Al otro lado del abismo
Al otro lado del abismo es un poemario escrito por el poeta Fran Picón en cuatro tiempos, en ese instante que dura la vida, en ese verso que marca la infancia, el abismo, la redención y la edad tardía. El dolor, la ausencia, la soledad, los días marcados en un calendario sin año, sin estaciones, con la órbita lunar escondida en algún lugar de su cuerpo y el recuerdo, con esa huella impregnada de esperanza y su memoria, donde el tiempo es sólo una palabra y, la oscuridad se hace hambre de verbo. Late en cada poema de Fran Picón el «Carpe Momentum», el eco de lo simple y su complicidad, el cráter de lo efímero, la herida en la piel del poeta, como diría Pessoa:
«El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente…».
Encontramos esta letanía en el último resquicio de los sueños, en el incansable silencio de la tierra, en el duermevela que nutre al olvido, al ostracismo y su pausa, a la cintura enraizada en la raíz del alma, a lo efímero y su espesura. Imágenes desnudas que evocan la derrota del poema, el musgo cicatrizado en una huida a destiempo, en el destierro de la palabra hecha de lluvia y mariposas. Hay una leve caricia a cada uno de nuestros sentimientos, a cada instante ajeno a la incertidumbre, a ese salmo enquistado tras el silencio de una mirada, en la certeza de lo intangible, en el hilo invisible que nos devuelve al poema.
Fran Picón nos adentra en la niebla que sustantiva lo inevitable. Un poemario que se tatúa en la piel de todo aquel que desea sumergirse en el abismo profundo de su lectura, en su voz que abraza la verdad de lo insalvable.
Belén Mateos
La poesía es una visión emocional del mundo. He estado a punto de escribir una «explicación emocional», pero enseguida he pensado que los poetas no tienen que explicar nada. Un poeta muestra, expone, sugiere (sobre todo sugiere) una emoción. Una emoción que es una imagen del mundo. Y Fran Picón, como poeta que es, no hace otra cosa en este Al otro lado del abismo. Lo que no es poco. Expresar una visión del mundo con un lenguaje emotivo, coherente y pleno no está al alcance de cualquiera.
Vivimos una época de desolación. Cualquier espíritu sensible se siente desgarrado ante la situación del mundo. De ahí que la visión que nos presenta Fran sea desesperanzada y dolorosa, ya desde el título del libro, Al otro lado del abismo. Ese abismo, que da también nombre a la parte central y más extensa del poemario, es el propio mundo, la misma realidad angustiosa ante la que se halla el poeta y en la que los lectores nos sumergimos gracias a un lenguaje vibrante, con imágenes palpitantes de sentido.
* * *
Este poemario, duro y atractivo a la vez, está ordenado en cuatro partes. La primera, Infancia, sirve a modo de introducción, nos da algo así como los antecedentes previos en que se enraíza esa visión desolada de la vida. Ya el primer poema da el tono que va a seguir todo el libro: «Yo no quise nacer en agosto», afirma, «no vine al mundo a la hora acostumbrada», como si rechazase su nacimiento; al menos, su nacimiento en ese lugar y en ese instante. Puede recordar los famosos versos de Calderón de la Barca: «…el pecado mayor / del hombre es haber nacido».
Pero Fran Picón no habla de pecado, habla de error, como si se tratase de un error de la naturaleza que es necesario asumir, al no poder rebelarse contra una realidad que se nos ha impuesto. Así es la vida, el abismo entre la realidad y el deseo, como en la obra de Luis Cernuda.
En esta Infancia se hallan las raíces del poeta: el padre, la madre y ciertos recuerdos, como los juegos de niño («recuerdo aquel solar enfrente de mi casa»), no especialmente felices. Términos como »ausencia», «abandono», «incertidumbre», «pobreza»… señalan la desolación de un tiempo pasado. Sin embargo, hay la nostalgia de algo bueno: «No cabía la soledad» en esos juegos infantiles. Aunque, si la vida está marcada por la infancia, no cabe duda de que las raíces de la amargura del presente se hunden en esa infancia. Una infancia que tal vez solo existió en las fotografías amarillentas que la conservan: «Me miro en las fotografías antiguas». Una infancia no cumplida. Una infancia que solo se halla en la evocación de esa misma infancia.
El abismo es, como hemos dicho, la parte central y más extensa del poemario. En ella está el núcleo de la cosmovisión de poeta, una cosmovisión negativa del mundo, si el abismo es el mismo mundo en que se vive, como nos resume el último poema de este bloque, con una potente y muy poética expresión: «Desciendo al abismo del dolor», ese abismo del dolor que no es otra cosa que la propia vida. A lo largo de los poemas se extienden las notas de la desazón, el sinsentido y la angustia que es existir. Ausencia y desolación de la que no hay manera de escapar, pues la existencia no es más que un infinito presente descorazonador, cuando el poeta se presenta como «el buscador impasible del presente» en un mundo en el que el tiempo no transcurre: «tiempo es tan solo una palabra», pues «hay en la edad una mentira, / el error infinito de lo insignificante», de tal modo que solo nos queda «la certeza absoluta de la muerte». El poeta se siente, pues, habitante de un mundo destruido o camino de la destrucción, en el que la propia naturaleza se convierte en el reino de lo incomprensible y lo no realizado: «No conoce la madreselva el abismo de la espesura, / retuerce su alma de ausencia entre los troncos abandonados /…/ una libélula aspira a ser luciérnaga mientras muere. / Hay en la quietud del bosque un hálito de incertidumbre». El poeta se presenta ante el mundo devastado como un ser que no se reconoce a sí mismo, que intenta luchar frente a la negación y acaba derrotado. «Derrota de un poema» es la conclusión de uno de ellos. Derrota de un poema y del poeta que lo ha escrito, y del hombre que está tras el poeta, y en realidad de toda la humanidad doliente que pueda identificarse con este verso. O, dicho con una magnífica imagen, el ser humano es «tan solo un pez que va por el jardín», algo extraño e imposible. Este sinsentido vital no se limita al individuo, no es solo el yo lírico el que se siente ajeno a una realidad insatisfactoria, en un sentido, diríamos, existencialista. El mundo está mal hecho y por ello hay también elementos de crítica y denuncia social, como ese estupendo poema en el que llega la Navidad y todo es alegría. Todo es alegría, excepto en Sudán del Sur, Malawi, Burundi y otros muchos lugares donde impera el dolor, la guerra, la injusticia y la muerte. Ese abismo al que el poeta se asoma no es simplemente el de su propia alma desolada; es el de la desolación de un mundo terrible, el que nos rodea a todos sin que a veces sepamos verlo. Este sentido de solidaridad con los demás es precisamente el que da razón y autenticidad al sentimiento angustiado del poeta: «soy un tipo inadaptado en un mundo / que, muchas veces, me resulta ajeno».
La tercera parte, Redención, supone en realidad una continuación de la anterior. Hay un esfuerzo por superar el abismo y la amargura, pero en último término la realidad terrible acaba imponiéndose. Con imágenes muy sugerentes, el poeta nos dice: «En el almizcle del tiempo / existe un abandono de sombras, / la sima de la roca madre / en la derrota del abismo». Se intenta derrotar al abismo, pero el esfuerzo es vano. Si en algún momento parece alentar una esperanza («Existe en la vorágine un lugar para la huida, / un jergón raído expropiado del miedo»), al final pesa más el desespero, el sinsentido, la imposibilidad de alcanzar una serenidad: «no existe más certeza que lo intangible, / el hilo transparente de lo incierto».
La edad tardía es la cuarta y última parte, la más breve, apenas cuatro poemas que se centran en el amor, llenos de imágenes conmovedoras y atrayentes. «Quédate a dormir» es un poema especialmente evocador, la búsqueda de la salvación por el amor, casi la petición de un desesperado, la creencia de que podemos rescatarnos en el cuerpo de otro, que no deja de recordar el desgarro del «Ne me quitte pas» de Edith Piaff. Uno de los poemas más estremecedores del libro.
Como también lo es el último: «Renuevo mi voto de pobreza, / renuncio al frescor de la madrugada en tu piel», despedida de un amor que se ha ido, expresando el dolor no con gritos y lamentos, sino con una admirable contención metafórica: «los arrabales de la memoria», «la sábana de tu pelo»…, hasta culminar en los dos alejandrinos finales que resultan un epifonema no solo del poema, sino de todo el libro: «abandono el oasis que predican tus ojos / en la espera de un tiempo infinito sin ti». Ese tiempo infinito de la edad tardía que muestra que el abismo ocupa todos los aspectos de la existencia.
* * *
Nos encontramos ante una poesía del «yo». Y una poesía que nos emociona. Lo que sentimos ante su lectura no son las emociones de Fran, son las nuestras. Esto se debe a que el «yo lírico» no es el yo del autor, sino una construcción lingüística que por medio de figuras (imágenes, metáforas…) es capaz de hacer surgir en nosotros un sentimiento. Claro que esto solo lo hacen los buenos poetas, como el buen poeta que es Fran Picón
Me vienen a la memoria los versos de Antonio Machado en Nuevas canciones: «Con el tú de mi canción / no te aludo, compañero; / ese tú soy yo». No quiero enmendarle la plana a don Antonio, pero sí diría que este libro viene a demostrarnos que la poesía funciona al revés, como si nos dijera: «ese yo eres tú». El yo de un poema verdadero es el del lector. Y Al otro lado del abismo tiene muchos poemas verdaderos.
Joaquín Sánchez Vallés
Foto: Blanca Blanco
Fran Picón (Francisco J. Picón) (Madrid, 1964. Afincado en Zaragoza desde 1966). Ha publicado: Desde mi i…marginación, Con la vida a cuestas, Alambique de vestigios, Frunces en la rima, Improntas a dos voces, Instantáneas entre penumbras; 69 poemas, Poemas de la espera, Pellem: In deversorium sensuum, Es tiempo de mojarse, La estructura vertical de tu recuerdo, Termópilas del barrio viejo, En la bóveda de tu mirada y la antología Laderas del tiempo.
Ha realizado numerosos prólogos y sus poemas han aparecido en diversas revistas literarias, así como ha participado en numerosos libros colectivos. Ha sido director y copresentador (junto a Mar Blanco) del programa «Con versos en la noche» de TEA FM. Socio fundador (junto a Belén Mateos, Mapi P. Freixas, Mar Blanco y Samuel Trigueros) de APAB, Asociación Poética Aragonesa Bonhomía. Socio de La Casa de Zitas, de la Plataforma de poetas por Teruel y de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, de la que, actualmente, es vicepresidente primero.
YO no quise nacer en agosto,
ni tampoco en una gran metrópoli,
yo hubiera querido amanecer
entre la hojarasca de otoño
en algún pequeño arrabal
de una ciudad discreta
y sin nombre,
más allá de la última esquina,
justo antes del cruce de caminos.
No vine al mundo a la hora acostumbrada,
perdí una saeta en el desagüe del ombligo
y el tiempo entre los lazos del cordón umbilical,
arrastré la placenta hacia el lado salvaje
mientras en el hilo musical de la inocencia
sonaba la voz arrugada de Lou Reed.
Y es que en agosto no había nadie,
me recogieron de oficio en el paritorio del desliz
y en la incubadora de la oficina de empleo
esbocé mi primer poema de llanto.
Nací hombre por casualidad
y no por vocación, tal vez por accidente,
reivindico mi parte femenina desde entonces
y en la piel he facturado los deseos,
en aquel lunar sin órbita ni Selene,
apenas en un rincón escondido de mi cuerpo.
Y es que yo nunca, nunca quise nacer en agosto.
EN tu sonrisa se esconde
una cierta tristeza
o, tal vez, un suspiro
que es fuerza entre los ojos;
el grito silencioso de una guerrera
que batalla sin temores
en el firmamento del tiempo,
la rabia incontenida
de un deseo y tantos silencios.
A mi madre.
YO soy igual que mi padre,
aunque no nos parezcamos en nada,
ni tan siquiera en lo más sencillo.
Me miro en el espejo
y veo a mi padre, mientras en la imagen
huye la sombra de la memoria.
Hay en mis manos una impronta generacional
que me conforma, la herencia incontrolable
de un desgarro en las entrañas,
el grito silencioso de un ayer desubicado.
Y en los cajones de lo cotidiano,
allí donde lo evidente se hace materia y toma vida,
en aquel lugar en el que nunca me encuentro,
es allí, en esos cajones, donde enhebro
la leve conciencia de lo inevitable
y recuerdo, sin dudas y con orgullo,
que yo, yo soy igual que mi padre.
RECUERDO aquel solar enfrente de mi casa,
sus piedras y arena circunvalando los juegos,
el ruido de ausencias entre los cristales
y un viejo coche abandonado
que era nuestro viaje sin límite a lo prohibido.
Hubo siempre un aroma a incertidumbre
en cada uno de los rellanos de la escalera,
el tacto taciturno de las puertas cerradas
y de los felpudos impregnados
de tantas huellas sin nombre en los buzones.
Los desayunos con prisa y galletas untadas,
los estuches poblados de lápices de arco iris
y restos de goma borrando la ignorancia,
un compás huérfano de curvas
y un transportador de ángulos hacia lo imposible.
Las batas en el patio del colegio
encubriendo la pobreza que habitaba los bolsillos,
la mirada impenetrable de un viejo profesor
que, con el cigarro tatuado en sus dientes,
custodiaba el buen nombre de la apariencia.
Tal vez la memoria sea una mentira compulsiva
y los recuerdos tan sólo el engaño del tiempo,
pero yo, ahora que las canas tienen la mayoría absoluta
en un semiabandonado congreso en mi cabeza,
recuerdo aquel viejo solar donde no cabía la soledad.
HAY en la memoria de la infancia
una nube de recuerdos intangibles,
el aroma salvaje de un Fa1
que se exilió del pentagrama
y se hizo carta de ajuste,
los almuerzos con una pantera rosa
y unas rebanadas de pralín1 ,
con sus dos colores de leche y cacao
y la magia reparadora de un pegamento
que, siempre «imedio1 », era aroma de peligro.
Las tardes de sábado frente a un blanco y negro
en una pantalla de televisor de 625 líneas1 ,
con unos ángeles que dejaron el infierno
para proteger el rostro de Charly1 ,
para recorrer las calles de San Francisco1
en un tranvía que, entonces, era deseo;
un pequeño saltamontes que robaba piedras
antes de que la mano del tiempo se cerrase,
un chupachús secuestrado por un policía calvo1
y aquella selva con un tigre de Malasia1
agazapado entre las fauces de lo impredecible.
Hay en la memoria de la infancia
una abeja traviesa que quiso ser Inca
y se quedó en Maya1 ,
ese eterno amigo que se llamaba Félix1
y dormía con lobos más a menudo que Kevin Costner,
y ese cuento que siempre decía:
«Érase una vez… el hombre»1 ,
mientras una niña ingobernable se columpiaba en una nube
y un mono en el hombro de un niño
buscaba a una madre que olvidó los abrazos.
Hay en el olvido de la infancia
una inocencia perdida en una casa sin pradera1
y en los recuerdos de la madurez
la leve sonrisa de lo que, una vez, tuvo importancia.
Marcas comerciales, personajes, series o programas de televisión de los 70.
ME miro en las fotografías antiguas,
tan decoloradas como irreconocibles,
con los mofletes colmados de esperanza
y la saliva colgando de entre los labios,
con aquel gorrito de lana por fontanela
y un ligero temblor en los pies.
Resulta inquietante verme antes de haberme conocido,
cuando la sombra de lo que quise ser
todavía era un leve trazo en la memoria,
en el instante preciso que pasó de largo
mientras mis dedos se anudaban al viento
tratando de abarcar lo desconocido.
Tal vez nunca fui niño,
salvo en esas viejas y amarillentas fotografías;
quizá la infancia se me olvidó en el andén
de una desangelada estación
y en la próxima boca de metro
encuentre mi reflejo en el expendedor de billetes.
Nunca jamás, nunca fue más que otro nunca
en el horizonte vertical de un rascacielos
y los únicos niños perdidos que alcancé a ver
no querían ser descubiertos.
Y es que esta historia interminable
en busca de mi hada madrina
se termina bruscamente al abrir los ojos
y observar, sin más disfraz que lo evidente,
que el tic tac de los relojes nunca fue un cocodrilo.
QUIZÁ, los amantes de Teruel
eran en realidad dos guerrilleros
furtivos en una selva de hipocresía;
tal vez, Julieta era un mercenario
del amor y su Romeo era un automóvil
que perdió el alfa de su nombre,
y Shakespeare tan solo fue
un corresponsal de guerra
narrando historias de los Apeninos a los Andes.
Es posible que la Guerra de las Galaxias
fuera una versión futurista de siete novias
para siete hermanos, o que la vida solo sea bella
cuando la cuenta Roberto Benigni.
Yo no sé si Rambo es el nuevo Casanova
o si, en realidad, el amor solo existe
si nace en un campo de batalla;
nunca me importó ofrecer mi pecho
en tantas causas que reclamaban justicia.
Dicen que el amor siempre va acompañado de flores,
me cuentan que hay huelgas que agotan
las margaritas esperando respuestas,
siempre supe que en el grito del indefenso
hay más razones que en el silencio del que oprime.
Tal vez, amor y lucha sean los únicos argumentos de la obra
y Gil de Biedma era un jardinero
al que envejecer y morir solo asustaba
si iban acompañados de la rendición.
A Víctor Recua