Luis Tamarit
Metástasis I

EPÍLOGO. Por ALEJANDRO CÉSPEDES

Tensar la cuerda.

Un poema nunca se termina, solo se abandona. Con esta cita tan manida comenzará este libro. Poco importa que yo no la comparta; el poema que no sabe terminarse es un poema fallido que no se acertó a escribir. Malo sería que Valéry creyera real-mente en sus propias palabras. Quiero pensar que se trata de una de esas frases lapidarias que sigue repitiéndose porque suena bonita y es rotunda, y no porque sea acertada. Que todo puede ser dicho de otro modo distinto es de tal obviedad que el desconocimiento de esta premisa invalidaría la propia actividad del escritor. Dicho esto, y como es indudable que tanto Paul como Luis son escritores, la frase tiene que cobrar sentido de otro modo y hay muchas formas de abordarla. Pero también es muy posible que, en el caso de Luis Tamarit, a Valéry haya que tomarlo aquí en su sentido más estrictamente literal: el de un poeta que se pasa más de 36 años escribiendo en el mismo libro (la preposición sí es importante).

(fragmento)

Oviedo, 19 de noviembre de 2016.















NOTA BIBLIOGRÁFICA:

Para determinar, si fuera necesario, mi biografía (el objeto de la documentación o de la ficción histórica) debería bastar con una breve contextualización espacio-temporal del tipo: Luis Tamarit nació el 29 de mayo del año 1961 en Puçol (Valencia). Si alguien quisiera saber más añadiría: ejerció la docencia en el Departamento de Estética de la Universidad de Valencia y fue profesor de Filosofía en la Enseñanza Media de la Comunidad Valenciana.

Para determinar, si fuera necesario, mi bibliografía, debería bastar con decir que llevo escribiendo Metástasis desde el año 1980 (en 1981 publiqué el libro Partitura de silencios, hoy preferiría no haberlo publicado nunca). El libro que el lector tiene en sus manos, Metástasis I, es el primer volumen de la obra Metástasis (diez volúmenes cuando escribo estas líneas). Cada libro consta de cien poemas, más el primero del siguiente libro.

Todos los poemas de Metástasis son más o menos coetáneos entre sí. No hay unos poemas escritos hace treinta y seis años y otros hace unos meses. He escrito y reescrito, durante todos estos años, la misma obra desde el principio hasta el final. He pretendido que cada poema tenga sentido por sí mismo, que se pueda leer independiente del resto y que, al mismo tiempo, todos los poemas juntos formen un único poema, una totalidad insumisa.

Con todo lo dicho, nada está dicho aún. Importa lo que dice el texto no el autor, la voz o voces que hablan en cada poema, el sentido de los poemas mismos. Una vez más, debemos repetir, con todos los que han repetido antes la misma idea, que no hay ninguna potestad hermenéutica del autor sobre el sentido del texto. La interpretación es competencia exclusiva del lector. El resto, desde Shakespeare a Wittgenstein, es silencio.