88 Poetas Aragoneses
 Amantes

Texto Solapa:

    Pese a que la poesía universal —pero sobre todo la renacentista y la barroca— quedó impregnada del topos mayestático configurado en el Eros, concepto nítidamente alusivo y de sobra conocido, éste no pasó de ser un referente conceptual. La común alegoría que lo preside no está, claro, exenta de sus contrarios (Thánatos, Agape y Psique), sin embargo, nunca fue generador sintagmático y el amor, como sujeto o como contexto, no supuso sino un referente circunstancial: una excusa o una fórmula. La poesía romántica —y con mucha discreción—lo escogió como nomenclátor simbólico de sus efusiones o pretexto de otras raigambres ideológicas o estéticas en él envueltas. Vale lo dicho hasta aquí para la poesía española. Sin embargo,en los autores del siglo XX (en los más adeptos a Bécquer), se adivina una función integradora del amor (Juan Ramón, fundamentalmente, y en Diario de un poeta recién casado) con el fin de dotarlo de franqueza, tragedia o inteligente ingenuidad (Cernuda, García Lorca y Salinas). Ahora, lejos de idealizarlo, lo desconceptualizan y lo dotan de subjetividad y de diversidad. Se trata de un amor interpelativo, menos heroico, pero, en cambio, vívido y vital, ya fuese amargo, desolador o causa inevitable del drama. Más «humano» acaso.

Este sumario repaso no descubre ni mucho menos todos los matices que serán advertibles en Amantes, pero sí creo que enmarca sus varias formas y contenidos. Resulta tan difícil como arriesgado estructurar la movilización interna de las emociones, máxime cuando éstas se orientan a una labor creadora. Y más cuando nos referimos a la poesía,  género que nunca ha sido proclive a canonizar la materia que ocultan sus étimos. Pero resultaría ocioso ignorar que esa actitud creadora constituye un imperativo formal cuya elusión sería aventurada. Amantes reúne cuantas apreciaciones provisionales aquí se han vertido; por consiguiente, los poetas aragoneses que a este libro le incumben (incluso las jovencísimas dosis de osadía que acertadamente le conciernen) participan de aquella tradición estéticay de esta vivificación en cierta manera álmica que la alivia y, a la vez, la hace cohabitante de la muerte, de la oración íntima y de la razón: los tres opuestos sin cuya concurrencia el amor sería —antes que renuente o imposible— inexistente.


Félix Esteban.

Madrid, enero de 2017.












NOTA:

Digamos en seguida que ninguna antología es óptima; ni siquiera el antólogo encuentra satisfacción definitiva en un trabajo de selección que pretenda ser ilustrativo de cualquiera de las pautas que se haya prefijado. Toda antología tiene ese poso de defección definido por el propio imperativo de sus límites; da lo mismo cuáles sean: siempre hay un límite. Sin embargo, a toda antología hay que otorgarle su acierto provisional, su contenido referencial inspirado en una base objetiva mínima para fijar un hito donde poder echar el ojo; a veces, de dónde partir para comparar o seguir la evolución de sus individualidades. En este caso, cuatro son los límites imperativos: uno, formal (la extensión impuesta por la edición); otro, biológico (sólo se incluyen poetas vivos); otro que incumbe a la naturaleza de los autores (aragoneses o residente en Aragón); y, finalmente, un margen parcial insalvable (el silencio del autor o su renuncia expresa a formar parte del conjunto). Un quinto, el temático, no entraña ningún límite propiamente dicho, sino que constituye un simple punto de partida y final: el amor.
Si excusatio non petita, accusatio manifesta es axioma que a veces se cumple y a veces no, interprétense estas palabras adicionales como mejor convenga a cada lector para dilucidar otro componente limitador: el gusto, la preferencia del antólogo, frontera subjetiva que tiene la obligación de huir de criterios catalográficos (para eso ya existen los repertorios nominales y los diccionarios de autores) como salvaguarda de su integridad estética por muy personal que ésta sea y, más aún, por muy legítimamente discutible. Lo verdaderamente cierto es que podemos afirmar sin pudor y con absoluta convicción que la poesía aragonesa reúne hoy una nómina de autores que ha venido gestándose desde hace aproximadamente treinta años instada por la resistencia de poetas de la G-50 como Rosendo Tello, Fernando Ferreró o Mariano Esquillor y la iluminación de sus consecuentes adscritos —para entendernos— a la generación de los Novísimos: Ángel Guinda, José Luis Alegre Cudós o Joaquín Sánchez Vallés como enlace de las generaciones posteriores. Actualmente, puede fardar Aragón de ofrecer un dilatado índice de autores cuya morfología estética atiende a una imperativa heterogeneidad y apunta sin duda al sintagma de «poesía mayor». De ahí que la selección, con ser amplia, no sea generosa, sino justa y haya dado cabida a unos cuantos jovencísimos que discurren por los arriates del laberinto poético.   
Esta antología quiere partir del amor para llegar al amor, asunto que, salvo las preceptivas excepciones, ha sido, en su formulación convencional, casi anatema para la poesía española de los últimos treinta y cinco años. La recuperación, no obstante, de este asunto entre los poetas ultimísimos es prueba de que la poesía sigue —y parece que seguirá— girando alrededor de esa tradición que no la deja escapar al encanto de uno de sus tópicos centros de gravedad siendo, tradicionalmente también, una consecución utópica. Pretende fijar ambas tendencias: cómo se perfila el espacio de la tradición y cómo el de la utopía, y procura hacerlo a través de la lógica diversidad de sus abordajes. 
Rosendo Tello abre desde su elevada y magistral atalaya este libro como ejemplo incontestable de poeta del amor, de la tierra, de sus respectivas memorias; poeta, en fin, de la luz, espejo donde tantos seguimos mirándonos.
Poesisvivax!