El búho grande y poderoso. La angustia de Sylvia Plath y Ted Hughes
Mi interés por la vida y obra de Sylvia Plath es ya antiguo. Durante años leí todo lo que encontré publicado sobre ella o Ted, en Inglaterra, España o Estados Unidos, además de la obra poética y en prosa de Sylvia. Y, poco a poco, me fui enredando en su percepción subjetiva y dolorosa de la realidad así como en la difícil relación que mantuvo con Ted durante los que serían los últimos siete años de su vida. He preferido traducir yo misma tanto las citas seleccionadas como los fragmentos de los poemas de Plath, Hughes y Sexton aportando así mi mirada particular a las ya existentes en otras traducciones. Este libro, que también tiene su propia historia, no pretende ser un ensayo académico sino un humilde, aunque riguroso, homenaje a los dos y una interpretación muy personal del tiempo tan decisivo que compartieron.
«Los páramos no pueden tomarse a la ligera. Son un lugar al que puedes subir y nunca regresar. Un lugar donde respirar a fondo y alejarse de todo lo demás. Un espacio en el que dejar volar la imaginación. Hay allí un vacío sagrado que se debe evitar cuando el ánimo no acompaña». Simon Armitage, poeta laureado de West Yorkshire A los diecisiete años Ted Hughes ya había visto «muchas cosas extrañas» en su vida. Había visto, por ejemplo, las ciudades del oeste de Yorkshire, donde nació, asustadas todavía por el recuerdo amargo de la Primera Guerra Mundial. Allí creció con la sensación de vivir su infancia en una especie de «hospital psiquiátrico» en el que convalecían las heridas de los supervivientes junto a las mujeres que se habían quedado viudas. En esas ciudades, incluso quince años después de la guerra, el niño respiraba el horror de las historias que contaban sus mayores de cruentas y atroces batallas en las que en un solo día y, a veces, en un único ataque habían muerto todos los hombres del pueblo. El padre de Ted había hecho la guerra y nunca se recuperó de las secuelas que le dejó esa amarga experiencia. Su hijo entendió pronto que la vida de su padre tras la guerra había sido, en cierto sentido, «póstuma». La conciencia de la crueldad de la especie humana desatada en la Gran Guerra había trastocado los cimientos emocionales y morales de toda una generación y, a partir de ese momento, el tiempo se había fragmentado en un antes confiado y un después cargado de recuerdos de plomo, pesimismo y pérdida de la inocencia.
Edward James Hughes había nacido en las áridas y remotas tierras del norte, en Yorkshire, donde la oscuridad de las minas y el humo de las fábricas habían dibujado su primer paisaje. A orillas del río Calder, el niño austero y solitario había aprendido a sobrevivir al frío y al trabajo duro refugiándose en los libros, llenando de misterio y aventura los huecos del viento y el silencio, roto en ocasiones por los disparos de la escopeta de caza de su hermano mayor al que acompañaba por los páramos. La suya era una familia trabajadora, unida y sólida en sus afectos.
Su padre, carpintero de profesión, y su madre, tejedora de la industria textil, le habían enseñado el valor y la resistencia de sobrevivir a una guerra y a la dura realidad de la vida cotidiana, y sus dos hermanos, Gerald y Olwyn, por distintas razones, fueron para él dos figuras decisivas. De su hermana aprendió de niño la emotiva intuición de la poesía y la fuerza de la palabra, pero sin duda fue su hermano Gerald, diez años mayor que él, quien le proporcionó la experiencia vital más importante y duradera de su vida, la que cautivó al niño, modeló al adolescente y acabó haciendo al hombre. Gerald fue el maestro de ceremonias que le abrió de par en par las puertas del mundo mágico y mitológico de su «prehistoria» particular dejándole imaginar y compartir con él innumerables desafíos por los paisajes extensos y poco habitados del oeste y sur de Yorkshire. En los páramos cercanos al ajetreado cinturón industrial que unía las ciudades de Hull y Liverpool, junto a su hermano mayor, Ted encontró el Edén perfecto en el que aprendió a explorar en libertad y a ser un cazador en relación de igualdad con los animales que habitaban esos vastos territorios. En medio de esa soledad donde solo muy de vez en cuando avistaban algún granjero, los hermanos dieron rienda suelta a su precoz y efervescente imaginación alimentada regularmente por los libros y revistas de aventuras que leían con avidez. Esa nueva identidad que se iba forjando en el niño y después en el adolescente llegaría a ser esencial en el hombre que se sintió siempre parte de un universo natural cuyas claves y misterios pasó su vida descifrando: el silencio de los bosques, los innumerables sonidos de la naturaleza, la influencia de los astros en el destino o las fuerzas misteriosas que se desatan a nuestro alrededor y condicionan nuestra vida.
Cuando en 1940 su hermano Gerald, que ya tenía veinte años, luchaba en la segunda guerra mundial, Ted, que acababa de cumplir los diez, fue por primera vez al colegio y a este niño inquieto, imaginativo y lector voraz no le costó ningún esfuerzo convertir en palabras la fuerza interior de sus mundos secretos. Sus primeros poemas ya expresaban la emoción del niño ante los misterios paleolíticos que se escondían en el corazón negro de las ciudades mineras del norte de Inglaterra o la fealdad de los cadáveres dispersos por los barros de las guerras que había luchado su padre y ahora tristemente tenía que luchar su hermano. Él fue el primer sorprendido al descubrir que lo que escribía no solo gustaba a sus compañeros de clase sino también al maestro de la escuela que aconsejó a su madre que no desaprovechara la inteligencia de Ted y de su hermana Olwyn, una alumna disciplinada e inteligente. Y fue así como un día apareció en su casa una biblioteca de ediciones antiguas de poesía que su madre, una mujer «romántica, apasionada» y enamorada de sus vecinas las hermanas Bronte (Haworth estaba muy cerca de donde ellos vivían), había comprado para que sus hijos pudieran vivir a través de la lectura los sueños a los que ella había tenido que renunciar.
El adolescente Ted no tardó en entender que en «la metafísica del mundo paleolítico» estaban indisolublemente unidos el reino animal, el mundo natural y el alma de las viejas civilizaciones y que, cuando el ser humano perdía el contacto con su animal humano primitivo, se desarrollaban las neurosis individuales y colectivas que tanto habían padecido las sociedades y los grupos humanos a lo largo de la historia. No es de extrañar que en el momento en que obtuvo una beca para cursar estudios universitarios en Cambridge, el señor de los páramos y gran cazador que había en él se decidiera por los estudios de antropología.
Comparado con el salvaje norte del que venía, a este joven sensible y anárquico que había crecido sin fronteras de espacio y tiempo, el mundo universitario de Cambridge, civilizado y clasista, le pareció una jaula. Allí la lluvia no era violenta como en el norte y lo único que encontró salvaje en ese entorno fue la férrea disciplina a la que se tuvo que enfrentar a diario.
Al principio, lejos de su entorno familiar y natural, el joven que se alimentaba de libros de aventuras y poemas sintió que la ciudad universitaria a la que había ido a parar era como «un foso de agua cristalina donde todas las ranas habían muerto o como un pájaro sin plumas». Pero a medida que pasaba el tiempo, su curiosidad vital le fue acercando a rincones desconocidos de la cultura donde empezó a sentirse de nuevo explorador. Chaucer, Shakespeare, Blake, conciertos de música clásica, representaciones teatrales, exposiciones de pintura, Constable, Rembrandt, El Greco y el descubrimiento de las librerías, territorios casi tan inabarcables como los páramos donde uno podía pasar horas buscando los libros de sus poetas preferidos, Yeats, Dylan Thomas…
A pesar del intenso ambiente universitario, su ansia de libertad permanecía inalterable. Cambridge era un aposento efímero, un lugar de transición a la espera del siguiente destino. En una carta a su hermano Gerald, «el dios ausente de la familia» que había emigrado a Australia tras la guerra, confesaba que seguía entrenándose con voluntad de hierro en «ser perfectamente libre. Hago lo que quiero justo cuando quiero en lo que se refiere al sueño, la comida, la gente». El animal enjaulado no perdía las ansias de volar, consciente de que moriría lentamente si tuviera que someterse «a la rigurosa, impersonal, absurda e histérica legislación o al capitalismo de la vida diaria». Solo cuando veía la tinta deslizarse sobre el papel en blanco se reconocía a sí mismo. Escribir era como cazar y recorrer los páramos desiertos desde la libertad de la palabra emocionada y en vilo. Como el cazador a la espera del animal, el poeta permanecía al acecho de la palabra.
En 1954, con veinticuatro años, terminados sus estudios de antropología y cansado del ambiente académico opresivo y provinciano de Cambridge, Ted Hughes solicitó la documentación necesaria para emigrar a Australia e instalarse allí temporalmente con su hermano, el único cómplice de sus fantasías y recuerdos y al que echaba de menos. Se proponía emigrar con una enfermera con la que se pensaba casar y a la que admiraba por ser capaz de tomar, como él, decisiones valientes y radicales. A ese proyecto, que nunca se realizó, le siguieron otros tantos como criar visones en una granja de Inglaterra, comprar una casa en Cambridge para alquilarla a estudiantes y enfermeras o irse a vivir a países más baratos que Inglaterra como Hungría o España. En realidad, cualquier cosa que le permitiera vivir con lo esencial y dedicarse a su pasión de escribir. Mientras les contaba a sus padres en una carta en marzo del 56 que «la única vida que puedo llevar es hacer exactamente lo que quiero, es decir, escribir», se ganaba la vida haciendo trabajos temporales en el zoo de Londres o como guarda de seguridad por ocho libras a la semana alojándose en habitaciones prestadas por amigos o amantes esporádicas. Sin embargo, la idea de emigrar a Australia y reencontrarse con su hermano Gerald le perseguía, le parecía que allí, lejos de Inglaterra, volvería a ser el hombre que podría vivir según sus necesidades sin deber nada a nadie y sin dar explicaciones. Ese mes de marzo las autoridades australianas le comunicaron que estaba a punto de finalizar el plazo para que pudiera conseguir su pasaje gratuito a Australia. Ted llevaba dos años indeciso, pero justo esa primavera del acababa de tomar la decisión de embarcarse rumbo a lo desconocido. Entonces, los astros decidieron que Ted nunca cogería ese barco. Una rubia americana acababa de llegar a Cambridge desde Massachusetts y, cuando se cruzaran sus caminos, su futuro iba a cambiar para siempre.
En mi retrato imaginado de Sylvia predominan tres colores: el dorado de su pelo, el negro profundo de su angustia y el rojo intenso de su ira incontrolada y su pasión por vivir. En su mirada se vislumbra, tímidamente, la tensión de una lucha interior que el paso del tiempo no resuelve. Hay días en que Sylvia camina orgullosa, segura y con paso firme hacia sus objetivos, y otros en los que apenas puede alcanzar la posición vertical para enfrentarse a todos los gigantes que levanta el día. Hay días terribles, oscuros, llenos de miedo, en que Sylvia no se encuentra a sí misma, como si no tuviera un «yo» y descubriera, asustada, que ella solo es un montón de pedazos rotos que componen un puzle donde ninguna pieza encaja. Esos días a Sylvia le duele el cuerpo y sufre jaquecas y se enfada y desata su ira y culpa de su malestar a cualquier cosa o persona que pase en ese momento por su vida. Pero hay otros días en que Sylvia camina absorta por la playa recogiendo los objetos que la tormenta ha dejado en la orilla, bronceada por la luz de verano, mimada por su bikini blanco y su espectacular melena rubia, días en que se le saltan las lágrimas de emoción, en los que se conmueve a sí misma con la sensibilidad de su música interior que es capaz de convertir en palabras, días en que los pinceles se deslizan por sus dedos como si todos los colores y las formas del mundo estuvieran en su cuaderno de dibujo, días en que la chica competitiva, egocéntrica y manipuladora, apasionada y exagerada, de genio hondo y oscuro, se reconcilia con la escritora intuitiva y profunda que sueña ser.
Ella, en realidad, lo único que quiere es vivir, experimentar, escapar de su barrio vulgar, de su casa anodina, de su habitación estrecha y sin horizontes, de los vecinos que la asfixian, de los amigos que no la entienden, de las amigas que la juzgan, de los muchos amantes a los que seduce pero no llegan a amarla, de los días en que solo siente asco y resentimiento contra su propia madre, tan atenta y vigilante protegiendo sus jaulas de todo mal en vez de abrirle las puertas de par en par y enseñarla a volar. En realidad, Sylvia no sabe ser pájaro. La libertad le asusta demasiado.
En marzo de 1956, cuando Ted termina sus estudios de antropología en Cambridge y está a punto de emigrar a Australia, ella, la princesa oscura, recién llegada desde América al viejo continente, hace saltar por los aires la bola de cristal que encierra secretos insondables.
(fragmento)
Foto: Fernando Velasco Torres
Sylvia Plath, Ariel, Hiperión1997.
Poesía completa Sylvia Plath, Bartleby editores 2008.
Sylvia Plath The Colossus and other poems, Vintage International 1998.
Sylvia Plath The bell Jar, Faber and Faber 1991.
Sylvia Plath Johnny Panic and the Bible of dreams, Faber and Faber 1991.
The journals of Sylvia Plath 1950-1962, Faber and Faber, 2000.
Cartas a mi madre, Grijalbo,1989.
Birthday Letters, Ted Hughes, Farrar Straus Girous 1998.
Letters of Ted Hughes, Faber and Faber, 2009.
Ariel’s Gift, The story of Birthday Letters, Erica Wagner, W.W.Norton 2001.
Poesía completa, Anne Sexton, Linteo Poesía, 1999.
The other Sylvia Plath, Tracy Brain, Longman 2001.
La mujer en silencio, Janet Malcolm, Gedisa Editorial 2003.
Burnt Diaries, Emma Tennant, Canongate Books, 1999.
El invierno de Sylvia, Kate Moses, Lumen 2004.
Giving Up, The last days of Sylvia Plath, Jillian Becker, St Martin’s Press 2003.
Mad, bad and sad, Lisa Appignanesi, Virago 2008.
211Ensayos esenciales, Adrienne Rich, Capitán Swing 2019.
Últimas sesiones con Marilyn, Michel Schneider, Alfaguara 2008.
Perfect wives in ideal homes, Virginia Nicholson, Penguin Books, 2015.