Portada Tota la luz del mundo (Europea)






Ángel Guinda
Toda la luz del mundo (Europa)

 «La muerte va con nosotros desde que nacemos» [Valle-Inclán, 19776, II, 3ª], dice el capellán al caballero, y éste, informado de que su amada yace ya enterrada, por no poder abrazarla con su carne, al menos —le responde— «Dejadme ver su alcoba, allí estará su sombra esperándome... Porque las almas también se abrazan» [Ibidem]. El amor triunfa sobre la muerte (lo sabe; pero, sobre todo, lo siente el caballero). Resulta de ello un rasgo conceptual de célebre cultivo en la tradición literaria, tanto que, incluso hoy, con la axiomática inconsciencia con que la absorbe la práctica del subconsciente colectivo, podemos leer, por ejemplo, en un grafitti de la veneciana Piazza Pomona: Amor omnia vincit. ¿Es pura coincidencia que esta leyenda se encuentre junto a la «Calle de la Vida» (sic)?
     Cuando aquel 26 de agosto de 1948 Ángeles Casales da a luz a Ángel Guinda, el hijo no sabía (¿o sí?) que le daría, además, toda la luz del mundo. Hipérbole que ponderó su educación y su dilatada experiencia amorosa, aunque cierta en el contexto del universo literario del poeta. Y así es y parece: La luz es signo índice en la poesía de Ángel Guinda; en Claustro [1991][1], por ejemplo, aparece explícitamente en veintiséis ocasiones e, implícitamente (en posición sinonímica o formando parte de su familia semántica), en setenta y siete, muestras, pues, más que suficientes para advertir la posición central que ocupa en su obra ese término.  Pero si «La sola claridad está en lo oscuro» [Guinda, 1992, pág. 12], no es de extrañar que «la luz» se encuentre rodeada de sus antónimos en la misma o mayor proporción, de manera que «opaco», «noche», «tinieblas», «cripta», «oscuro», «sombra», «niebla», «negro», «nicho», etc., etc., aparecen con la lógica y necesaria profusión para destacar un rasgo de estilo característico de su poesía: El contraste, la antítesis, la paradoja. No hablaré —sino superficialmente— ni de esta ni de otras estructuras formales (tengo pendiente un estudio monográfico sobre la morfología literaria de Ángel Guinda); baste con la mera mención. Porque lo que interesa resaltar es la movilización interna del autor, el conflicto interior resuelto o irresoluto que todo poeta conoce e ignora como causa y razón imperativas de su obra. «Nací matando» es una de sus determinantes premisas, porque, en efecto, su madre Ángeles muere en el parto. Digamos que, a partir de la toma de conciencia de esta circunstancia, el poeta se desenvolverá entre antítesis que no sólo serán evidentes en su poesía, sino que serán también visibles en su vida como no podía ser de otro modo en un escritor que proclama la necesidad de escribir una obra que sea apasionado reflejo de la vida: «Si no escribes como vives, vive al menos lo que escribes» [Guinda, 1992, pág. 16] y más: «Propugnamos... Una poesía habitable, testimonio radicalmente sincero de la experiencia vital e intelectual, de nuestra convivencia con la realidad del existir...» [1994, pág. 2]
     Nunca abandona Guinda aquel rasgo, pero sus postulados antisociales, sus llamadas a la rebelión y a la revelación, su criticismo amargo no alejado de las posturas larrescas, su enfática defensa del radicalismo... le valieron no sólo el sobado epíteto de «maldito», sino también la temerosa indiferencia de una crítica rostrituerta y demasiado acomodaticia como para asumir el riesgo de su cita. Tal «malditismo» pudiera ser presumible en su obra de juventud, y hasta asumible en un determinado contexto por el propio poeta; aunque no es deducible en su obra madura, serena, pese a no abandonar su proverbial beligerancia, más desplazada ahora hacia el lenguaje, hacia la forma, hacia posiciones que serían, verbi gratia, muy del gusto de la epistemología formal Montaleana, y que ha ido identificando cronológicamente su espíritu poético con el de las generaciones posteriores.
 
Manuel Martínez Forega

[1] Conviene recordar que Claustro reúne toda la poesía escrita que Ángel Guinda da por buena hasta 1990.

Biografía

Ángel Guinda (Zaragoza, 1948). Reside en Madrid. Autor de la poética Arquitextura y de los manifiestos Poesía y Subversión, Poesía útil. Traductor de Cecco Angiolieri, Teixeira de Pascoaes, Florbela Espanca, José Manuel Câpelo  y Àlex Susanna. Olifante va a publicar su poesía y aforismos reunidos en Vida Ávida y Libro de huellas, respectivamente. 
"Maldito para unos, ejemplar para otros. Su mirada filosófica, su lenguaje depurado, su estricto dramatismo, le han llevado a esa frontera en la que limita la poesía con el puro silencio. Y a ser considerado por un sector de la crítica como "uno de los poetas  más necesarios y reveladores que ha dado la literatura española de estas últimas décadas".
(fragmento)
Trinidad Ruiz Marcellán