Antología personal (para Oreste Macrí)
Más allá de los cuarenta poemas de Antología personal, el lector tiene en sus manos la prueba de que la poesía, cuando es verdadera, acaba por encontrar su lugar incluso después del silencio y el destierro. La generosidad meticulosa y amplia de Ángel Crespo, al responder a Oreste Macrí en 1983, revela tanto su respeto y afecto por el crítico como su deseo de ofrecerle una imagen fiel de su obra. El ensombrecimiento de su valor se retrotraía a su autoexilio en Puerto Rico dieciséis años atrás, cuando Crespo no pudo soportar más el irrespirable contexto español. De ahí que entristezca leer, en la carta transcrita por Laura Dolfi y remitida a Macrí por Crespo un año antes de marchar, cómo este afirma creer «que las cosas van a llegar, en España, al punto justo: a reconocer que la poesía es, ante todo, una tarea intelectual». Aquel reconocimiento, como la gran mayoría desde la crítica hacia su poesía, le llegaría durante su crepúsculo vital. Porque solo a su regreso a España en 1988, siete años antes de fallecer, Ángel Crespo recuperó algo de la vigencia perdida en 1967, esa de la que habla directamente a Macrí en otra misiva de noviembre de 1983.
No es menor, por ello, la calidad material de esta edición, cuidada con la sobriedad que exige lo perdurable: un libro muy enjundioso y exhaustivo –la editora coteja cada uno de los versos, al tiempo que revela detalles cual «en la sobremesa de una cena celebrada en mi casa»–, pero nunca abrumador ni nebuloso. En paralelo, el estudio introductorio, tan atento a la correspondencia, a las circunstancias de la antología y a la evolución de la relación entre Crespo y Macrí, permite comprender que este volumen también reúne una ética de la lectura por la que, cuatro decenios después, gracias a Dolfi y Olifante, el hispanista italiano ha contribuido a la vigencia del opacado poeta. Así es que ahora se cumple algo que Ángel Crespo afirmó en su composición «Contra el futuro», pero con un nuevo y alentador matiz: «Mejor será que el futuro se avergüence de vernos naufragar porque quisimos hacerlo más bello».
Luis Gracia Gaspar
Prof. Oreste Macrí
Florencia
Madrid, 12 de abril de 1966
Querido y admirado amigo:
He recibido la tirada aparte de su magnífico ensayo sobre mi poesía, publicado en L’Approdo Letterario. Puede figurarse cuánto le agradezco la atención que ha prestado a mis poemas. Tal vez con este testimonio de sincero y verdadero agradecimiento quédase tranquila mi conciencia de escritor poco atendido. Pero su ensayo es tan importante, tan profundo y tan claro que me siento tentado a dialogar con usted. Porque en él descubre usted muchas cosas que yo quería que se dijesen y nadie ha sabido decir hasta ahora. Creo que todo procede de que mi poesía ha querido ser experimental –sin exageraciones– en un clima muy 1 O. Macrí, «La poesia di Ángel Crespo», en L’Approdo Letterario, n. 32, octubre-diciembre de 1965, pp. 111-15; y luego, con el título «Ángel Crespo / Giovani poeti spagnoli», en el diario de Florencia La Nazione (7 de enero de 1966, p. 3). Véase ahora en O. Macrí, Studi ispanici, al cuidado de Laura Dolfi, vol. I, Poeti e Narratori, Nápoles, Liguori, pp. 423-29.apasionado. Esta actitud mía me ha enajenado muchas voluntades. Por ejemplo, usted afirma con toda razón que Salinas ha sido importante para mi formación; y todos sabemos que Salinas apenas ha contado en estos años de postguerra. Dice usted también que en mí hay huellas de Rilke, es decir, del simbolismo no modernista. Es verdad; pero usted sabe muy bien que aquí solo se ha seguido un simbolismo gastado: precisamente el postmodernista, que ya era, cuando el modernismo español, de segunda mano. Ve usted muy bien mis esfuerzos por conciliar lo mágico con lo real: aquí se ha ido a una poesía política de cortos vuelos o a un evasionismo. Naturalmente, la buena. Alejándose en parte de lo que Mario Di Pinto había afirmado en la introducción a su antología bilingüe (Ángel Crespo, Poesie, Caltanissetta, Salvatore Sciascia, 1964), Macrí observaba: «la poesia crespiana è […] apparentata all’esperienza post-simbolista nel nome di Rilke; ma ecco che si riaffaccia la “componente realista”, le lezioni di un inverosimile Salinas maestro di realismo; si enuncia una formula di effetto per la quale la “trasformazione dal reale” della lirica di tipo simbolista diventerebbe in Crespo una “trasfigurazione nel reale”» (O. Macrí, Studi ispanici, cit., vol. I, p. 424). En su artículo, Macrí destacaba su itinerario «da un primitivo ontologismo alle più recenti forme epicoliriche, il tutto immerso in un nimbo costante di magia naturale-umana, di atmosfera simbolica inerente agli oggetti e moti dell’animo, giammai effusa nell’idea o nella protesta esteriore» (ibidem, p. 425) poesía –la que yo querría hacer– tiene en principio algo de hermética, porque es nueva e intelectual. Por ello, en la medida en que usted, generosamente, concede que he acertado, me he ido separando del ambiente. (Algo semejante viene a decir Jiménez Martos en una reciente crítica a mi último libro.) Por otra parte, yo no he estado nunca demasiado cerca de Aleixandre y por ello me llena de satisfacción ver cómo usted habla de una poesía mía «ben distinta dal dilettantismo di tanti discepoli del neoromanticismo aleixandrino e del naturalismo nerudiano». No juzgo a estos dos grandes poetas pero estimo que usted haya visto mi camino con claridad. (Por otra parte, es curioso observar que el pretendido jefe del neorrealismo naturalista y político, Celaya, ha publicado una Cantata en Aleixandre. El abrazo que supone ese libro ha excluido de la atención de gran parte de la crítica a quienes nos hemos sentido siempre fuera de ese apretón). En cambio, Macrí lo consideraba uno de sus maestros: «Crespo, polemicamente, occulta nella penna, come i più anziani del 50, i veri nomi dei maestri: insieme con la residenza terrestre di Neruda, l’ombra paradisiaca di Aleixandre» (ibidem, p. 425). Era más bien refiriéndose a la «forza innocente di Crespo y a Junio feliz (que Macrí consideraba su libro más hermoso) por lo que el crítico añadía esta frase (cfr. ibidem, p. 426).
Le repito que su estudio me parece admirable y le digo también que me aclara puntos que yo no veía con la suficiente acuidad. Y me anima en mis esfuerzos. Creo que las cosas van a llegar, en España, al punto justo: a reconocer que la poesía es, ante todo, una tarea intelectual –con todo lo que se quiera de cordialidad y demás– y que las ideas de cada cual deben convertirse en materia poética para ingresar en la poesía. En este sentido, su visión de usted de la poesía –muy explícita en el ensayo sobre mi libro– es de una gran utilidad por todo lo que aclara. Me gustaría que se tradujese al castellano y se publicase aquí. ¿Podría usted autorizarme, en su nombre y en el de la revista en la que apareció, a ello? Hablaré con Dámaso Alonso, que le admira mucho a usted para que él me indique dónde debe ser publicada la traducción.
Espero que nos veamos cuando yo vaya a la Bienal de Venecia, pero me gustaría que tuviésemos antes un contacto que no me gustaría perder.
Le repito mi agradecimiento y espero siempre sus noticias.
Ángel Crespo
Sin embargo, esta traducción no se publicó.
Prof. Oreste Macrí
Florencia
Mayagüez, 1 de septiembre de 1974
Mi querido amigo:
He esperado a que pasen las prisas y los apuros de principio de curso –el nuestro ha empezado el 19 de agosto– para escribirle despacio y con la mayor tranquilidad posible. Llegamos aquí el día 9, tras haber pasado un mes magnífico en los Grisones estudiando rético y practicando con los campesinos de los Alpes. Sobre todo, ha sido una ocasión de descansar y de sentirse todavía fuerte, porque estos calores tropicales roban las energías y le hacen creer a uno que jamás le volverán las fuerzas. Sin embargo, hemos subido y bajado montañas sin fatigarnos, aunque ahora apenas si tenemos energía para ir. Como es sabido, en el cantón suizo de los Grigioni Crespo empezó el estudio del retorromance bajo la dirección de P. Flurin Maissen (cfr. José María Balcells, Poesía y poética de Ángel Crespo, Palma de Mallorca, Prensa Universitaria [1990], p. 13) de una habitación a otra de la casa (si no hay en ellas aire acondicionado). Y es que estamos en plena temporada de temporales: hace tres días estuvo lloviendo sin cesar desde las cuatro de la tarde hasta las cinco de la madrugada (se llenó un lago –el que abastece de agua a la región– al que le faltaban cuatro metros para alcanzar su nivel máximo).
Hemos recordado y seguimos recordando como algo inesperadamente magnífico nuestra estancia en Florencia. Y no es que no esperásemos estar allí a gusto, sino que su amistad, sus atenciones y la mutua comprensión que ha nacido entre nosotros ha sido una de las experiencias más agradables que nunca he tenido. Comprensión en todos los sentidos, pues no echo en saco roto esos estupendos restaurantes y esas tertulias tan latinas y estimulantes del Paszkowski, además del ambiente de compañerismo inte-. El café florentino de Piazza della Repubblica donde Macrí solía encontrarse con el poeta y crítico Piero Bigongiari, el anglista Sergio Baldi, el lusitanista Luigi Panarese, etc. Pocos meses más tarde Crespo escribía: «Puede imaginarse lo que sentimos vernos privados de su compañía y su conversación, de las charlas en el café con los amigos de Florencia» (carta del 17 de mayo de 1975, AC-OM, p. 456). Véase, además, en su diario: «las tertulias florentinas de la Piazza de la República, en las que mantuve inolvidables conversaciones con Oreste Macrí, el poeta lectual que usted ha sabido crear en el Instituto Hispánico.
¡Cuánto nos gustaría que nuestros estudiantes pudiesen seguir estudios con usted una vez terminada aquí su licenciatura! Espero que el año que viene podamos hablar de esto, pues Pilar y yo seguimos pensando en pasar en Florencia las próximas vacaciones veraniegas. Ya le escribiremos más adelante sobre el asunto pero puede, si surge la ocasión, apalabrarnos un apartamento amueblado, que ocuparíamos desde el 15 de mayo hasta el 15 de julio. No voy a hacerle otras indicaciones pues estamos seguros de que elegirá lo mejor que encuentre.
Mario Luzi, el profesor Luigi Panarese, traductor y estudioso de Pessoa, y otros ingenios mediceos» (Los trabajos del espíritu, Diarios (1971-72 / 1978-79), edición y notas de Pilar Gómez Bedate, Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 125). Que Macrí había fundado y que dirigía, en la Universidad de Florencia, como catedrático de Lengua y literatura española en la Facultad de «Magistero» (una facultad con un plan de estudios del todo parecido al de Filosofía y Letras). Este viaje no pudo concretarse. Cfr.: «Le escribo lleno de desolación, pues Pilar y yo no podemos pasar, según habíamos proyectado, el verano en Florencia. Espero que sea el año que viene. La Srta. Dolfi nos había buscado un piso, todo estaba en orden y, de repente, suben aquí la contribución con efectos retroactivos […] y nos sacan los dos mil dólares que teníamos para pagar los pasajes» (carta del 17 de mayo de 1975, AC-OM, p. 456). En Bari, he sido invitado por Sarolli a un congreso dantista que se celebrará a partir del 12 de marzo. Pienso ir, y volver aquí a últimos de dicho mes. Si no pudiese acercarme a Florencia –pues no sé qué obligaciones voy a tener (aunque sí que debo, además, dar un seminario de seis o siete clases a los alumnos de dantismo de aquella universidad)– por lo menos, podré telefonearle. Y paso a hablarle de los poetas de la segunda parte de su antología.
He pensado mucho sobre el asunto desde que usted me habló por primera vez de él, he leído durante estas semanas bastantes poemas de unos y otros y he logrado –creo– prescindir de afectos y desafecciones. Se trataba, más exactamente, del «Secondo incontro internazionale sulla Letteratura e Filologia Italiana oggi», que se celebró el 12 de marzo de 1975 en la Universidad de Bari. En esta universidad Gian Roberto Sarolli enseñaba Filología y crítica dantesca. Véase el texto leído por Crespo («La comedia de Dante: problemas y métodos de traducción») también en apéndice a su traducción de la Comedia, vol. III, Paraíso, Barcelona, Seix Barral, 2023 (19771), pp. 419-42. 6 Es decir, de aquel nuevo tomo dedicado a los poetas más jóvenes con el que Macrí pensaba completar su Poesia spagnola del Novecentocuya tercera edición, revisada y ampliada, la editorial milanesa Garzanti acababa de imprimir en dos tomos («30 de abril de 1974» rezaba el colofón). Después de la primera edición (Parma, Guanda, 1952) una segunda ampliada había sido publicada por la misma Guanda en 1961para darle una visión lo más objetiva posible. (En realidad, como no tengo enemistades, debo, más bien, prescindir de sentimientos amistosos para tratar de lograr la objetividad).
Empezaré por hablarle de dos poetas a los que conocí cuando todavía era estudiante en Madrid, dos excelentes poetas no muy tenidos en cuenta por las antologías españolas por el hecho –o así me parece– de que eran muy independientes y resultaba difícil encajarlos en los grupos de la época. Me refiero a Eduardo Chicharro y Miguel Labordeta. Ambos actuaron a partir de presupuestos surrealistas pero desde puntos de vista muy distintos. Eduardo Chicharro –que se educó en Roma y era un respetable pintor (hijo de su celebérrimo homónimo)– quiso llamar la atención lanzando el «movimiento» postista y se encontró con la oposición de la censura y con la alegación oficial –y literal– de «que no podía haber otros movimientos dentro del Movimiento». No obstante, nos unimos a él (yo tenía entonces veintiún años) Carlos Edmundo de Ory, Gabino-Alejandro Carriedo y yo, además de Francisco Nieva, buen pintor y prosista, pero no poeta. Chicharro. Donde se trasladó (en 1913) con motivo del nombramiento de su padre, Eduardo Chicharro y Agüera, como director de la Academia de España en Roma, y donde regresó algunos años más tarde como becario. que trató de imponer su obra entre 1945 y 1948, fracasó totalmente en este sentido por no encontrar apoyo en los grupos politizados de oposición –que le consideraban un esteta enajenado– ni en la crítica universitaria del tipo de la de Ínsula. No obstante, siguió trabajando con fe ejemplar hasta su muerte (1964). Dejó varias novelas y muchas poesías inéditas. Ahora acaba de publicarse su poesía casi completa en una magnífica edición. Antes, solo se había publicado de él una antología muy breve hecha por Pilar y por mí (Algunos poemas). Además de las páginas que reunían artículos, Ínsula se caracterizaba por su gran formato y por su llamativo inserto central verde claro que ofrecía un amplio listado de los últimos libros impresos. Macrí era uno de sus suscriptores y, durante sus estancias en Madrid, no dejaba de tomar parte en sus tertulias. Estuvo muy en contacto con su secretario (y desde aquel 1974 vicedirector) José Luis Cano: en las cartas que se intercambiaron abundan las referencias a la actividad de la revista y a sus intentos de guardar alguna independencia a pesar de las limitaciones impuestas por la dictadura (a este propósito remito a Laura Dolfi, Lettere inedite su una rivista, José Luis Cano scrive a Oreste Macrí (1949-1988), in I libri di Oreste Macrí, Struttura e storia di una biblioteca privata, a cura di Anna Dolfi, Roma, Bulzoni, 2004, pp. 595-662). 9 Cfr. Eduardo Chicharro, Música celestial y Otros poemas, edición de Gonzalo Armero, Madrid, Seminarios y Ediciones, 1974. 10 Cfr. Eduardo Chicharro, Algunos poemas, selección y prólogo de Ángel Crespo, nota crítica de Pilar Gómez Bedate, Carboneras de Guadazaón [Cuenca], El Toro de Barro, 1966.agotó rápidamente, y una edición de lujo con grabados de algunos de los mejores pintores españoles (Saura, Rivera, Sempere, etc.) de sus Cartas de noche, patrocinada por la Galería Juana Mordó de Madrid. El libro recién publicado es desigual, pues acoge casi toda su poesía, pero tiene magníficos sonetos heterodoxos y tres libros (Cartas de noche, Tetralogía y Música celestial) que revelan a un importante poeta. A mi juicio, el mejor es el último, casi todo de poemas en prosa. La raíz surrealista de Chicharro tiende a sumergirse en tierras de humor y belleza verbal y controla desconcertante, pero eficazmente, la fantasía.
Es, sobre todo, un poeta de la fantasía. Yo publiqué un estudio sobre él en 1961, en el homenaje a Joaquim de Carvalho11 (está, ahora, recogido en mi libro Poesía, invención y metafísica, 1970). No sé cómo habrá reaccionado la crítica española ante su reciente libro, pero me temo que no sepan qué decir.
Le hablo con cierta extensión de Chicharro porque hasta ahora ha sido un desconocido (apenas se había publicado seis u ocho poemas). Sin embargo, influyó mucho en mí y, en general, en los poetas de mi genera-11 Véase Á. Crespo, «La poesía de Eduardo Chicharro», en Miscelânea de Estudos a Joaquim de Carvalho, 6, 1961, pp. 567-86. De los otros «postistas» puedo decirle que Ory tiene a veces gracia pero cuando esta le falla sus poemas carecen de todo. De Carriedo, con el que he trabajado mucho, que es un caso discutible, que dejo a su discreción, pues su poesía carece de una base firme y está escrita para llamar la atención. No obstante, tiene verdaderos aciertos. Labordeta es un surrealista más «clásico», quizá el único clásico de España, lo que no deja de ser interesante. Además, creo que es muy buen poeta. Murió hace unos años, como usted sabe, y ahora se han publicado todos sus versos. Influyó mucho en Celaya y, en general, en los poetas más jóvenes, aunque muchos le tomaron el rábano por las hojas. Celaya le dedica un poema en Las cartas bocarriba, es decir, le escribe una de las cartas. De los demás, cuyas obras son más asequibles conocidas, le hablaré menos. Celaya está fuera de discusión, aunque sus últimos libros sean inferiores, a mi juicio, a sus obras de los años 6014. Creo que es el único poeta 12 Cfr. Miguel Labordeta, Obras completas, Zaragoza, Colección Fuendetodos, 1973 (luego, en 1983 con importantes añadidos). Se refiere probablemente a los experimentos de poesía concreta publicados en sus Campos semánticos (1971). Piénsese en La linterna sorda de 1964, en Baladas y decires bascos de 1965 o en el realismo mágico de Los espejos transparentes (1968).importante de los que se unieron a Espadaña, pues Nora fue oportuno pero pasajero y Crémer no tiene estética ni ideas propias. De los poetas de mi generación, yo le recomendaría a Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Ángel Valente y José Agustín Goytisolo, cuyas obras conoce usted bien. Y, claro, a José Manuel Caballero Bonald.
Quizás eche usted de menos a Ángel González: no es que le considere «malo», sino que le creo simplemente astuto y hábil al mimetizar a todos los poetas de esta generación, pero carente de un mundo poético propio.
Es decir, para mí es un claro epígono de la generación, que ni sobra ni falta. Casi de nuestra generación es Francisco Brines, poeta muy fino y que ya ha llamado la atención de bastantes antologizadores. En posición semejante se encuentra Claudio Rodríguez, sobre el que, sin embargo, tengo algunas reservas estéticas. Pero se lo recomiendo. Revista –como es sabido– fundada en 1944 en León por Victoriano Crémer, Eugenio de Nora y Antonio G. de Lama. Nacidos inmediatamente después de Crespo: Carlos Barral y José Augustín Goytisolo en 1928, Gil de Biedma y José Ángel Valente en 1929.
De los posteriores a mi generación, el mejor a mi juicio –y el que marca más claramente el cambio de orientación de la poesía social a una más exigente estéticamente y más ampliamente humana– es Pedro Gimferrer, poeta en castellano y en catalán y, a mi juicio, admirable en ambos idiomas. Junto a él situaría a Guillermo Carnero y a Manuel Vázquez Montalbán. Estos dos últimos tienen poca obra, pero me parece muy bien orientada y muy buena en muchas ocasiones. Los tres figuran en los Nueve novísimos de Castellet.
Resumiendo, los poetas que me parecen más importantes y representativos son los siguientes: Eduardo Chicharro, Miguel Labordeta, Gabriel Celaya, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo (el más débil del grupo de Barcelona), José Manuel Caballero Bonald, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Pedro Gimferrer, Guillermo Carnero y Manuel Vázquez Montalbán.
Es decir, en Nueve novísimos poetas españoles (Barcelona, Barral, 1970). Macrí había reseñado duramente su anterior Veinte años de poesía española (1939-1959) en una nota y en un artículo publicados en L‘Approdo Letterario (11, julio-septiembre de 1960 y 21, enero-marzo de 1963: ahora en Studi ispanici, cit., vol. II, pp. 337-61).
Ni que decir tiene que, si usted lo desea, podemos discutir y puedo ampliarle estas notas confidenciales todo lo que usted desee y yo sea capaz. Y le agradecería muchísimo que me acusase recibo de esta carta, para mi tranquilidad.
Como ya tiene En medio del camino, y creo que el Infierno, le envío por correo aparte mi Antología de la poesía brasileña y un libro que acaban de publicarme: Juan Ramón Jiménez y la pintura. Espero recibir pronto la edición del poema del Cartujano y las demás de que hablamos. Cfr. A. Crespo, En medio del camino (1949-1970), Barcelona, Seix Barral, 1971. 19 Publicado en la colección «Serie Mayor» de Seix Barral en 1973. Cfr. Antología de la poesía brasileña (desde el Romanticismo a la generación del cuarenta y cinco), Barcelona, Seix Barral, 1973. Impreso en aquel 1974 por la Universidad de Puerto Rico. Como precisa Pilar Gómez Bedate en la «Nota introductoria» a su reimpresión, se trata de la tesis que Crespo escribió para conseguir el título de «Maestro en Artes» en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico (Juan Ramón Jiménez y la pintura, Ediciones Universidad de Salamanca, 1999, p. 11). La edición comentada en tres volúmenes de Los doce triunfos de los doce apóstoles de Juan de Padilla (El Cartujano) al cuidado de Enzo Norti Gualdani. Su primer volumen (Studio introduttivo) salió en febrero de 1975 por la editorial D’Anna (Messina-Florencia).
Hasta muy pronto, le envío cariñosos saludos míos y de Pilar para usted y los compañeros del Instituto, y, en particular, un fuerte abrazo de su amigo y admiradorÁngel.
Ángel Crespo
Departamento de HumanidadesRecinto UniversitarioMayagüez, Puerto Rico 00708
Recuerdos muy afectuosos a Mario Luzi y a la familia Bigongiari, así como al Prof. Chiappini, a los que me propongo escribir y enviar algunos libros.volumen (Testo), impreso en 1978, Crespo expresó juicios favorables en su diario (cfr. Los trabajos del espíritu, cit., pp. 311-13). Crespo lo había encontrado en las ya mencionadas tertulias del café Paszkowski. Poeta de la generación hermética florentina enseñaba Literatura francesa en la Facultad de Ciencias políticas de Florencia. El poeta Piero Bigongiari, amigo de Macrí desde los años de su juventud, era catedrático de Literatura italiana moderna y contemporánea en la misma Facultad de «Magistero». Crespo había conocido también a Elena, su mujer, que solía pasar a saludar al final de la tertulia. En aquel entonces ayudante de Oreste Macrí en la Facultad de «Magistero».
Florencia, 13 de junio de 1983
Mi querido Ángel:
Estoy elaborando la nueva edición de mi Poesia spagnola del 900 y, como sabes, quiero añadir tu nombre y escaparate de tu admirable poesía. Ahora no puedo más. Estoy muy cansado, más en el interior (70 años y he dado con tute a mis fuerzas –¿se dice así?–). Hubiera querido empezar un tercer tomo con tu poesía que se ata a la anterior, pero sobre todo mira al porvenir, más allá de las neo- y trans-vanguardias. Más adelante volveré a tomar mi proyecto, con tu carta aquella, alumbrante.
Y si en estos meses se me diese la ventolera de añadir a tu nombre otro nombre de poeta, ¿a quién me aconsejarías? ¿Claudio Rodríguez, Costafreda, Valente…?
¡En paridad! Y ahora te ruego me ayudes, compilando y enviándome, de la manera más esencial y enjuta (mi antología ¿tú la tienes?): Un poeta de la misma generación de Crespo (también él había nacido en 1926) y cuyo nombre no aparece en la carta del 1 de septiembre de 1974.
1) Noticias sobre la vida, hechos literarios importantes, premios, etc.; 2) Obra poética (títulos, editorial, ciudad, año), solo libros; 3) Prosa artística, id[em]; 4) Prosa crítica, id[em]; 5) Estudios sobre tu poesía 6) una selección de unos 500 versos (esto no lo he pedido a nadie, pero me fío de tu ingenio crítico y autogusto). No hay prisa; me bastaría dentro del mes de septiembre.
Si no puedes, no tienes tiempo ni gana, dímelo con la mayor sinceridad; no quiero aprovechar demasiado de tu generosidad. A ti y a Pilar un fuerte abrazo, también de Albertina.
Tu afectísimo amigo
Oreste
La mujer de Macrí, Albertina Baldo, que en sus años juveniles había traducido a Lope de Vega (El villano en su rincón y La discreta enamorada) y a García Lorca (Doña Rosita la soltera y Mariana Pineda).
Mayagüez, 5 de septiembre de 1983
Mi querido Oreste: sentí mucho que no pudiésemos vernos este verano y espero que nos veamos el próximo.
De acuerdo con lo convenido en nuestra conversación telefónica, y con lo que me dices en tu carta de junio, que encuentro aquí, te envío, para que hagas la nota de Poesia spagnola del ‘9001, mis datos biobibliográficos, sobre los que te hago algunas aclaraciones: Como en diciembre debe salir, si no falla la imprenta, mi libro El bosque transparente (Poesía 1971-1981), lo incluyo al final del apartado correspondiente.
De Petrarca acaba de salir un anticipo del Cancionero, que aparecerá en octubre y te enviaré yo mismo, con el título de Sonetos y canciones y les he dicho a los editores que te lo envíen. Su cuarta edición revisada y ampliada publicada por Garzanti: Milán, 1985. 2 Sin embargo, este libro no se encuentra en el legado de Oreste Macrí (Archivio Contemporaneo Bonsanti, Gabinetto Vieusseux, Florencia).
El libro de Maresa Bertelloni, a la que conoces, El mundo poético de Ángel Crespo que está saliendo de la encuadernación, te será enviado inmediatamente, desde España, por Carlos de la Rica. Es un estudio que, como sabes, está bien y tiene interés.
En cuanto a la bibliografía crítica sobre mi poesía, puedo enviarte fotocopias de los trabajos que me indiques, si quieres ver alguno que no conozcas.
Si no te parece mal –y aunque yo te envíe una selección de mis poemas– no me hagas mucho caso. Prefiero ver que haces tú la selección, que será, sin duda, aleccionadora para mí.
Me gustaría que me acusases recibo de este material, para mi tranquilidad. Esperando tus noticias, te envío abrazos muy fuertes y cariñosos de Pilar y míos
Ángel
Cfr. María Teresa Bertelloni, El mundo poético de Ángel Crespo, Carboneras de Guadazaón, El Toro de Barro, 1983.
Foto de Oreste Macrí, Laura Dolfi y Ángel Crespo por Anna Dolfi
Ángel Crespo
Vida. Nació en Ciudad Real el 18-7-1926. En 1943 obtiene el título de Bachiller, en el Instituto de Ciudad Real. En 1943 empieza a estudiar Derecho en Madrid. En 1944 obtiene el título de Maestro Nacional. En 1947 empieza a escribir crítica de arte en varias revistas de Madrid. En 1948 obtiene el título de Licenciado en Derecho. En 1949 cumple el servicio militar en Marruecos. 1950: funda y codirige, con G.-A. Carriedo y F. Muelas, la revista El pájaro de paja (1950-1954). En 1951 funda y dirige la revista Deucalión (1951-1953). 1952: viajes por España. 1953: empieza a ejercer la abogacía en Madrid y es nombrado asesor jurídico de una compañía de seguros. 1955: Viaje a Francia. 1956: Primer viaje a Portugal, país que nunca ha dejado de visitar con frecuencia. 1958: Viaje por mar a Bélgica. 1960: funda con Carriedo la revista Poesía de España (1960-1963). 1962: funda y dirige la Revista de Cultura Brasileña (1962-1970). Director durante dos temporadas de las Salas de Arte del Círculo de Bellas Artes de Madrid. 1966: redactor jefe de la revista de arte Forma Nueva. En 1963 había hecho el primero de sus muchos viajes a Italia, en compañía de Pilar Gómez Bedate, su inseparable mujer y compañera, y en 1965, su viaje al Brasil. En 1967 se traslada a Puerto Rico como profesor conferenciante del Recinto Universitario de Mayagüez, en el que obtiene, en 1970, el título de Maestro en Artes. En 1970, empieza en Uppsala, Suecia, sus estudios de doctorado en Filosofía, título que obtiene en 1973. Viajes por Francia, Holanda, Dinamarca, Alemania, Suecia y Finlandia. 1975-76: curso de literatura española enseñado en la Universidad de Leiden, Holanda. Una vez restablecida la democracia, por la que había luchado clandestinamente en España, vuelve a visitar su país en 1977. En 1974, primer viaje a Suiza, para estudiar las lenguas retorromanas. Durante los años 1975-1983 visita con frecuencia los Estados Unidos, Santo Domingo, Barbados, Curazao, las Islas Vírgenes, Italia, Francia, Portugal y Suiza, donde da conferencias de poesía y asiste a congresos literarios. En la actualidad es catedrático de Literatura comparada en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez. Pertenece al Instituto de Estudios Manchegos, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ha obtenido la Medalla de Oro del natalicio de Dante (Florencia) por su traducción en tercetos de la Comedia, y le ha sido concedida la Medalla de Plata de la Universidad de Venecia, en la que enseñó un curso sobre el modernismo hispanoamericano en 1982. Nunca ha presentado sus obras a concursos literarios.
Obra. Poesía: Una lengua emerge, Ciudad Real, 1950; Quedan señales, Madrid, 1952, 19532 ; La pintura, Madrid, 1955; Todo está vivo, Madrid, 1956; La cesta y el río, Madrid, 1957; Junio feliz, Madrid, 1959; Oda a Nanda Papiri, Cuenca, 1959; Antología poética (estudio preliminar de José Albi), Alicante, 1960; HΖΛGΡΑΦΙΚΗ (La pintura), traducción al griego moderno por Hypros Krysanthis, Nicosia, 1961; Puerta clavada, Montevideo, 1961; Suma y sigue, Barcelona, 1962; Poesie, estudio y traducción de Mario Di Pinto, Roma, 1963; Cartas desde un pozo, Santander, 1964; No se cómo decirlo, Cuenca, 1965; Docena florentina, Madrid, 1966; En medio del camino (Poesía, 1949-1970), Barcelona, 1971; Claro: oscuro, Zaragoza, 1978; Colección de climas, Sevilla, 1978; Poemas Necessários, Traducción de Domingo Carvalho da Silva, Brasilia, 1979; Donde no corre el aire, Sevilla, 1981; El aire es de los dioses, Zaragoza, 1982; El bosque transparente (Poesía 1971-1981), en prensa, para aparecer a finales de 1983, en Seix Barral, Barcelona.
Aforismos poéticos: Con el tiempo, contra el tiempo, Cuenca, 1978; La invisible luz, Cuenca, 1981.
Traducciones: Se citan algunas de ellas: Poemas de Alberto Caeiro, de Fernando Pessoa, Madrid, 1957; Antología de la nueva poesía portuguesa, Madrid, 1961; Gran sertón: veredas, de J. Guimarães Rosa, Barcelona, 1967; Antología de la poesía brasileña, Barcelona, 1973; Infierno, de Dante Alighieri, Barcelona, 1973 (las traducciones del Purgatorio y el Paradiso aparecieron respectivamente en 1976 y 1977); Un siglo de poesía retorromana, Cuenca, 1976; Antología poética de Eugénio de Andrade, Barcelona, 1981; El poeta es un fingidor. Antología de Fernando Pessoa, Madrid, 1982; Antología de la poesía portuguesa contemporánea, dos vols., Madrid, 1982; Cantar de Roldán, de Turoldo, Barcelona, 1983; Sonetos y canciones, de Petrarca, Barcelona, 1983; Cancionero, de Petrarca, Barcelona, 1983.
Estudios: Poesía, invención y metafísica, Mayagüez, 1970; Aspectos estructurales de ‘El moro Expósito’ del Duque de Rivas, Uppsala, 1973; Juan Ramón Jiménez y la pintura, San Juan de Puerto Rico, 1974; Dante y su obra, Barcelona, 1979.
Ediciones y antologías: Luis Cernuda, Cartas a Eugénio de Andrade, Zaragoza, 1979; Antología de la poesía modernista, Tarragona, 1980; Antolojía jeneral en prosa, de Juan Ramón Jiménez (en colaboración con Pilar Gómez Bedate), Madrid, 1981; Juan Ramón Jiménez, Animal de fondo, Madrid, 1981; Duque de Rivas, El moro expósito, dos vols., Madrid, 1982.
Estudios sobre su obra. La más amplia bibliografía se encuentra en el libro de M. T. Bertelloni citado al final
– R. Soto Vergés, «Realismo y estilo (notas a propósito de ‘Junio feliz’)», en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 127, Madrid, julio de 1960; L. de Luis, «“Antología poética” de A. C.», en Papeles de Son Armadans, Madrid Palma de Mallorca, núm. LVI, 1960; J. M. Caballero Bonald, «La transfiguración poética de la realidad», en El espectador, Bogotá, 8 de enero de 1961: Ch. David Ley, Spanish Poetry since 1939, The Catolic University of America Press, Washington, D. C., 1962; J. Albi, «Fichas poéticas de A. C.», en Verbo, núm. 32, Valencia, eneromarzo de 1963; Carlos de la Rica, «Vanguardia en los años 50», en Papeles de Son Armadans, núm.s. CIX, CX y CXII, 1965; Oreste Macrí, «La poesía di A. C.», en L’Approdo Letterario, núm. 32, Torino, 1965; P. Gómez Bedate, «La contestación de la realidad en la poesía de A. C.», en Revista de Letras, núm. 4, Mayagüez, 1969; J. López Gorgé, «A. C.: En medio del camino», [en] La Estafeta Literaria, núm. 459, Madrid, 1972; F. Martínez Ruiz, «Claro: oscuro», en ABC, Madrid, 6-7-1978; L. Jiménez Martos, «Crespo, naturaleza, algo de magia», en Nueva Estafeta, núm. 1, Madrid, 1978; Linda D. Metzler, The Poetry of A. C., tesis doctoral inédita, University of Kansas, 1978; M. T. Bertelloni, «La poesía de A. C., una nueva dimensión», en Peña Labra, núm. 26, Santander, 1978; M. T. Bertelloni, «El sentido del tiempo en la poesía de A. C.», en Nueva Estafeta, núm. 11, Madrid, 1979; J. Albi, «A. C.», en Poética, Valencia, 1979; A. Sanz Echevarría, «Todo está vivo, la poesía de A. C.», en Jugar con fuego, núm. VIII-IX, Avilés, 1979; L. Capecchi, «Un viaje por la poesía de A. C.», en Ínsula, núm. 402, Madrid, 1980; C. Murciano, «Un gran poeta del 50», en Ya, Madrid, 10-9-1982; A. Guinda, «A. C., Una bocanada de aire limpio», en El día, Zaragoza, 19-9-1982; Andrew P. Debicki, Poetry of Discovery, The Spanish Generation of 1956-1971, The University Press of Kentucky, 1982; B. Cinti, «Traiettoria poetica di A. C.», en Ateneo Veneto, vol. 20, 1982; M. T. Bertelloni, El mundo poético de Ángel Crespo, El Toro de Barro, Madrid-Cuenca, 19831.
Como es sabido, en los años siguientes, a los datos mencionados en esta carta se añadieron muchos otros: viajes, conferencias, ensayos, libros de versos, etc. sin olvidar el definitivo regreso de Crespo a España en 1988 y su enseñanza en la Universidad de Barcelona.
Por los caminos encontramos bueyes.
Vamos contando testas de animales cornudos.
En los caminos encontramos árboles.
Vamos contando ramas de vegetales altos.
Vamos por los caminos contando hierbas.
Pero también los bueyes cuentan presencias de hombres.
Y los árboles cuentan nervudos brazos de hombre.
Y las hierbas nos cuentan las pestañas.
Todas las cosas tienen
ojos para mirarnos,
lengua para decirnos,
dientes para mordernos.
Vamos andando igual que si nadie nos viese,
pero las cosas nos están mirando.
Todos los hombres vamos,
en un animal vamos subidos,
de especie diferente y diferente andar,
pero animal que mata si se tercia.
Todos los animales
se comen todos su salario:
nuestra ración de vida verde
que como pago ya es bastante.
Todos vamos guiándonos,
según costumbre, por las uñas
y por los cuernos, si los lleva,
o las cerdas inusitadas
del animal que nos somete.
Luchamos a caballo
de animales intransigentes
que se devoran entre sí,
guiados solo por los signos
que descifrar no nos atañe.
Entre garras y dientes
y horrorosos aullidos de placer,
entre enseñanzas inútiles
y descompasadas caricias,
entre lujurias y frases hechas,
una estampida sin desenlace
nos lleva en vilo, nos derriba,
nos pone en pie. Nuestro animal exige
su pedazo de pan entre las patas,
su vaso y cubo de agua, sus pasteles,
para seguir huyendo.
El aire ha pasado lamiéndonos
como aquel perro, el de la casa,
el que de noche se perdía y, luego,
en los ojos traía un terrible retrato.
Como aquel perro, el aire viene
y nos pasa la lengua por las manos,
dejándonos olores
de matorrales y conejos,
de estampidos de pólvora, de sangre,
de tierra humedecida;
exactamente, igual, como aquel perro.
El animal, la hoja,
la sorpresa, el disgusto,
nos llegan por el aire:
nos llegan de repente como esta
brisa que mueve un poco las cortinas,
levanta los papeles de su sitio
y nos hace inclinarnos, como el can
aquel solicitando nuestras manos,
que eran entonces menos duras.
Como el terrible can que se perdía,
como digo, de noche,
se hacía entonces negro, olía a azufre
quemado, se ponía, en verdad, llameante
y se perdía monte arriba,
para luego volver por la mañana,
inmaculado, alegre,
lamiéndonos los pies, dando a los otros
felices bienvenidas con el rabo,
exactamente igual llega este aire.
(Exactamente igual para los otros,
porque debo contar que al perro aquel
solo yo descubría por la noche,
y de mañana me añadía miedos
cuando apretaba el lomo a mis rodillas).
Precedido de un opaco
y caudaloso rugido,
sale, a veces, un león
del armario familiar.
(Es preferible a esas sombras
que acortan, a veces, nuestro
paso a través de la casa
o que esos súbitos, blancos,
resplandores que se advierten,
helados, en las alcobas).
Surge un león, no la híbrida
figura que, aunque inconcreta,
guarda con él semejanza,
sino el animal salvaje
con su dorada melena,
con su bravo olor, poniendo
su calor en el ambiente,
haciendo crujir las tablas
que soportan su tristeza.
No es fiero bruto que ataca,
sino conciencia segura
de hallarnos ante un león
que nada bueno despierta,
el no poder confundirlo
con las figuras del sueño,
con la excrecencia que a veces
de la fiebre se genera,
el admitir sin demora
–y sin extrañeza entonces–
la presencia de la fiera
y el miedo que la acompaña.
(No miedo para el león,
que fuego no hay encendido,
sino para aquel que ve
cómo un león sale un día
del armario familiar).
Tampoco se sabe cómo
pudo estar allí, sin que
al tomar la antigua carta
para leerla de nuevo
o el recuerdo acariciar
que en los pañuelos anida,
nos sintiésemos un vago
hormigueo de peligro.
Sale y no surge. Surgir
es diferente, ya que
es nacer, al menos para
tal instante. Sale: estaba
de siempre allí. Un paso da,
otro después. Un temor
de pecados cometidos
no por nosotros –o sí
por nosotros, que sabemos
ser prolongación, pasado–
nos atenaza. La casa
está vacía (no importa
que alguien ponga en este instante
flores en el comedor),
la calle está sin un alma
(aunque en la equina haya dos
que se besan), la ciudad,
el mundo, se hallan vacíos,
y él viene a pedirnos algo
–no pan, porque no lo come;
no carne (no necesita
devorarla este león),
no tranquilidad (quisiera
no despojarnos, dejárnosla)–,
algo que tal vez pudiéramos
darle y que, desconociendo,
sabemos lo doloroso
que sería conceder.
Y no se esfuma. Se vuelve
cara al armario, azotándose
pausadamente los flancos,
seguro de que otra vez
nos lo pedirá más fuerte.
Como una piedra de repente oída,
se alza, penetra
con su mirada los oscuros lienzos
de la noche
y aúlla.
Aúlla, clava su voz
en la viciosa médula del junco,
estampa con su aullido
el nocturno percal, se desvanece
su grito, solitario,
un poco más allá se sienta. Enhiestas
las orejas, la espalda
ya casi vertical,
las patas ásperas en tensión, y la piel
lustrosa y maloliente, ¡cuántas noches
me ha impedido dormir!
Cuántas noches en Dios he querido creer
como en alguien que va por el monte y espanta
al aullador y, en los corrales,
se detiene a lamer a las ovejas.
Yo, entonces, no creía
creer en Dios: pensaba
–o ni pensaba– en una
mano capaz de hacerle enmudecer,
como al hermano pequeño va el mayor,
tapa la boca con la mano
y la retira húmeda.
Así quería yo que ese dios o persona,
sobre la faz del lobo, el torvo hocico
apretase, su mano le obligara
a un silencio de roncos gañidos, y dormir.
Porque yo no sentía lástima de la oveja
que un día había de comer. La noche
era hermosa; para alguien
era y yo bien sabía
que no era para mí, que era del lobo
aquel que yo quería suplantar. No podía
saltar por la ventana
y, descalzo, subir entre chaparros,
jaras, ahulagas, piedras,
y gritar desde el sitio del lobo,
ser dueño de la noche,
del campo, que no era mío ni de los míos,
aunque su leña ardiese en el hogar.
Yo, entonces, me sabía las oraciones
pero jamás pensaba en Dios,
y me sentía solo, evadido y sin dueño,
y mi reino era aquella posesión de la noche,
aquel aullido y miedo deseados
que me robaba el lobo.
He perseguido al pájaro oculto de la tarde
buscándole en la sombra
del olivar, tocando
solo su sombra al pie del derruido
muro, llegando tarde.
El ceniciento pájaro, el que va
y viene entre los trigos y la acequia
tejiendo y destejiendo
el cambiante perfil de cada tarde.
El que corre despacio
o de repente deja
caer sobre nosotros
las antiguas cortinas de la tarde.
Pájaro de perfil cuando de frente
es preciso coger sus plumas, y elevado
cuando está a ras de tierra la ocasión de prenderle,
al cabo de la tarde.
Tascando el freno, desmontando, huyendo,
cabalgando a la prisa,
haciéndola girar
sobre sus pies, en medio de la tarde,
descubriendo las huellas recientes de su vuelo
en el mal hilvanado vacío de un segundo,
en el distinto aroma de la hoja
que está más azulada por la tarde,
perseguir a este pájaro es difícil,
incluso hallar la pluma
que perdió en el esfuerzo de la huida:
solitario trofeo de la tarde.
La vieja cabra que el cuchillo
respetó. Se movía
como la hierba cuando crece.
De pronto, sus orejas
ya estaban lacias, o su belfo
entreabierto, o estaba
el animal junto a la puerta
del horno. El animal
–o más bien bicho, fardo
de piel y huesos, con las ubres
como viejas talegas que guardaron
cobre y, a veces plata–,
el bicho melancólico
que se dormía al sol tocando tierra
con los hermosos cuernos.
Porque los cuernos eran su sonrisa,
su afirmación, su gesto de haber sido:
brillantes de mañana, por la siesta
mates de polvo y tedio, por la noche
oscuros de abandono, y humeantes
de bruma con la aurora.
Vieja herencia
de algún día que el hambre se olvidó
de olisquear el filo del cuchillo,
de lamer el barreño en que la sangre
se cuaja, de mover
la artesa que presencia el sacrificio;
vieja cabra, durando
como la duración, como las hierbas
que cuelgan del tejado,
como la voz idéntica que llama
desde el fondo del patio cada día,
como el tiempo que aprieta los costados,
se va después, jadea
y, cuando va a morir, clava los cuernos
en el contemplador desprevenido.
Recuerdo a una mujer entre las reses
–su delantal, el cubo de agua–
buscando algo, agachándose,
entre las patas, las cabezas,
entre las ruedas de los carros.
Recuerdo bien su vientre, sus colores
subidos a la cara
y la mirada del marido
que era por cierto el mayoral de bueyes.
Bien lo recuerdo. Ella buscaba
entre las piedras del corral
–¿una medalla, una moneda?–
y sin soltar el cubo de agua
que salpicaba entre los cantos.
Yo apenas si medía
lo que es preciso para hacerse oír.
Junto al pozo, a la sombra
de las poleas, contemplaba
aquel ir y venir, y del marido
la calma expectativa.
Recuerdo a la gallina que en las bardas
se encaramaba y no sabía
descender. Y recuerdo
cómo aleteaba. Y el palomo
zureaba en el porche.
Algo buscaba. Algo buscábamos
el mayoral y la mujer y yo
y las reses y el lento
prosopopéyico palomo
y la escandalosa gallina
y el hijo que llevaba a medio hacer
esa mujer llamada Rosa
–que una vez hecho se llamó Daniel
y la muerte encontró en aquel corral
en el que nada halló su madre.
Hemos descabalgado
todavía con luz. Hemos
llegado a tiempo.
Por las calles
fuimos dejando flecos
de campos y de voces,
de sorpresas de pájaros
y mariposas (se estrellaban
en la frente de los caballos).
Las herraduras despertaron
curiosidad y miedo. Una mujer
se asomó a la ventana
y pronunció los nombres prohibidos.
Fingimos no entender. Pero las niñas
que nunca los oyeron
por las esquinas los pregonan.
Hemos descabalgado
y sacudido el polvo
de camisas y pantalones
y hemos pedido albergue en la posada.
El ventero
nos ha reconocido
y ha arrancado el cartel que pone precio
a nuestra libertad.
Ha puesto cinco vasos
y una frasca en el mostrador.
Ha conversado con un cliente.
La taberna
se ha ido llenando de hombres
barbudos y barbilampiños
y en la calle
han hecho corro las mujeres.
Oímos el piafar de los caballos
que alguien conduce
a los establos. Mis amigos
y yo no hemos hablado
todavía. La gente
nos mira de soslayo
y no conversa con nosotros.
Hemos bebido cuatro frascas
lentamente. Sin sombra
de embriaguez, nos miramos.
Alguien ha puesto
un balde de agua en una mesa.
Nos lavamos las manos
y la cara. Los hombres
nos miran ya de frente.
He sonreído. Mis amigos
han sonreído. ¡Y los demás!
Al salir, los caballos
estaban a la puerta.
Todos han contemplado
nuestra partida. Nos esperan
alegres y dispuestos.
No fue preciso hablar.
Las mariposas
nocturnas caen al suelo,
pues ya amanece. Y otra vez
los pájaros nos prenden
su sobresalto en el sombrero
antes de que lleguemos
al pueblo más cercano.
Aquí solo podríamos
vivir tú y yo (de amor)
y las cornejas
(de su imprudente cebo)
y el hombre con la boca cerrada
y mordiendo las mieses.
Y yo (supongo) me podría
quedar ciego mirando
tanta piedra.
Y me podría convertir
en el pasto de estos matojos
(semideshecho, igual
que el suelo semoviente).
Tú y yo, sobre los lomos
de este oculto animal,
vamos ardiendo (cabalgamos
tiempo y tierra), crecemos.
Llega el otoño. Llueve
y allá lejos va el río.
Henchido y ciego va.
(Ahogando va sus peces).