchor de Santa Cruz. El rocambolesco Juan Rufo, además de su epopeya La Austríada, dio a la imprenta Las seiscientas apotegmas en 1596, que influyeron no poco en la obra aforística de Baltasar Gracián, quien sentía auténtica devoción por el autor cordobés. Y, en fin, Antonio de Guevara, aunque con un estilo ciceroniano no del gusto de Erasmo, dio a la luz su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, obra trascendental para los escritores del Barroco.


                A estas publicaciones se unieron otras de importante influjo. El Diálogo de la lengua de Juan de Valdés, las colecciones poéticas que recogían el Cancionero general de 1511 y el Romancero general de 1600 (sobados ambos por los poetas del XVII). Un poema de Cervantes dedicado a San Francisco figura en el Jardín espiritual de Pedro Padilla. El mismo poema lo recogerá Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados de 1585; sin embargo, Pedro de Espinosa  excluirá a Cervantes de sus Flores de poetas ilustres, aparecido en 1605.


                Todos éstos son títulos que ha ido recogiendo la historiografía literaria con mayor o menor pasión y con mayor o menor acierto, pero se extraña Alberto Blécua de que Universal redención, obra de Francisco Hernández Blasco de 1585, que conoció un éxito fabuloso durante cerca de cuarenta años, siga hoy (en cuanto yo sé) sin publicar ni haya merecido un estudio monográfico.


                Aunque resulta ciertamente difícil hacer un balance de la revolución espiritual y estética del siglo XVI, lo que parece necesario, a mi juicio, es tomar conciencia de su relativo fracaso, más revelador si cabe a causa de los desgarramientos y perturbaciones de su último tercio. 1) El Humanismo se presumía como alentador de una concepción global del hombre y de su relación con el mundo, pretendía  abarcar la totalidad del ser en ese contexto natural dado, pero la respuesta de la historia española fue negativa. 2) La concepción optimista del hombre, criatura divina, movida por el amor, capaz de elegir libremente el bien gracias a la luz de una razón formada en los principios de una sana pedagogía, fue contestada por las hogueras, las prisiones, la guerra civil, los conflictos europeos, los excesos de la colonización. 3) El Humanismo quería explicar el mundo por el conocimiento, por un primitivo afán científico, pero se encontró con los muros de la física aristotélica. Y 4) El Humanismo pensó conciliar francamente el respeto a las aspiraciones naturales del hombre y las exigencias del cristianismo; sin embargo, tanto las condenas de los reformadores como los dogmas del concilio de Trento negaron este hecho. Más aún: «esa dialéctica del Eros y el Ágape, del Amor profano y del Amor sagrado —ha dicho Bennassar—, naufraga en las desviaciones naturalistas o sucumbe bajo la moral austera de una religión renovada. En este sentido  —continúa Bartolomé Bennassar—, resulta más que simbólico el fracaso del erasmismo».


                Claro que esta aceptada aproximación a los caracteres humanistas no deja de ser una invención alemana del siglo XIX y, aunque no se le prestó mucha atención, Augusto Campana, en 1946, se preguntó por el origen de ese término, «humanista», y nos respondió a todos que procede específicamente de los Studia Humanitatis que en Italia reunían a profesores y alumnos en torno a la filosofía clásica, la patrística y las obras de la literatura greco-latina. Esto es, un ámbito y marco que, aunque significativamente asociados al espíritu con que conocemos ese movimiento, fue desbordado por el discurso moderno del nouveau régime.


                Por la puerta entreabierta del siglo XVII asoma ya una estética fundamentalmente distinta, al menos en apariencia. La causa de ese cambio dicho aparente no es otra, en lo que mi juicio alcanza, que haber llegado al límite convergente de dos siglos llamados de Oro, tan diferentes vital y estéticamente; límite que señala al optimismo el camino hacia el pesimismo, que muestra al equilibrio la espiral de las crisis violentas, y que pone en los labios de una lengua elegante y sencilla las herramientas para su conversión en compleja y extraordinariamente expresiva.


                El teatro, la gran aspiración autoral de Cervantes, ante la que tuvo que ceder por el empuje irresistible de Lope, fue otro de las grandes medios de expresión social. Lope entendió muy bien no sólo el sentido «nacional» con que había que teñir los dramas populares, sino que tuvo razón en sus postulados dramáticos y su modelo se mantuvo vigente durante más de un siglo. Cervantes lo había elogiado en La Galatea, pero en el Quijote, a través de las críticas palabras del Canónigo y el Cura en el capítulo XLVIII, pone en tela de juicio ese teatro representado por Lope .


                En 1585 contaba Madrid con dos espacios fijos delimitados por patios de casas adaptados a las representaciones. Eran administrados por hermandades de caridad, que de este modo financiaban sus actividades, en especial las hospitalarias. Durante las funciones se vendía agua y frutos, además de cobrar, por supuesto, la entrada. A diferencia de la Inglaterra de Shakespeare, en España los papeles femeninos eran interpretados por mujeres, lo que constituía un incentivo para el entusiasmo de un público mayoritariamente masculino. Las obras se renovaban con frecuencia y, además de los contratos económicos entre directores y autores, alrededor del «teatro» giraba una intensa actividad comercial. Las compañías adquirían material diverso para el montaje de sus representaciones, así que siempre merodeaba a su alrededor todo tipo de comerciantes, artesanos y variopintos personajes, desde carpinteros y modistas, hasta músicos y rudimentarios técnicos en efectos especiales. En torno al espectáculo se generaba, pues, una profusa actividad económica no desaprovechada por aquellos ciudadanos de la capital de un país que, durante el siglo XVI, vio multiplicar los precios por ocho. El oro y la plata que llegaban de América terminaban en las arcas de los banqueros italianos u holandeses, cuyos préstamos nunca eran suficientes para mantener a una nobleza improductiva, cuya máxima razón de ser era embarcar al pueblo en guerras y más guerras. La defensa de la fe católica era, en definitiva, un pretexto insostenible esgrimido por la aristocracia para defender sus privilegios, aunque es bien cierto que buena parte de esa aristocracia se endeudaba a costa de servir los intereses del monarca.


                Alberto Spunberg ha descrito así la situación:


                              


...la gran masa del pueblo, en su mayoría integrada por campesinos y pequeños propietarios de tierra, soportaba el mayor peso de los abrumadores impuestos, mientras, al mismo tiempo, veía caer en picado su poder adquisitivo. Las incipientes capas medias —pequeños comerciantes, militares de menor gradación, el bajo clero, los famosos gentileshombres— vivían en la mayor de las zozobras. El resultado era caótico: los campesinos, sin ningún apoyo oficial, ni crediticio ni legal, abandonaban la tierra y, con sus familias a cuestas, emigraban a las ciudades, que, de este modo, se convertían en un paisaje de hacinamiento y vagabundeo, a la vez que en el ámbito propicio para que aflorasen la delincuencia y la picaresca. Mendigos y prostitutas pululaban por las calles...


 


                Éstas eran las calles que pisaban Cervantes y sus colegas. ¿Cómo no refugiarse, entonces, en el imaginario de la literatura?


                Hacia 1580 comienzan a escribirse las obras de la que José Manuel Blécua cita como generación de 1560 (Lope, Góngora, los hermanos Argensola,...). En aquel año, el del nacimiento de Quevedo, aún suenan los ecos de la victoria de Lepanto (1571), todavía no se ha hundido la Armada Invencible (1588) y España se encuentra bajo la mano férrea de Felipe II. Los pilares humanista y renacentista han sido derribados por la Contrarreforma; se exalta progresivamente lo nacional y lo religioso, pero las aportaciones literarias italianas mantienen su vigencia, el petrarquismo abarrota la poesía lírica. La decadencia nacional emerge poco a poco. El reinado de Felipe III —etapa de la plenitud de estos autores —  inicia la práctica política de los validos y, con ellos, la del blindaje de los intereses particulares. Felipe III y Felipe IV comparten el poder con el Duque de Lerma y el Conde-Duque de Olivares. El traslado de la corte de nuevo a Valladolid sólo despierta críticas y descontento y la expulsión de los moriscos suscita únicamente indiferencia. Aunque la corte resplandece como nunca, debajo de ese lujo amenaza con énfasis la ruina económica. Todo en el gobierno comienza a despedazarse; se abandona el sentido de unidad y las guerras quedan huérfanas de idealismo.


                La circunstancia vital influye decisivamente en la literatura. Aunque las grandes figuras que escriben en esta época: Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo (éste más enteramente hijo del siglo XVII) siguen caminos distintos, su obra parece surgir empujada por una análoga sensación: constatar la existencia de una realidad opresiva.


                La España de Cervantes es ya, a estas alturas, un país envuelto en un sueño de poder e imperio. González de Cellórigo sugiere para describirla la imagen cervantina de una —y cito — «república de hombres encantados, que viven fuera del orden natural». En su «Égloga piscatoria», Góngora describe con pesimismo el territorio americano como un cadáver sangrado por la codicia y la violencia, y lo hace así:


 


                                               ara del Sol edades ciento, ahora


                               templo de quien el Sol aún no es estrella,


                               de la grande América es, oro sus venas,


                               sus huesos plata, que dichosamente,


                               si liturgia dio marinería


                               a España en uno y otro alado pino,


                                               interés ligurino


                                               su rubia sangre hoy día,


                               su médula chupando está luciente.


 


                Góngora es poeta muy querido de Cervantes. Las Soledades gongorinas aparecen en el mismo momento que la Segunda Parte del Quijote y comparten ambos la tarea de representar una realidad nacional e histórica que de repente, como el Alonso Quijano de Cervantes o el peregrino de Góngora, han perdido su rumbo, han regresado (en palabras de Gracián) a un «mundo trabucado». Como otros muchos escritores de la época de decadencia política, Góngora y Cervantes comparten su procedencia de hidalgos desclasados y se asemejan en un rasgo vital: no haber alcanzado ni el bienestar económico ni un puesto influyente.


                España mantiene su poder a escala mundial, pero sólo a costa de someter al país a sacrificios enormes. Como ha dicho Mateo Alemán con palabras naturalistas  en su Guzmán de Alfarache, es el momento en que «la peste baja de Castilla y el hambre sube de Andalucía». En tales circunstancias, la esquizofrenia parece imponerse como condición del genio, y así lo atestiguan el Alonso Quijano y el licenciado Vidriera cervantinos, los Sueños de Quevedo o la «soledad confusa» de Góngora. El humanismo abierto y ambicioso de principios del XVI ha cedido ante lo que John Beverly denomina «una cultura nacional caracterizada por un ambiente de conformismo, chauvinismo y pedantería religiosa e intelectual».


                Aunque esta afirmación puede ser discutida, lo cierto es que el escritor, como figura referencial, ocupa otro lugar en la sociedad del siglo XVII. En el reinado de Carlos I, el hombre de letras y el hombre de armas eran sinónimos. Ser poeta profesional era algo inasumible. La escritura se consideraba una actividad aséptica y ociosa. Siendo la escritura sólo un aspecto en la vida del hombre, limitaba su forma y su volumen. La actitud del escritor era diferente: quería escribir bien; evidenciar que conocía su «oficio» y la originalidad carecía de importancia. Los metros italianos apenas habían sido introducidos, se procuraba dominarlos y adaptarlos a la lengua española. Garcilaso, por ejemplo, fue poeta de un solo asunto; tampoco Fray Luis o Juan de la Cruz se prodigan en este aspecto; Fernando de Herrera, con abordar dos temas casi parece fecundo, pero avanzará, junto a fray Luis, algunos de los síntomas posteriores del Barroco. Autores como Francisco de Aldana y Francisco de Medrano van anunciando el cambio y, en el siglo XVII, nos topamos de pronto con una profusión que produce asombro.


                Sus predecesores han fijado, perfeccionado y elevado la lengua poética. Las posibilidades métricas se les presentan casi ilimitadas. Él mismo es respetado ya por ser escritor. Con la llegada de los validos, se impone el discurso apologético. La conducta heroica del siglo anterior se convierte ahora en una disposición panegírica que persigue la compensación material e inmediata. Al mismo tiempo, al aumentar la corrupción en la corte, el poeta se presume invitado a dirigir su pluma satírica contra sus hacedores y llega a ser temido por las verdades que revela. Puede «profesionalizar» su trabajo literario y por ello le es posible indagar en más argumentos. La polifacies de estos autores alcanza caracteres inéditos hasta entonces, no contentándose con seguir un modelo, sino persiguiendo la originalidad, el reconocimiento singular. Tampoco les basta con imitar la sencillez de la tipología clásica; es la época del virtuosismo; los autores ponen a prueba su capacidad para sobrepasar los límites establecidos por el hábito literario y la lengua se enriquece progresivamente; la literatura llega a ser casi más importante que el mundo que en ella se representa. La crisis social, por otro lado, hace que el hombre del XVII se sienta inseguro; inmerso en una angustia creciente, desea fijar, cuando menos, el mundo que crea. Este hombre no estima tener el poder del hombre renacentista, pues reconoce la vanidad y lo transitorio de las cosas; los asuntos morales serán tratados, por ello, con un fuerte acento de decepción y escepticismo. A la vez, se intensifica el contenido religioso. En el Renacimiento lo religioso era una manifestación nostálgica por la euritmia formal. En el XVII más de un poeta trata de sujetarse desesperadamente a la poca fe que le queda. La búsqueda angustiada produce un estilo más dinámico; la obra parece más vital. Para escapar de la tensión interior el artista del XVII se concentra en el detalle, la estructura global de las obras muestra cierto desequilibrio. La variedad de asuntos indica ya que ésta es una época de adherencias nuevas. Surge el concepto de relatividad y en su lucha por alcanzar algo constante y seguro, el artista se sirve a menudo de contrastes. Se oscila entre la estilización estética y los detalles naturalistas; gana terreno la paradoja; incluso los mismos asuntos sufren tratamientos y enfoques distintos: en la naturaleza y lo pastoril van borrándose, por ejemplo,  los elementos decadentes; el énfasis del carpe diem se transfiere desde su concepción puramente hedonista a la más pesimista de la disolución final en la muerte; la mujer se presenta menos idealizada, a veces fea e hipócrita. Los mitos, antes reverenciados, son ahora vulgarizados y satirizados.


                La época que le tocó al Cervantes maduro es, por consiguiente, un período pasional y voraginoso, de búsquedas continuas. Se vive muy intensamente; el placer y el dolor llegan a sus extremos. Es frecuente la hipérbole para encubrir una realidad que no se considera satisfactoria. Y esta misma insatisfacción motiva el anhelo de difuminar lo representado, como si se escribiera con el común y compartido defecto de vista cansada.


                En realidad, esta España cervantina es acaso (descendiendo transitoriamente al detalle) la conditio inevitabilis de su literatura. Constituye una increíble alternancia de grandezas y miserias, de glorias e imprecaciones. En la ruina general de la economía española sobrenadan los ingenios artísticos nacionales, la palma de la victoria en Lepanto lleva en su dorso el naufragio de la Armada Invencible. Y así sucesivamente: en cada momento del Siglo de Oro se reitera la paradoja de su fatum: unir en vital ayuntamiento grandeza y miseria. La España de Cervantes es, en fin, una suma de decadencia material y de grandeza artística.


                Cuando Cervantes nace, Carlos I derrotaba en Mühlberg al ejército protestante, moría Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta y géneros literarios como la novela pastoril (con la que se estrenará Cervantes como escritor) o la novela picaresca (en la que se consagrará Mateo Alemán), todavía estaban asomándose. Los géneros novelísticos preferidos por los lectores de aquella época eran la novela sentimental y la caballeresca (que tanto haría cavilar al autor del Quijote). La Celestina, por su parte, era imitada, adaptada y continuada profusamente hasta convertirse casi en un género literario en sí mismo.


                A la muerte de Cervantes, en cambio, el panorama de las letras españolas es fertilísimo: Lope de Vega se ha convertido en el maestro indiscutido del teatro, con una escuela de discípulos en la Península y un ejército de admiradores en el extranjero; pero Tirso, Guillén de Castro y Ruiz de Alarcón no le hacen mala sombra. Góngora había revolucionado la poesía al afirmar que la metáfora era la única realidad básica a partir de la que podía empezarse a poetizar y al escribir en las Soledades poesía lírica con dimensiones épicas. Quevedo había revelado la sintomatología de la convaleciente realidad española y había comenzado a redactar su diagnóstico inmisericorde. Y Gracián y Calderón (iconos insustituibles del Romanticismo germano) estaban todavía cambiando sus pañales literarios.


                Se avecina el Barroco, término relativamente moderno, pues no aparece hasta 1757 debido a Francesco Milizia, que lo incluye en su Dicionario delle Belle Arti del disegno para denominar a todos aquellos artistas poseedores de un estilo contrario al estilo clásico. La primera valoración de los caracteres artísticos barrocos se hace mucho más tarde incluso, en 1915, en la conocida estructura de polaridades y parejas de contrarios del suizo Wölfflin. Y Hausser, por fin, en 1957 (es decir, hace cuatro días como quien dice) relativizará las bruscas oposiciones de Wölfflin para señalar que el Barroco es, en realidad, un movimiento continuador del clasicismo. En cualquier caso, la búsqueda sistemática del movimiento es lo que constituye la esencia misma de su gusto. Bernini escribió que «El hombre jamás es tan parecido a sí mismo como cuando está en movimiento». La arquitectura barroca busca este movimiento en sus fachadas ondulantes o salientes, en columnas salomónicas, en balcones y tribunas que combinan curvas y contracurvas. En pintura y en escultura, el gusto por el movimiento se manifiesta incluso en la elección de los contenidos —dramáticos y atormentados— y en las técnicas, que utilizan sin medida y con virtuosismo máximo el estuco a base de yeso, las posibilidades de la perspectiva, los efectos de trompe-l’oeil (el conocido trampantojo), los juegos de luces y sombras y una profusión colorista.


                El Barroco es también arte de espectáculo y de ostentación. La preocupación por la decoración supera a la preocupación por la construcción. Por otra parte, en los decorados teatrales y en la arquitectura efímera, es donde mejor brilla la imaginación y la maestría de los artistas. El Orfeo de Monteverdi en 1607 inaugura el género operístico en un contexto óptimo para su aparición; bailes de corte, pastorales dramáticas, tragicomedias, participan del gusto de la época por sus propios temas. Los autores se complacen en intrigas complicadas, donde metamorfosis y disfraces desempeñan un papel trascendental, sin ignorar ni la exposición de los sentimientos más exagerados ni el espectáculo, en la propia escena, de suplicios y muerte simulados.


                Los temas del agua y el fuego, de la inconstancia y la felicidad, de la vida y de la muerte, se tratan con especial preferencia. El Barroco, contrario a toda regla, rechaza el equilibrio, la medida, la razón; es el triunfo de lo patético, de lo excesivo, de lo irracional. Aunque nacido oficialmente en Roma en 1600, es España el paradigma de sus realizaciones, y no sólo eso, sino que ya antes su espíritu de fuga había arraigado en las conductas de nuestros creadores. El Barroco es también y, ante todo, un arte religioso;  «su éxito es inseparable de la evolución de la Iglesia romana desde el Concilio de Trento», ha escrito François Lebrun. Y, en efecto, el arte de la Contrarreforma, al rechazar algunos aspectos paganos del Renacimiento, se impuso como objetivo el combate sin tregua contra la herejía protestante y la glorificación de los dogmas reafirmados por el Concilio. Fue un arte de disputa y de disciplina, fervoroso y austero a la vez. Hacia 1600, la victoria del catolicismo sobre el protestantismo, aunque parcial, es indiscutible. El espíritu de controversia y la consigna de austeridad, dan paso poco a poco a la afirmación triunfante de una fe segura de sí misma. Las iglesias, teatros del sacrifico de la misa, se decoran con gran suntuosidad, desde la fachada hasta los retablos de los altares: prevalece la idea de que nada es bastante bello ni rico para glorificar al Creador y a su Iglesia. La exaltación de Cristo y de la Virgen, de los santos y de los mártires, la exposición de las verdades del dogma representadas por alegorías, son los grandes asuntos de estas decoraciones. El Barroco se convierte en la expresión de un humanismo católico empeñado en armonizar las realidades de la vida temporal con las esperanzas de la vida eterna.


                Sin embargo, el arte Barroco no puede, en mi opinión, vincularse sólo al triunfo de la iglesia romana. Junto a ese aspecto esencial, en los lugares donde arraiga, se manifiesta como el retrato realista de una sociedad determinada: no otra que la sociedad monárquica, en la que el poder del soberano —de carácter sagrado por más de una razón— se manifiesta, entre otras cosas, en la suntuosidad, lujo de decoración y boato impregnadores de los grandes actos de su vida; sociedad señorial en la que la nobleza terrateniente mantiene sobre la masa campesina un prestigio y una autoridad que tratan de parecerse al prestigio y a la autoridad del rey; sociedad rural en la que los campesinos, indiferenciados de los habitantes de las pequeñas ciudades, analfabetos en su gran mayoría y menos proclives al razonamiento que a lo maravilloso y lo sensible, buscan en el culto a los santos, por ejemplo, consuelo, intercesiones, esperanzas...


                Observemos, sin embargo, que esos mismos ciudadanos, nobles o analfabetos, no desecharon las prácticas mundanas, abandonándose a disipaciones que estaban muy lejos de corresponder a la retórica y a la estética del espíritu implantado por las instituciones políticas y religiosas. Javier Rioyo hace en La vida golfa un espléndido y ameno recorrido topográfico y toponímico por los lupanares del Madrid de la época que ilustra esas conductas. Los escritores, cómo no, se aderezaron a su gusto en esa actividad común.


                Lo ilustra, por ejemplo, la analogía existente entre varios de ellos en su afición por el juego de naipes, práctica que les proporcionó no pocos disgustos. Cervantes mismo, gran aficionado a las cartas, contrajo algunas de sus deudas en el juego, como Góngora, que sucumbió económicamente por la misma razón. Juan Rufo se arruinó tres veces a causa del juego, sólo que, en su caso, contaba con los posibles de su padre, quien acudió otras tantas veces a socorrerlo.


                Los templos, por su parte, no servían sólo a su fin, sino que eran lugares de reunión de «tapadas» y prostitutas. Los españoles ligaban en las iglesias; las puertas de los templos eran lugar de asentamiento de tenderetes de vinos, licores, buñuelos y chucherías. García Mercadal describe ese ambiente de la siguiente manera: «Los galanes, que pretendían a alguna de las tapadas que en el templo estaban, les ofrecían alguno de estos manjares y así empezaba la cita amorosa. Los templos eran un desmadre, sonaban carracas, se hacían meriendas, había peleas (...) algunas mancebas eran de misa diaria, y otras, que no lo eran tanto, sabían que aquel era un buen punto de encuentro. Y acudían al templo como las honestas, con su manto, su escapulario, el cojín (a pesar de su prohibición en 1575)...»


                Como vemos, no todo era oro lo que relucía en esa España... o sí; quizá de esta mina del subsuelo social, como la llamó Dostoievski, se extrajeron los preciosos metales que se engarzarían a buena parte de nuestra dorada literatura . Un poeta de entonces, Gonzalo de Burgos, compuso estos versos para las que no querían ser confundidas con las putas en los templos:


 


                Niña, se vais a la eglesia


                non tenggias escapolario,


                que vos tendría por manceba.


                E más si vos ven con rosario,


                que depois han de seguiros


                haciendovos corolarios,


                creyendo la vuestra casa


                mancebía de ordinario


 


                Gómez Riverano, otro poeta local, describe así una escena de ligue en la iglesia: «Y luego que el cucurucho abrí para regalarla, forcé la mano a besarla y no me la quitó mucho». Y, más discreto, el propio Gómez Riverano, sentencia en octosílabos:


 


                               El escándalo ha llegado


                                en España a tal fomento,


                               que en banquete descarado


                               se convierte el Monumento


                               de Cristo Sacramentado.


 


En fin, Vicente Martínez Espinel, Vélez de Guevara, Rufo, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Lope, Tirso... no prostibulaban en la iglesia, pero no dejaron de visitar las mancebías que describe Rioyo. Fue la más afamada la de «Las Soleras», en la calle Mayor, esquina con la Puerta del Sol, a la que acudía lo mejor de la intelectualidad del Siglo de Oro y fue celebrada por Quevedo. Incluso la calle Ave María en Madrid, muy cerca de la de Atocha, recibe su nombre de una anécdota real relacionada con este ambiente prostibulario. La relata el cronista Capmany y la sintetizo: «Fray Simón de Rojas, ministro del convento de la Trinidad —hoy plaza de Tirso de Molina—, se escandalizó cuando, por orden del Corregidor Antonio de Lugo, se derribaron los lupanares y se expulsó a las mancebas de los cañizares, encontrándose en sus pozos cadáveres de fetos y de personas adultas. Fray Simón de Rojas, horrorizado, exclamó entonces: ¡Ave María!, y así se denominó la calle que luego se construyó en ese lugar».


                Ha querido el destino que hoy se llame calle Cervantes la antigua  calle Francos, en la que se erigía la más discreta y más cara de las mancebías madrileñas, la de los caballeros que no querían llamar la atención y a la que acudían un día sí y otro también el laureado Lope, fray Gabriel Téllez transmutado en Tirso de Molina, Quevedo, Alarcón, Vélez y el Conde de Villamediana. El de la calle Francos fue también prostíbulo frecuentado por Juan de Austria acompañado por su desdichado sobrino el infante Don Carlos.


                Así, pues, puede reiterarse la afirmación de que la religiosidad de la época era puramente oficial, uno de tantos maquillajes que todo Estado necesita para ocultar su acné. Las amenazas, el terror inquisitorial, la prisión y la tortura eran permanentemente obviados por la costumbre asentada en el instinto.


                Sabemos que el influjo de La Celestina no cejó en su proyección literaria y que su substrato afianzó muchos argumentos de la picaresca, entre otros, la visión naturalista de la sociedad y de las costumbres. Cuando Celestina sorprende desnuda a una de sus mancebas no puede reprimir el natural entusiasmo y exclama:


 


¡Bendígate Dios e Señor San Miguel, ángel! ¡E qué gorda e fresca que estás! ¡Qué pechos e qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta agora, viendo lo que todos podían ver, pero agora te digo que no hay en la cibdat tres cuerpos tales como el tuyo, en quanto yo conozco. No paresce que hayas quince años. ¡O, quien fuera hombre e tanta parte alcanzara de ti para gozar tal vista! (...) Cata que no seas avarienta de lo poco que te costó... E pues tú no puedes de ti propria gozar, goze quien puede», etc.


 


Nunca el instinto ha dejado de manifestarse desde una postura paradójicamente reflexiva o intelectual, cuanto menos en una actitud vital, en su discurso puramente antropomórfico. La exultación celestinesca pervive en todas las épocas y en todos los lugares, pero en la España de los siglos XVI y XVII, era ésta una cuestión que venía, además, sancionada, como vemos, por la autoridad literaria, no por la eclesiástica (aunque la praxis que el clero aplicaba fuera con tantísima frecuencia afín). 


                Alicia Cámara describe el meditado diseño del escenario de un templo barroco en estos términos: «es casa, palacio, y retrete del Rey de los Reyes, tabernáculo donde se aposenta su sagrado cuerpo, su cielo, y su domicilio, abreviado en el pequeño espacio de un Templo. Se trató siempre de crear una atmósfera de milagro en el interior. Luces, bujías, cirios, candeleros, hachas encendidas, acompañan entierros y procesiones, e invaden los templos con ocasión de cualquier celebración. El ambiente religioso se carga así de sacralidad, y lo mismo puede impedir la entrada en el recinto a los distraídos en vicios, que impedir la salida a uno que se pretenda ir sin la confesión».


                Lugar de confusión, espacio idóneo, pues, para comprender sin esfuerzo cómo a la iglesia del Buen Suceso, por ejemplo, esquina con la calle de Alcalá y en la misma Puerta del Sol, «acudían —nos dice José Deleyto y Piñuela— las criadas de servir en busca de acomodo, y también los que necesitaban de sus servicios, aunque había en Madrid unos agentes para tal menester, llamados padres de mozas». Había dicho Calderón que «Las devociones nunca faltan del todo a los ladrones». Sabido es que en las iglesias se estaba a salvo de la persecución de la justicia. Refugiarse en ellas significaba escapar del poder temporal. Así, puede escribir Quevedo en El Buscón: «Al fin nos acogimos a la Iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la justicia y dormimos lo necesario para espumar el vino que había en los cascos. Pasámoslo en la iglesia notablemente, porque al olor de los retraídos, vinieron ninfas, desnudándose por vestirnos». En efecto, no era difícil que, al atardecer, llegaran las busconas a acechar a sus clientes en los oscuros arcos de las iglesias. Y, en fin, Rodriguez Marín apunta: «La vida que los retraídos —los que utilizaban la iglesia como refugio y estancia para que pasara el peligro de caer en manos de la justicia— hacían en los lugares que gozaban de inmunidad, era escandalosa. Luego que un perseguido por la justicia tomaba iglesia, hallaba en el lugar sagrado la peor compañía del mundo, pero también la más divertida y alegre. No les daban un bledo de la persecución que sufrían; allí a bandadas las coimas para visitarlos y remediarlos de ropa y vituallas; allí las músicas y los votos y reniegos; allí las espantables historias de valentías y hurtos; allí los naipes y los dados, y las comilonas y las ofensas a Dios, y las burlas a los hombres... Burdeles, que no lugares eclesiásticos eran aquéllos».


                Y, si en el pecado se lleva la penitencia, otra vez Deleyto y Piñuela nos describe así la gestación del primer bastardo de Felipe IV:


 


El primer amor extralegal parece que fue la hija del Conde de Chirel, dama de afamada beldad, allá hacia 1625, cuando el rey frisaba los veinte años, aunque antes comenzara sus fugaces aventuras. Como su familia era de ilustre prosapia, emparentada con el Almirante de Castilla, para facilitar aquella relación se alejó de la Corte al padre de la joven, que era casi una niña, dándole mando en las galeras de Italia. La madre sí fue sabedora del suceso. Al año siguiente nació un vástago, el primero de los bastardos reales, al que se llamó don Fernando Francisco de Austria y que falleció prematuramente.


 


Los encuentros con la hija de los Chirel  se celebraban en la propia casa de los condes, en la calle de Alcalá y se le conoció —tiene miga la cosa— con el nombre de la Concepción Real. Cedido luego el edificio por el rey a las monjas de Calatrava, el convento, que todavía existe, conservó ese nombre que encubre de retórica al pecado y se hizo célebre por una décima que por entonces se recitaba:


 


                               Caminante, ésta que ves


                               casa, no es quien ser solía;


                               hízola el rey mancebía


                               para convento después.


                               Lo que un tiempo fue y lo que es,


                               aunque con roja señal


                               y título en el umbral,


                               ella lo dice y enseña,


                               que casa en que el rey empreña


                               es la Concepción Real.


 


                Pero «¿Qué linaje hay en el mundo, por bueno que sea, que no tenga algún dime y direte?», se pregunta un Cervantes ponderado en el Coloquio de los perros. 


                William Hazlitt, escritor romántico británico, dijo de la personalidad de su compatriota Shakespeare: «He was nothing in himself», o, lo que es lo mismo: “Por sí mismo, no fue nada”.  Quien haya echado una ojeada a la biografía de Cervantes comprenderá esas palabras de Hazlitt en toda su dimensión.


                Nihil novum soub sole sed poesis vivax.


                                                                                                                                                               Manuel. M. Forega


 


Conferencia impartida por M.M. Forega, el viernes día 2 de septiembre de 2005, en el Conservatorio de Música de Tarazona durante la Celebración del "IV Festival Internacional de Poesía Moncayo" en Homenaje a Miguel de Cervantes en el IV Centenario de la Publicación de la I ª Parte de "El Quijote".

1/9/2005
[!] IV Festival Internacional de Poesía Moncayo

Carissimi Trinidad Ruyz y Marcelo Reyes,


 ciò che Voi mi chiedete era già da tempo fissato nella mia mente, ma… in versi! Tanto è che a Manuel M. Forega avevo anticipato soltanto il titolo: Canti del Moncayo (di questi canti ne ho già composto quattro).


Ora devo volgere in prosa quei giorni (che in versi sono tutt’altra cosa) per me indimenticabili, anche per la stima che tutti mi avete di-mostrato e che io Vi ho di-mostrato. Sia la relazione (il Poeta e la Poesia) che i miei versi sono stati graditi.  Manifestai a Marcelo Reyes, presenti Manuel e Karlos Herrero, al bar “Palermo” di Tarazona, lungo il fiumiciattolo, il mio sogno: di vedere  un’antologia dei poeti partecipanti al IV° Festival Internazional de Poesia Moncayo.


Ma il sogno mio più segreto – che Vi rivelo - è un’antologia soltanto dei miei versi: sogno irrealizzabile!


Ma veniamo alla Vostra richiesta.


 Ero per la prima volta in Spagna fisicamente, ma già la frequentavo fin dalla giovinezza (come ho scritto nella relazione Il Poeta e la Poesia - distribuita in lingua spagnola ai poeti del IV° Festival di Moncayo - nella mia regione nativa, il Salento, la presenza della cultura spagnola è profonda, specialmente in alcuni dialetti provinciali)… frequentavo dunque la poesia spagnola, senza distinguerla in antichi regni o regioni, succhiando il sangue che la alimentava fin da Gongora e da Quevedo, poeti per me fondamentali, come i Vostri metafisici  e mistici, ecc… per finire a Alexaindre e più oltre… oltre vuole significare la generazione degli anni ’40 e, poi grazie a Manuel M. Forega ho conosciuto alcuni  poeti degli anni ’50, e  tanti altri  ho conosciuto al Festival: degli anni ’60, ’70, e perfino ’80!


Il primo poeta  l’ho conosciuto a Zaragoza, Mariano Castro,  la stessa sera del mio arrivo (in treno la sorpresa quasi terribile, per me, di aver mirato per la prima volta un vero e proprio deserto in pieno sole). Mariano con cui, persona discreta e molto attenta alle mie prime parole, l’intesa è stata fulminea, alla fine erano inutili perfino le parole.


Ma volevo conoscere al più presto i miei poeti traduttori. In primis Ángel Guinda, che io immaginavo capelluto e altissimo, e invece… la scoperta poi di essermi trovato davanti un antico fratello in poesia dal cuore grandissimo. Dopo Manuel, Angel ha creduto subito nei miei versi e li ha tradotti, e desidero che ne conosca altri.


Giunti, io e Manuel, di mattino a Tarazona il 1° di settembre. Durante il viaggio ammiravo il paesaggio: ancora non credevo di essere tra terre aragonesi e invece c’ero davvero! …e mi sono sentito subito come ospite gradito: cittadina cordiale anche dal punto di vista architettonico; quel giorno era chiassosa per non so quale festa e per una banda musicale che scorazzava lungo le viuzze. Mi faceva pensare a quelle altre bande dei tempi andati che annunciavano l’inizio di una corrida!


Non vedevo l’ora di incontrare i poeti, spagnoli e non spagnoli. Vi sono stati incontri informali con alcuni di essi, p.e. con Antonio Perez Lasheras e con il vitalissimo Alberto Blecua (che corresse il mio refuso traditore Oscar in Oreste –Macrì - nella relazione). Simpatie più o meno celate se ne venivano fuori dal mio cervello: analizzavo e scrutavo questi poeti quando non guardavano me. Volevo cogliere in loro quei momenti luminosi che contraddistinguono queste creature affette dall’Alta Malattia (Pasternak) della Poesia. Immaginavo io – nella mia immagine intricata (Dylan Thomas)  anche loro, come me, che si chiudono nella doppia cameretta –fisica e mentale - e danno via al viaggio dei versi e visioni intricati da sciogliere poi come tanti nodi gordiani! Non mi sono mai domandato in quei giorni cosa pensassero di me, quasi sicuramente, io, il meno pubblicato e conosciuto, sono stato istantaneamente ri-conosciuto: mi sono sentito a mio agio, sono partito a razzo: affettuosi loro con me, io con loro. Si sono sprecate le battute d’ogni genere, i vari discorsi sulla poesia e sui poeti amati di più.  Ad alcuni parlavo, ossessivo, dei poeti russi e cechi da me tanto amati, tant’è che Carla Gianpaolo (il suo compagno Karlos Herrero è stato il traduttore intelligente dei miei versi e della mia relazione) voleva sapere, tutto! della Marina Cvetaeva.


E Kepa Murua, serioso e quasi professorale (intuisco i suoi versi essere duri)  conosciuto l’ultimo giorno nel Monasterio de Veruela - quando la Festa della Poesia volgeva al termine - mi viene incontro col nome di Holan tra le labbra: non comprendo in mezzo a quel frastuono meraviglioso cosa mi vuole dire esattamente, poi se ne esce fuori col nome della slavista spagnola Clara Janes – che ha pubblicato i suoi ricordi con Holan – e che, forse o di certo, ho incontrato a Praga, nei primi anni ’70, al Collegio Kajetanka (e a proposito del poeta praghese Holan, uno straordinario bohemista italiano, Giuseppe Dierna, ha recentemente pubblicato a Praga un saggio fondamentale su questo poeta).


 Dopo l’inaugurazione del Festival annunciata dalla Teresa Gallego formiamo una curiosa e sbalorditiva processione, o meglio, corte di poeti accompagnati  dalla gente del paese vestita con antichi costumi, e poi musici con strumenti musicali vari e un pubblico fedele: adoratori della poesia e dei poeti!  Si sale tutti verso il castello di Trasmoz, coronati dalle note musicali e dal cicaleccio orale,  dove avviene l’apertura recitata dal poeta Luis Alberto de Cuenca. Dalla sommità della torre godo del paesaggio che si inginocchia alla mia presenza e che con umiltà si svela alla mia visione!  E tutti ancora ci avviamo verso il paesino sottostante, da cui eravamo partiti, per mirare e ascoltare la rappresentazione di una farsa all’italiana  coi burattini, se ben ricordo milanesi,  di Karlos e Carla Herrero. Si finisce il giorno godendo della umida frescura serale, sorseggiando birra e cognac e mirando il paesaggio imbrunito: colline qua e là tappezzate di deserto e di foschia.


L’idea che questa gente, d’ogni paese che ci ospitava, fosse coinvolta coi poeti alla festa era decisamente una sorpresa… ancora più sorpreso, io, dai paesani che conoscevano i poeti e dalla accoglienza gioiosa con cui li ricevano… e questo evento si è ripetuto in ogni località che ci ospitò.


Il secondo giorno a Tarazona, di mattino, con l’aiuto di Manuel, nel Casino de la Amistad, prima dell’incontro ufficiale coi vari poeti, distribuisco un poema in prosa del poeta romano Tommaso-Riccardo, morto nel 1990 a 44 anni. Riceve questo poema, durante la rap-presentazione dei poeti a se stessi, il plauso di un simpaticissimo e arzillo vecchietto di 84 anni, il poeta-pittore Ginés Liébana; è molto amareggiato quando gli comunico la morte del salentino Carmelo Bene nel 2002 e che lui associa subito allo straordinario  film Nostra Signora dei Turchi del 1968, che ha visto moltissimi anni fa.


Ascolto con attenzione, mentre fuori la calura impazza, i vari discorsetti: autobiografie striminzite più l’idea che ognuno ha della poesia o del far versi. Il mio esordio recita che tra la poesia e il poeta non c’è alcun rapporto né sensuale né sessuale, ma che invece regna una patologia reciproca che è il morbo di Alzheimer: la poesia e il poeta si dimenticano in ogni istante: è la perdita di una memoria che distrugge la scrittura e l’oralità, e ciò che resta è un oblio perpetuo da cui scaturisce un In/Canto che non si sa cosa sia. E’ una lezione che mi porto dietro fin dai tempi di Omero e che mi traduce a Hölderlin  a  Antonio Machado a Pasternak e a tanti altri, e  che trova alla fine nel salentino la Vox Maxima che li fa vivi e li dimentica.


Questa lezione io recitavo insistente ai poeti presenti a Tarazona: è certo che con alcuni di essi ho stretto un rapporto più intimo e spero duraturo: vi era una sensibilità d’amore reciproca che mi faceva scegliere o l’uno o l’altro. Quando Manuel Forega mi presenta Joaquín Sánchez Vallés con un cappello di paglia in testa, lo apostrofò subito: ciao Joyce! Davvero, almeno per me, somigliante all’irlandese! La mia battuta è l’apertura a una simpatia reciproca.


I contatti con Ángel Guinda si fanno sempre più affettuosi: appassionata la dedica che mi scriverà. Mi presentano altri poeti: siamo decine, ed è davvero una GRANDE FESTA! Mi colpisce un giovane poeta- filosofo lusitano José Rui Teixeira di una serenità e cordialità disarmante, leggera e insinuante… ma i poeti sop/portano come fardello nudità e corazza insieme. Mi piaceva ammirare una coppia singolare di poeti: una madre e suo figlio 17 enne (mi dicono già vincitore di un premio importantissimo per i poeti della sua età); congedandomi da loro, l’ultima sera, al Monasterio de Veruela, ho sussurrato al giovanissimo poeta di non bruciarsi precocemente – ma ognuno ha il suo destino – poi l’ho accarezzato: tenerezza!


 Il Festival si è distinto anche per gli intervalli, tra un lavoro e l’altro, conditi da  gustose libagioni; e la mia scoperta che gli spagnoli non amano bere l’amaro a fine pranzo o cena.


Anche l’escursione termica, dal giorno alla notte, di questi luoghi d’Aragona mi ha sorpreso, e non ero preparato; mi è stato riferito che qui il vento invernale è terribilmente violento e gelido.


 Ma io sono stato egualmente e terribilmente bene in quei giorni, perché finalmente i miei tempi di studente a Praga mi erano ri-tornati amici: tempi che avevo dimenticato: quando non esistevano né notti né giorni per me, ma era tutto un continuum frenetico e esaltante: il tempo, relativo o assoluto, saltati in aria, gli spazi dove io agivo coi poeti praghesi e con gli studenti di allora privi di consistenza fisica! Io vivevo pienamente, oscurandomi, l’atmosfera cupa e esaltante descritta nel poema Edison di Vítězslav Nezval.


La disponibilità di alcuni poeti, spagnoli e non, mi commuoveva e mi emozionava; in alcuni istanti, non so se contemplazione o emozione interiore, io rivivevo, identificandomi con alcuni poeti del passato, i loro momenti più intensi, e mi dicevo: dovevano essere così i loro incontri o scontri: tutto nel nome della poesia!


Questo io  ho mirato che, nella Spagna tutta non so, almeno in Aragona, si!, questa armonia e fratellanza,  se ben diretta e organizzata (come hanno dimostrato di essere capacissimi  Trinidad Ruiz e Marcelo Reyes) è possibilissima: questo induce e traduce il poeta più antipatico a una revisione della sua non-vita e del suo non-essere che simile agli altri. Certo, che noi poeti abbiamo una marcia in più o, se volete, in meno rispetto a coloro che ci circondano: ma che ci importa! Sono gli altri che a noi danno un valore altro e altrove: da verificare poi se davvero esiste!


Pomeriggio del secondo giorno a Tarazona. Nel Conservatorio de Musica Manuel M. Forega legge una relazione puntuale e precisa su Cervantes, riscuotendo gli applausi dovuti, la mia devozione  e il ringraziamento di Ángel Guida e Joaquín S. Vallés.


 Tutti partiamo, già quasi sera, come in un girotondo di cui non si sa quando finisce, verso un’altra località: Novalas. Questo paese ci accoglie festosi, esso stesso in festa: è davvero eccitante come la gente aspetti i poeti, e ascoltare canzoni note e canti popolari, il concerto di chitarre… nel gruppo musicale v’erano due cantanti: sono attratto da una stupenda bionda… e poi dalla sua voce; e c’è anche un tenore d’altri tempi. Accanto a me avevo Ginés Liébana che mi dava piccole gomitate quasi a sottolineare i passi più accesi dei canti e la poetessa Anabel Torres, lacrimosa e chissà di cosa… vogliosa!


Dopo veniamo, tutti noi artisti e tecnici e tanti altri, invitati da una bionda Señora - un’aristocratica? -  nella sua lussuosa e vecchia villa, dove ci offre in un enorme salone tappezzato di arazzi e vecchi mobili e quadri un banchetto self-service. Questa villa è circondata da una selva inestricabile di piante esostiche. Questa Señora che ci sbatte in faccia la sua agiatezza la immagino come l’ultima discendente dei Borgia, poiché il suo vino all’amico Manuel fa davvero male. Quando tutte le libagioni sono state consumate e ci avviamo verso l’uscita  il tenore, d’altri tempi! improvvisa un’arietta dai “Vespri siciliani”, riscuotendo calorosi applausi… la sorpresa è che gli risponde Ángel Guinda - con una voce meno tenorile - con un’arietta famosissima della Tosca… altri applausi… poi si va via.


Un gruppo di poeti si ferma a una piazzetta per godersi la frescura, la birra e il vino… per farsi godere e godere insomma tutta la notte… per godere se stessi!


 Una altra coppia di poeti (coniugi) intanto gira intorno a noi (Miguel Ángel Marín Uriol):


l’uomo vuole che ogni poeta ponga la sua firma sulla maglietta che indossa!


Sabato 3 settembre.


Partiamo, io e Manuel, verso le 4 di pomeriggio da Tarazona, dopo esserci riposati: ci attende una kermesse lunga e faticosa, dalle ore 17 alle ore 22. Siamo diretti al Monastero de Veruela e qui  tutti i poeti del Festival devono essere presenti. La macchina organizzatrice messa in moto sotto la direzione di Trinidad Ruiz e Marcelo Reyes conoscerà l’ultima sera la sua apoteosi. È all’interno della chiesa che si svolgerà la Grande Festa. Appena giunto abbandono Manuel e visito questo immenso monastero. Per caso capito in un enorme e vasto corridoio dove c’è una mostra… ed è una mostra bio-biliografica e fotografica in onore del poeta romantico Bequer! Osservo  fotocopie di fotografie: vi sono poeti dell’epoca di Bequer e di fine ‘800, ma altre mi sono troppo note: ci sono tutti i grandi poeti di Spagna del secolo XX°! Mi raccolgo e  leggo gli articoli, le didascalie ecc.; osservo i paesaggi illustrati, insomma mi ripasso a memoria, o quasi, i veri Grandi di Spagna!


Attraverso varie sale e saloni e infine il chiostro… intanto all’interno della grande e severa chiesa i poeti sono stati preceduti, già fin dal mattino, da tutta l’equipe dei tecnici al completo - suoni luci voce e tant’altro che concorre allo spettacolo finale… scenografia sceneggiatura registrazioni montaggio e rimontaggio di strutture varie, cineprese ecc.


Lo spazio è di tutti: turisti si mescolano agli ascoltatori… i devoti, stavolta, della Poesia! sono impazienti d’ascoltarli questi poeti… si accalcano prendono posto… la chiesa è colma, e si parte! Sarà un kermesse che accenderà i cuori di tutti con applausi continui e scroscianti fin circa le due di notte! Anche questo tempo è saltato! È giusto che sia stato così!


Noi poeti siamo sistemati in una zona laterale a destra dell’altare… i tecnici sono pronti… Teresa Gallego presenta, poi breve discorso di Trinidad Ruiz: si comincia… dà l’avvio… alcuni  poeti sono presentati da Carla Giampaolo Herrero e  svolgono la loro parte… ognuno riceve l’applauso breve o lungo che sia…. Le letture dei poeti sono spezzate da altre rappresentazioni: solista della chitarra, una cantante, un violinista e infine  una giovane acrobata… Resto a bocca aperta per la voce lunare della poetessa-cantante Âlime Hüma… è un in/canto, davvero! Affettuosa la sua dedica per me.


Ogni poeta declamerà nella sua lingua lo stesso sonetto di Cervantes (yo se que muero;). Noto una prudente recitazione da parte dei poeti, forse dovuta per rispetto a Cervantes. Ma penso  di non prendere affatto sul serio i versi, un po’ patetici e lacrimosi, di Cervantes, poiché credo che i suoi sonetti siano una finzione ben orchestrata e dunque decido di recitarli il più teatralmente e svogliatamente possibile, quasi da spavaldo e distaccato, e in maniera guittesca, per rendere comico ciò che invece Cervantes vuol far passare per dramma… serio?


I poeti hanno finito la loro parte e si mettono in disparte. Tocca adesso a Paco Ibáñez ricevere applausi interminabili: sono davvero innamorati gli spagnoli di questo uomo. Di certo non tutti gli spagnoli lo amano: coloro che amano la morte e non l’intelligenza non lo amano affatto!


 Cena notturna: eravamo forse trecento persone. I poeti al tavolo d’onore e festeggiati. Alla fine saluti,  abbracci e centinaia di arrivederci. Un saluto particolarmente affettuoso agli Herrero per l’aiuto che mi hanno donato.


                                               Fine del IV° FESTIVAL DI MONCAYO!


Il giorno dopo siamo, io e Manuel, di ritorno a Zaragoza. Prima della mia partenza, in un bar del centro, Manuel mi presenta due scrittori. Mi si  parla ancora del libro della Clara Janes su Holan (!?). Sono distratto. Curiosamente si parla di Ettore Majorana: ricordano, quei due, una visita di Leonardo Sciascia a Zaragoza  tantissimi anni fa e il suo libro scritto sul matematico.


Dico a Manuel di salutarmi con affetto Mariano Castro… e anche tutti gli altri.


Nave: Barcellona > Civitavecchia


Si rientra, per non ricordare.


 


n.b.:  le pareti dell’ingresso e quelle della saletta retrostante  del piccolo hotel di  Tarazona, dove


         alloggiavo, erano tappezzate di foto articoli illustrazioni d’epoca originali o no  circa


         una donna d’altri tempi a cavallo dei due secoli ‘800 e 900’, considerata alla pari con i più    


         grandi artisti della sua epoca: Raquel Meller. Confesso: nulla sapevo della sua esistenza!


 


 


Vernicino, 23 settembre 2005                                          Antonio Sagredo


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


Es la primera vez que asistía a éste Festival y puedo decir que éste género lo tenía un poco en el olvido y que me hizo darme cuenta que no sólo está la música, que hay grandes artistas en la poesía.


Javier Lizalde. Guitarrista


 

 

 

Al pie del Moncayo, y con la sombra protectora de Bécquer velando por nosotros desde el cielo, el Festival de Poesía que organiza todos los años Trinindad Ruiz Marcellán fue, en este verano de 2005 (y siempre)un acontecimiento memorable. La poesía, la música y la canción se adueñaron de Trasmoz, y hasta las brujas del castillo participaron en la fiesta. ¡Enhorabuena, Trinidad! Y que tu Festival, que ya es el Festival de todos, nos recuerde anualmente que el verano puede seguir viviendo en nuestros corazones aunque haga frío ahí fuera.

LUIS ALBERTO DE CUENCA

 

 

 


Este IV Festival Internacional de Poesía Moncayo ha demostrado que la poesía es una actitud ante la vida y un arma contra la muerte. La poesía en los gestos, silencios y conversaciones entre poetas, lectores y oyentes. Gracias, Trinidad y Marcelo, por esa maravilla actual de recordarnos que la poesía es irremediablemente útil.


ANGEL GUINDA


 

 

 


 


Ahora, pasados aquellos días apresados en su inmediatez, aparece aún más diáfana la fertilidad del encuentro, su dinámico -bien engarzado- acontecer. Gracias por hacer visible lo invisible.


    Un silencio cantándote a los ojos.


Emilio Pedro Gómez


 


 


 

www.trasmoz.com

Diseño y composición de Eduardo Esteban.


 


IV Festival de Poesía Moncayo


Estiveron Marcelo Reyes e Trinidad Ruiz Marcellán, directora de Olifante, ás envoltas cao organización da IV edición deste Festival Internacional que se desenvolveu durante os días 1, 2 e 3 de setembro no mosteiro de Veruela, en Trasmoz e Tarazona, por zaragozanas e moi queridas terras. Destacaron, ademáis das consabidas conferencias, proxeccións, exposicións, grupos de música, danza e teatro, a presentación do libro de Cervantes "Poesía" en edición de Alberto Blecua, coa intervención de José Jiménez Lozano (Premio Cervantes) e Antonio Pérez Lasheras. A participación poética correspondeu e a vinteseis autores, entre eles o director do Instituto Cervantes, o coruñes César Antonio Molina, ao que lle hai que engadir outros nomes como Luis Alberto de Cuenca, Leopoldo Alas, Carlos Marzal, Ángel Guinda, Miriam Reyes, Isla Correyero, Âlime Hüma, Nina Malinovski, Malina Tomova, Kirmen Uribe ou Kepa Murúa. Pechou os actos Paco Ibáñez, cantante especializado na musicalización de textos poéticos. Grande foi o éxito alcanzado nesta nova edición.


Xulio L. Valcárcel. El Ideal Gallego. 11/09/2005


Visita www.milyunahistorias.com










CRÓNICA EN PRIMERA PERSONA: festival internacional de poesía

Octavio Gómez Milián

Nuestro colaborador, escritor y noctámbulo
favorito -codirector de Confesiones de Margot-,
relata a continuación su crónica
subjetiva del evento.


La verdad es que soy yo mismo el que me meto en estos enredos…pero me gusta, no lo voy a negar. Es un ejercicio excelente para una memoria tan castigada como la mía por una vida de excesos (que por supuesto ya he superado del todo…¿Hola Mamá!). Así que voy a contar un poco cómo fue mi participación en el Festival internacional de poesía de Veruela , organizado por Trinidad y Marcelo de Olifante.


Perdí el autobús que me hubiera permitido la conexión correcta Barcelona-Zaragoza-Tarazona: hubiera llegado a tiempo a Trasmoz y hubiera podido disfrutar de la palabra de Luis Alberto de Cuenca … pero llevaba un par de días golfos por el capital catalán y bueno… hablé con Trinidad y quedamos en que acudiera directamente al restaurante Las Brujas la noche del jueves. Y allí me planté yo, camisa de dandy y mochila al hombro, esperando ver aparecer a los escritores. Poco a poco el goteo, la imponente figura del maestro Luis Alberto de Cuenca fue de las primeras. Para mí Luis Alberto es uno de los grandes y el momento al final de la cena en el que me acerqué a pedirle que me firmara uno de los libros, fue lo más parecido al de un pibe que consigue un autógrafo y un ánimo de Raúl (porque ya he conocido a muchos de mis rockeros favoritos y no hay ni comparación en la sensación vivida). No conocía a mucha gente, en realidad sólo a Ángel Guinda y a Miriam Reyes . Miriam no llegaba hasta el día siguiente y Guinda estaba presidiendo la mesa. Además sabía que habría tiempo para charlar con él largo y tendido durante los días siguientes.


Después de las viandas y el vino que las regó, la verdad es que yo tenía ganas de un poco de juerga. Pero sólo convencí a la gente de Nanuk para disfrutar un poco de las fiestas de Tarazona. A los Nanuk , que estaban filmando todo el festival, los conocía de una entrevista que les había hecho hace unos meses para Mondo Sonoro Aragón , y con su amabilidad y furgoneta me hicieron realmente agradable mi estancia. Un saludo desde aquí para ellos. Primero Trinidad nos llevó a Nina Malinoski, Anabel Torres y al menda a nuestro alojamiento: los acontecimientos posteriores y mi breve incursión en las actividades lúdicas del lugar quedan para otro momento.


A la mañana siguiente, la del viernes ya, me levanté a una hora prudente y en compañía de la hija mayor de una de las colaboradoras del festival, me encaminé a tomar el desayuno. Un café con hielo de un trago, había muchas cosas que hacer y no era cuestión de eternizarse con los preliminares mañaneros. El punto de encuentro se encontraba en el casino de Tarazona y como aún no acababa de encontrarme totalmente situado en la difícil geografía de la ciudad, tuve que preguntar… cosa que, la gente que me conoce sabe, no me gusta nada hacer.


Vicky Calavia, la artista zaragozana, tenía en mente realizar dos proyecciones: la primera sobre Octavio Paz y la palabra había que pasarla aquella misma mañana, tras las presentaciones en el Casino. Pero para proyectar algo es necesaria una pantalla y, lógicamente para tener una pantalla primero hay que montarla. Y allí es donde aparezco yo... Trinidad sonriente me dice: “anda sube a ayudar, tú que eres joven” y entre Marcelo y un servidor, los dos sudando como chanchos, montamos la estructura... unos héroes con todo el calor que hacía y ni una gota de agua. No va a ser todo máquina de escribir y lírica.


Trinidad, la directora de Olifante y coordinadora a la sazón del Festival internacional de poesía, era un volcán en ebullición, atenta hasta los más nimios detalles y con una actitud ante los problemas e inconvenientes que surgían absolutamente admirable: con calma y sosiego los iba recibiendo y solucionando con una sonrisa en la boca. Llegaron los escritos vascos, se retrasaban los catalanes, Miriam Reyes estaba en el camino. Mientras tanto Trinidad propuso que nos fuéramos presentando un poco cada uno… a mí me tocó por el orden alfabético, ser el primero…



Relaté mi habitual historia: Confesiones de Margot , Buenos Aires, la Ingeniería Química y el rockandroll. No sé si lo hice muy bien, pero por lo menos fui el primero y salí sin miedo. Entre una presentación y otra admito que me escapé, quería hablar con alguien que estaba un poquito lejos y no se me ocurrió mejor momento...discúlpenme los oradores que me salté. Los asuntos del corazón, ya se sabe. Pasaron el documental de Paz y repartieron camisetas del festival: era la primera vez que veía mi nombre impreso en una camiseta y eso, quieras que no, hace ilusión. Por la tarde Novallas.


En Novallas por fin apareció Miriam Reyes . Hacía un montón que no hablaba con ella y fue una alegría encontrármela. Nos pusimos un poco al día durante el concierto de Montesolo … a mí me gusta el folk y la unión de la música y la poesía, pero la verdad es que, si tengo que elegir, me veo más en el lado de las jotas verdes y un poco de Gabriel Sopeña , pero claro, no se puede disfrutar o hacer disfrutar a todos. Me recomendó a uno de los escritores que nos acompañaban, al portugués Rui Texeira . Sus palabras, al parecer, atraviesan. Habrá que seguirlo.


Después del concierto nos sirvieron una cena en un marco kitch incomparable… en una sala interior de la casa donde nos encontrábamos nos lanzamos sobre las viandas sin encomendarnos a nadie. No era momento ni lugar para panteones particulares ni comparaciones hiperbólicas referidas al alimento. Tiempo de vino y manduca, de charlas y fotografías, de risas y croquetas. Conseguí hacerme una foto con Ángel Guinda y unos minutos de sus consejos, valiosos y medidos, tomé nota de ellos mentalmente. El ambiente, con los excelentes caldos, se iba calentando poco a poco… y en lo mejor… había prometido ayudar otra vez en el montaje de la pantalla. Me tuve que ir, exabrupto y sonrisa, búsqueda del lugar adecuado en el misterioso entorno del ayuntamiento de Novallas. Poesía del instante , que iba a proyectarse, tenía su origen en el ciclo En la Frontera , realizado en Zaragoza unos meses antes. Con la idea de sacar la poesía a la calle se desarrollaron una serie de interesantes actividades que sólo se vieron ensombrecidas por el injustificable insulto a un grupo político a través de unas supuestas obras de arte. Lo recordé con tristeza…cretinos hay en todas partes.


La proyección de Vicky trajo más de cien minutos de lírica, chascarrillos y primeros planos llenos de sonrisas… se sucedieron rostros conocidos de la intelectualidad y bohemia aragonesa declamando las palabras animadas por la poesía. Reímos, hicimos comentarios en algo, exabruptos de aprobación y algún aplauso. Si tenéis la oportunidad de verlo no lo dejéis pasar. Mi favorito: Javier Gracia , alias El litri , guitarrista de Dos Lunas , recitando a Bukowski .


Y después de la poesía en la calle, bueno, siempre hay gente que se va pronto a la cama y otros que no hay manera de arrastrarlos hacia el catre. Un pequeño núcleo de escritores y aliados, entre los que yo mismo me encontraba, decidieron prolongar el encuentro en una de las tascas del lugar: Carlos Marzal, con una personalidad absolutamente magnética a la altura de su literatura, Kirmen Uribe , también efervescente y el inconmensurable Ángel Guinda , siempre rodeado de mujeres espléndidas, provocando que los supervivientes de la quema, nos acercáramos a él a partes iguales por la compañía femenina y por las historias sobre pintadas antipinochetistas lisérgicas, crónicas nocturnas de la calle Juan Pablo Bonet, las andanzas comparadas con Leopoldo María Panero e incluso alguna historia sobre pinchadiscos de la KW , canciones de Leonard Cohen y la poca estabilidad de las torres humanas. Yo las palabras de Ángel Guinda me las bebía casi tan rápido como la ginebra. Y mientras, en el jukebox del único bar abierto en Novallas sonaban las inmortales canciones de Triana , una y otra vez, sin parar, abriendo con su luz de órgano hammond y guitarra flamenca nuestro camino de vuelta a Tarazona.


Porque había que volver, aunque la verdad que de camino estuvimos a punto de perdernos; Javier Estella, al volante de la furgoneta de los Nanuk parecía ser el único que conservaba la lucidez precisa para un momento como ése: “Yo creo que esto es camino de Tudela...” , “que no, que no....sigue, sigue por allí”. Mientras en radio clásica el locutor cansinamente (aunque con una voz clavada a la de Moncho Alpuente ... ya sé, ya sé que es imposible que Alpuente hable de ópera, yo sólo digo lo que oí) nos indicaba cómo alcanzar una nota complicada a base de ejercicios de glotis, el resto de la expedición apostaba por al dirección contraria a nuestro destino. Un cartel de 21 km a Tudela nos hizo darnos cuenta de la realidad. Nada como la comprobación empírica, la prueba y error... en la radio del vehículo, el dial por fin cambiado, sonaba Indeep ... “Last night a Dj saved my life”


El sábado me levanté muy pronto, como a las ocho, tenía que preparar los textos que iba a leer por la tarde y la verdad es que no lo tenía muy claro… una novela histórica sobre Alejandro Magno me llamaba desde la almohada… pero no, nada de dejarse llevar por la sabrosa fast literatura 


Elegí un poema de mi primer libro, titulado Torre , inspirado en Leonard Cohen y su canción Tower of Song , una de mis favoritas. Y también otro texto del segundo libro, el de título curioso, como lo denomino Antón Castro (“¿por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez? que si todo va bien saldrá publicado por la editorial Devenir en unos meses), uno que hablaba sobre la pérdida de la inocencia, del momento en el que abres los regalos que te hacen con calma, sin romper a mordiscos el papel… y pensé en probar con un par de inéditos. Aún no estaban muy cuajados pero rozan temas que son muy importantes ahora mismo en mi vida, como la ansiedad anticipatorio, las pieles de las mujeres, el planchado y lavado de los trajes y los museos más bellos… y como no sabía muy bien cómo expresarlo todo, pues usé un verso de Angel Guinda para cerrar mi intervención: “Entro en tu cuerpo como en un museo”. Toda la luz del mundo es un libro fascinante, de los últimos publicados por Olifante , de líneas llenas de la tensión electrificante del amor… yo también trato de mandarles sms chulos a las chicas. Total que entre selección, ensayo y cronometrarme (recordad que sólo teníamos siete minutos) a las ocho y treinta y cinco ya había acabado… así que me volví a la cama hasta que el calor del mediodía en Tarazona me obligó a levantarme, ducharme y preparar el petate. Mi estimación de necesitar entre tres y cuatro horas para todo el ceremonial había resultado del todo exagerada.


Un poco despistado y con la emoción que me crecía por momentos convirtiéndose de una manera sibilina en nerviosismo empecé a dar vueltas por un Tarazona mortecino por el final de las fiestas, castigado además en su tristeza por un Lorenzo bastante interesante que nos hizo desistir a Kirmen Uribe y a mí de seguir en la calle. Me encontré al escritor vasco un poco perdido y fue muy fácil convencerle para que nos metiéramos en uno de los pocos bares que encontramos abierto a tomarnos una caña. La charla fue muy animada, Kirmen, con sus libros de poemas publicados por Visor , sus libro-discos y los textos infantiles, la novela a medio terminar, resulta creativamente impresionante, aunque su compañía afable me hizo pasar uno de los mejores ratos del festival.Teníamos hambre, pero no teníamos vehículo para llegar al restaurante, así que emprendimos la marcha a pie… inocentes de nosotros, pasados unos cientos de metros recibimos la llegada de un milagro en forma del coche de Kepa Murúa que paró para recibir a dos juntaletras a punto de desfallecer por el calor.


Durante la comida, mientras mi colega Kirmen se dedicaba a dejar enfriar los macarrones y la carne mientras traducía al vascuence un soneto de Cervantes, yo contemplaba un momento de contacto entre Luigi Maráez y el marido de una de las escritoras (no recuerdo ni su nombre ni el de su compañera, ya perdonarán pero el nerviosismo y mi memoria de pez me gastan malas pasadas), un momento en el que se trataron temas de trascendencia universal como la física cuántica (en donde no me quise poner repollo y usar mis conocimientos de Ingeniero), las caras de Bélmez, la divinidad de Luis Racionero, campos magnéticos que provocan aparentes sucesos paranormales o los diseños de HG Riger para Alien. Cuando la cosa se puso excesivamente metafísica me desplacé a la mesa donde estaban las chicas guapas y mis colegas de Nanuk … antes Luigi Maráez me preguntó … ¿Y tú por qué escribes entonces?... por las mujeres, Luigi, por las mujeres … y no se lo creyó.


La compañía enriquecedora de Marimar , Rosario y todos los Nanuk duró sólo unos minutos… y la verdad es que yo estaba empezando a temblar. Antes se acercó Ángel Guinda a la mesa …¿Qué poema te parece que podría leer, Octavio? a mí me gustaban mucho los dos, pero el texto de Cajas me parece uno de los más logrados que nunca he leído. Y encima de leerlo me lo ha regalado para que lo publique en el fanzine.


La entrada al monasterio de veruela era una mezcla de gente vestida de época realizando una coreografía medieval con la voz grabada en cassette de Paco Ibáñez , que había hecho su aparición unos minutos antes. Con Kepa Murúa … buscamos un sitio para asearnos, uno lee sus versos con la cara lavada y oliendo a colonia, aunque en la distancia del atril no se aprecie. Estuvimos charlando sólo unos minutos pero me quedé impresionado con la personalidad de Kepa Murúa . Espero que coincidamos en un futuro . “Es tu primer festival, chaval… ya verás”.


Y salí y leí, pero sobre mi actuación que opine otro. ¿No?


A mí me va a sobrar tiempo… estaba demasiado nervioso, con el bajón de la adrenalina y entre los bancos del templo tuve tiempo de verdad de leer, descubrir y disfrutar a Rosario de la Varga . A ver si consigo que escriba algo para Confesiones de Margot. Kepa me transmitió mucho con una expresividad austera pero rotunda. A Miriam Reyes nunca la había visto declamar en vivo pero es innegable la calidad de una propuesta como ésa, con toda la intensidad teatral y audiovisual de su propuesta: A mis padres, que se encontraban entre el público, les gustó mucho la emoción que segregaba el hijo de Isla Corredello y la belleza formal de Emilio Pedro Gómez . A los dos, por estar justo antes y después de mi lectura no puede prestarles la atención suficiente.


Me hubiera quedado a escuchar a todos los escritores, pero llevaba una semana sin pasar por mi piso, no teníaropa limpia y aunque no me faltaban ánimos para seguirla sí que es cierto que no me sobraban las fuerzas. Mis papis me bajaron en coche, también bajaron a Marimar, a la que Angel Guinda ha dedicado un poema inédito bellísimo que sale en su última antología (aunque no tanto como ella, claro)… y sí, me perdí a Paco Ibáñez, pero yo, como Manuel Vilas , soy más de escuchar a Lou Reed. O al Aute, qué coño.


Tengo que darle las gracias a Trinidad por invitarme y tratarme tan bien.
A Marcelo por los momentos de montaje e ingeniería. A mis colegas de Nanuk.







 


  Octavio Gómez Milián


 

 
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