Memorias desde el valle
He aquí, en estas páginas, un retrato emocional de las estaciones. Anécdotas cuya realidad anida en la vivencia pura, expresadas con estructuras poéticas cuya limpieza oculta verdaderamente densas marañas de tejidos, tendones, piel y músculos en una vida asumida como hincada sobre el beato humus de la tierra. He aquí, en efecto, un poemario de conexión espiritual de privilegiado espesor, en la que la poeta no es una fingidora –al uso de Pessoa–, sino una testigo de privilegiada introversión, más cercana al jardín bostoniense de Dickinson o a la melodía veneciana de canales de Iside Zecchini.
En este libro hay paz y hay coqueteos con el delirio: gritos, oquedades, troncos y cortezas; rayos de soles invernales y augurios de noche aciaga; y hojas tempranas, néctar desnudo y joven, ancestros que ya conocen a Perséfone y Deméter, danzas de espigas al son de cánticos, bruxas y filanderas que tejen el destino. Y también comparecen gatos curiosos, acaso todos nosotros, lectores de estos textos, transitando con el sol de la mano en su recorrido.
Paula Calero, en singular pero magnífica conspiración, exhibe una tenue e intensa poesía; y describe lo inefable con una sucesión armónica de hitos que, sin pretender impactar, conmueven: por adentrarse en el alma, en la esencia. Por su tenaz idea –acaso el tema motriz en todo su engranaje poético– de renacer, de atraer a la esperanza, libre y sin heridas, con señuelos de versos y pasos con huella de una medida estrictamente humana.
Memorias desde el valle nos descubre a una poeta osada por su sencillez, libérrima por su espíritu y exquisita en su intención. Un poemario con ecos de antiguas voces y aromas de actuales frutos: sensorial y apasionado, como el roce de una libélula.
Gabriel Sopeña
Roma, septiembre de 2025
La naturaleza es una urdimbre de elementos y de estados de ánimo. En ella está casi todo: el sonido, el olor, el sabor, la necesidad de tocar, la ensoñación y ese pozo sin fondo donde se tejen las sensaciones. Sensaciones y visiones de todo tipo: la cascada sin fin de la memoria, el rumor de los bosques, el vuelo irreductible de los pájaros, la luz levísima de frágil polvo de oro de las luciérnagas. Y con todo ello, están las estaciones y sus mudanzas, algo que nos envuelve, que nos acoge, que nos tranquiliza o nos perturba y que, en el fondo, nos plantea interrogantes de toda índole: quiénes somos, qué savia o aroma de saúco o tomillo nos invade, qué objeto, planta o pájaro nos despierta un temblor bien adentro.
Paula Calero con su cámara, con sus sueños, con sus palabras –que esculpe, amontona, acaricia, y entrechocan, levitan, alzan un concierto de músicas inaprensibles, de sugerencias y de evocaciones–, se va al centro del paisaje. Podríamos decir que se instala en una especie de valle, o vaguada, o precipicio abierto hacia todas las direcciones, y desde allí, atenta a la fronda y a todo cuanto sucede en el viento, en la piel, en el cerebro y el alma, canta y se deslíe. Canta, imagina y se pregunta. Se interroga. Crea una criatura que es como una interlocutora del paisaje, o que quizá sea ella misma, la niña que fue, la niña que anduvo por allá, la mujer que es, entre apriscos, ibones y montañas, como quien habita la Arcadia. La habita, la descubre, la siente, la interioriza y nos la devuelve con su pureza, con sus personajes (la parca, el Rey del Invierno, las hadas, las hilanderas, los duendes…) y con sus incógnitas: «Mañana será devenir incierto», apunta. Y también dice que estamos en un territorio donde la soledad avanza y se columpian los miedos. Y alguien muy parecida a sí misma vuela con el ala rota.
Podríamos decir que Paula Calero, con su hipersensibilidad a cuestas, con sus percepciones, se va al valle, sí, pero también al bosque, a la laguna, a los celajes insondables y prístinos, a un espacio que inventa y modula, reconocido y a la vez solo suyo. Desde ahí entona la variedad de sus sentimientos y absorbe los cambios de la primavera, que parece su estación preferida, de exaltación y afirmación, y los del verano, del otoño y del invierno. Desde ahí, un mundo dentro de su mundo, intentando ser, intentando sortear o burlar el dolor y sus desgarros, la poeta explica su universo donde hay de todo: plantas del espíritu, danzas de las espigas, lágrimas de San Lorenzo, campos de siegas, aves de toda suerte, hadas, hilanderas, tal vez brujas, lavanderas, y donde hay un barniz de melancolía o de añoranza por el paraíso perdido. Y a pesar de la hermosura, del afán de fusionarse con la naturaleza, también expresa sus deseos y sus heridas. «El invierno era tan sereno como mi soledad tan intensa». En otro lugar percibe el extrañamiento y la pérdida: «¿Dónde quedará la memoria cuando pierda todo aquello que me hacía árbol?».
La voluntad de ser paisaje alcanza aquí uno de sus grandes momentos: «Ser paleta de colores y lienzo de bosque». Imagen que amplía: «Hoy soñé que el cielo volvía a ser un lienzo de / Turner con un manzano lleno de frutos». Al fin y al cabo, el sujeto poético tiene una ambición, un sueño, un delirio y una certeza: «Puedo salvar el valle con mi canto».
Paula Calero ha escrito un poemario muy especial y sentido, deudor del Pirineo, de la evocación de la infancia y adolescencia, deudor de su comunión con los pájaros (incluidas las aves rapaces), las flores y plantas, y esas criaturas que forman parte de una región de encantamientos. Me ha parecido ver el eco de Emily Dickinson, quizá de Mary Oliver y Clarice Lispector, pero también de esos textos que fundan un reino natural y simbólico donde un elemento fundamental es el lenguaje mismo, la poesía se construye con palabras, y aquí suena y resuena y se expande de monte a monte como esas canciones eternas y telúricas que saltan las montañas y se hacen eco, música de los ríos, acordeones del aire.
Este también es un libro de fotografía, de imagen y si se quiere de autorretratos en el corazón del paisaje, y hasta de la alucinación. Cuenta la autora: «La cámara, ya no puedo usarla, no puedo sostenerla y sostenerme y eso me duele, pero uso el móvil y sigo haciendo fotos, de otra manera, pero no dejo de hacerlas. Las fotos del poemario corresponden a las cuatro estaciones, son dobles exposiciones de mí, del valle interior y exterior, del crudo invierno, la esperanza de la primavera, el sol calentando mi alma y el ave en que me convierto si me voy. Siempre dije que si me reencarnaba alguna vez, quería que fuese en ave. Me crié en los mallos de Riglos». Hay confidencias que son la mejor poética: una razón de amor y de creación.
Paula Calero nos demuestra aquí algo más: tiene una gran sensibilidad para abrir su alma a la naturaleza y dejarse invadir por ella, y trabaja su esperanza para soñar el porvenir: «Y volaré tan alto con mi pluma rota / que las nubes detendrán en lecho tierno mi caída». Ojalá sea así en la poesía, en sus imágenes y en la vida.
Antón Castro
Foto de Paula Calero Ostariz por Paula Calero Ostariz
Paula Calero Ostariz. Licenciada en Historia por la Universidad de Zaragoza, especializándose en las culturas antiguas, el folclore y los saberes tradicionales del mundo rural, que se van perdiendo. Muy pronto se interesó por la fotografía y, junto al interés por la naturaleza y la escritura, que son una constante en su vida, mediante la unión de ambas, comparte en un blog y en redes sociales fotografías, artículos y poemas. Estudió fotografía en Spectrum Sotos, y diversos cursos en el Centro de Tecnologías Avanzadas (CTA), así como en los programas de Photoespaña, realizando algunos proyectos más intimistas junto a algunas exposiciones colectivas: en la Galería Spectrum Sotos; en el centro Joaquín Roncal, en Zaragoza; en la exposición Conjugar. III Art Festival de Albentosa, Teruel, y en la exposición El baile de la memoria, del taller impartido por Isabel Muñoz en el Pueblo Viejo de Belchite y presentada en su teatro. Fue primer premio del concurso de fotografía de la editorial Reino de Cordelia. Seleccionada para los visionados de Barbastro Foto en 2015. Portada de «Artes y Letras» del Heraldo de Aragón. Tiene publicados relatos sobre la Nuei buena en el Alto Aragón en el número uno de la revista Folclore for Ressitance. Intentando encajar el tiempo con la creatividad, sufrió una enfermedad autoinmune en 2024 que ha supuesto una ruptura en su vida. Ahora toca recoger los pedazos y juntarlos poco a poco; de momento, de esa ruptura, como un rayo de esperanza, nace este inesperado poemario.
Cae la tarde del primer día de diciembre en la laguna
mansa y serena, inmutable a los gritos que,
algo más lejos, emiten las grullas descendiendo a las aguas
protectoras de los depredadores ilusos e ignorantes,
desdeñando a los espíritus ancestrales del agua
vigilantes del ciclo de las estaciones.
Otras aves van cubriendo las copas de los árboles.
Es allí, lugar detenido por el tiempo, en pausa aparente
como yo, en letargo que amenaza la soledad del invierno,
donde la pequeña ánade y yo nos entendemos.
Ella sabe que este sosiego es forzoso y tan necesario
como su recorrido vigilante por las aguas de la vida.
Quizá espere que despoje y arroje mis temores
adentrándome al agua para salir de ella desnuda
sin nada más que la seguridad del calor del sol en mi piel.
Un nuevo día, uno más que sentir y volar:
quizá espero que el último haz de luz desaparezca
en la estela de su reflejo
recoger la fuerza de la naturaleza y convertida en nereida
vivir sin miedos ni enfermedades
con el ritmo de las aguas que me vieron nacer.
Quizá la quimera del ¿y sí? se diluya y vuele al amanecer
impulsada por la ligereza de haber soltado los miedos al agua
que no son más que plumas hundiéndose en el fondo del lago.
La encontré tejiendo, con un ovillo de lana rodando
en su frío suelo de gres marmóreo.
Rojo
como la sangre densa o el vino añejo de la barrica del abuelo.
Imbebible
como fluye la sangre, llena de recuerdos dulces a uva madura
en la parra del otoño.
El ovillo rodaba con cada vuelta de punto rojo
sobre fondo blanco igual que el zorro de cola ahuecada
que veía tras el cristal de la cocina en la hora azul.
Nevaba fuera, capté su mirada un instante,
no me pidió permiso para entrar en el pequeño jardín
ni tampoco era yo quién para dárselo.
Su familia vivía en estas tierras mucho antes que la mía,
así decían sus andares de un territorio suyo en el tiempo.
Y aunque no fuese cierto, esa tierra le pertenecía.
Parpadeé: sus huellas finas sobre manto blanco.
Las retuve lo que dura otro parpadeo hasta que la nieve,
cómplice, las cubriese, y solo yo supiera de su existencia
hasta que el ovillo se desvaneciera.
La prenda roja, para el zorro rojo
en el valle del Alerce Rojo.
Tres vueltas para las tres hilanderas,
tres plantas para ahuyentar las penas,
tres veces te llamo: serena.
¿Cómo se rompen los miedos
si todas las hojas que caían lentamente han desaparecido?
¿Cómo los lanzo al vacío
si las ramas no son capaces de sostener su peso?
Cuerpo arropado de moho, humedad,
aterrado en la fría soledad del invierno.
El invierno era tan sereno como mi soledad tan intensa.
Buscaba el silbido de los carrizos
en la orilla del agua mansa para no escuchar el silencio.
Callaba para sentir el viento del valle arremolinarse
en mis entrañas
como una tormenta a punto de estallar y
era consciente de que, si estallaba, no habría vuelta atrás.
El grito sería tan profundo, tan intenso,
que quebraría los árboles que me daban vida,
mataría a los roedores cuyo calor en su refugio invernal
sentía bajo tierra,
haría caer las aves y ¿qué sería de mí sin ellas?
Avancé hasta la oquedad donde solía ver al zorro.
Lo supe, también me lo temía.
No había pisadas de jabalí ni el canto del verdecillo.
Me sentí romper, ellos sentían mi fuego.
Me dejé caer, junto a los longevos troncos postrados,
quizá con suerte solo me convirtiese en oquedad y corteza,
quizá con suerte mis lágrimas, como savia,
crearían un nuevo hogar donde creciese nueva vida,
vida que arrastrase algo de mí, de lo que fui.
Ya no me preguntaba dónde estarías.
No te buscaba
y, en esa calma, sentía que no habías desaparecido del todo.
Quizás era primavera, quizás me observabas en silencio.
Me preguntaba ¿y entonces?
Por qué mis manos estaban llenas de tierra,
las uñas rotas
y mi pierna encajada en el barro
sin tu risa cantarina que me diese fuerzas, sin tu mano
que siempre me sorprendía cuando más me hundía
en el fango.
Mentía,
le mentía al viento, las palabras corrían falsas,
sorteando corrientes hasta ti.
¿Acaso no escuchabas mi lamento, mis mentiras?
Constantemente me preguntaba dónde estabas,
constantemente te buscaba
y la calma solo era un espejismo en la laguna
donde me miraba y me decía:
quizá la primavera.