Víctor Juan
Vademécum

Efectos secundarios
Entre los avezados lectores del grupo experimental que se enfrentó en primicia a esta colección de tuiterías se produjeron algunas reacciones dignas de mención. El ensayo clínico fue, por una parte, una suerte de «prueba de estrés» para este florilegio de pensamientos y, por otra, un instrumento para comprobar el sabor que deja en boca la lectura. 
Estas palabras le parecieron a Claudia Ballesteros acariciadoras como una cançó de bressol cuando nos traen recuerdo de la infancia y de la tierra que a veces se mezcla con nuestras lágrimas, la tierra en la que se vive y se trabaja.
A Ana Bruned le gustó todo –salvo alguna cosa–, pero como lo que no le agradó era la presencia de tanto fútbol, el autor no pudo complacerla en esta ocasión porque el fútbol es, como se sabe, asunto sagrado.
Antón Castro se sorprendió de que alguien a quien tenía por una buena persona pudiera albergar tan inquietantes pensamientos. 
Estas máximas mínimas le saltaron a Chema Lera del papel al cuello y allí quedó marcado el dulce mordisco de las palabras.
José Luis Melero concluyó la lectura esturdecido. Él sabe por qué.
Miguel Mena examinó concienzudamente la composición de cada una de estas frases, las puso del derecho y del revés y le hizo inteligentes observaciones al autor.
A Elías Moro la lectura de este Vademécum se le hizo demasiado corta. Le supo a poco, como decimos en Aragón, aunque Elías no es aragonés sino un «extremaño» que lee y escribe en Mérida.
Según Fernando Sanmartín Vademécum envuelve a quien lo lee en un suave perfume. No se descarta que esta reacción solo se manifieste en un pequeño porcentaje de los usuarios de estas páginas, en aquellos empeñados en mirar las cosas de otra manera.
Laura Santos confesó que le gustaba más ser aragonesa desde que rezaba estas oraciones a cualquier hora del día o de la noche.
Finalmente, mientras leía las trescientas trece sentencias de Vademécum, Virginia sonrió cinco o seis veces y eso, para un marido, es siempre un regalo inesperado. 


A todos ellos, mis diez lectores de indias, les estaré eternamente agradecido por regalarme el tiempo de la lectura, o lo que es lo mismo, por quererme mientras me leían.

Biografía


Cuando Víctor Juan (Zaragoza, 1964) cumplió dos años, su madre le compró una bata y una silla de anea acorde a su tamaño y le llevó a la escuela de La Balsa en Caspe, donde doña Julia hizo de él un párvulo de provecho. Desde entonces vive en las aulas, primero como alumno, luego como maestro en varios lugares de Aragón y desde hace quince cursos como profesor en la Universidad de Zaragoza. Además de algunos libros, prólogos y decenas de artículos sobre historia de la educación, escuelas y vidas de maestros, Víctor Juan ha publicado las novelas Por escribir sus nombres (2007), Marta (2010), Las manos de Julia (2012) y Aquellos días de luz y palabras (2013). También es autor de los relatos «De portería a portería» en Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza, «Alma, alma, María» en el volumen colectivo Maestras y «Muerde la Soledad», primer premio en el VIII certamen de relato corto Ciudad de Caspe (2013).
Actualmente coordina Rolde. Revista de Cultura Aragonesa y dirige el Museo Pedagógico de Aragón.