El vuelo del lúgano
El lúgano que vuela en este, por ahora, último poemario de Fernando Sarría es un pajarillo cantor parecido al jilguero. Es muy habitual en Fernando Sarría basar buena parte de sus versos en imágenes de la naturaleza, entre las que destacan las aves. En otros libros anteriores el ave más abundante había sido el mirlo (que también aparece alguna vez aquí); ahora, le ha tomado el relevo este lúgano. Pero, por encima del nombre, sea lúgano, mirlo o el hiperónimo «pájaro», lo verdaderamente importante es su significación. Y esta no es otra más que ser un símbolo de la vida, una imagen de la afirmación del poeta en este mundo. Así, en el poema de la página 47, el poeta contempla «huidizo el vuelo del lúgano», escucha «el eco de su leve canto», y así se siente en paz, para concluir: «Soy también parte del paisaje». De algún modo, el poeta se siente incluido en el mundo gracias a la contemplación del vuelo de un ave. O, en la página 79, nos dice: «En el vuelo de un pequeño jilguero se mece el invierno. / Su canto abre el asombro y sostiene el frío en su melodía»; la pequeñez de un pájaro pasa a convertirse, por una especie de sinécdoque, en símbolo de una estación entera. Estos pájaros valen por toda una afirmación de la vida, de la unidad esencial del mundo.
Hemos citado al poeta contemplando al lúgano. Y es que Fernando Sarría es fundamentalmente un contemplador. Decía Carlos Bousoño que un poema no es la expresión de una emoción, sino la contemplación de una emoción, refiriéndose a la actitud que el poeta toma ante sus propios sentimientos. Esto lo sabe muy bien Fernando Sarría, en cuya poesía hay una doble contemplación: sobre la naturaleza, no solo los pájaros, sino muchos otros elementos, como el bosque, la lluvia, las nubes, el agua, las estaciones..., y sobre sí mismo, con meditaciones sobre la vida, el recuerdo, el olvido, el amor, la infancia, el paso del tiempo... Claro está que ambas contemplaciones vienen a confluir, pues la naturaleza adquiere tintes simbólicos para expresar los sentimientos humanos: «Es ancha la lluvia, / nos recorre desde la niñez / hasta el último recuerdo»; «Me gusta deambular por el bosque, / abrazar árboles, [escuchar] cómo el sonido de los pájaros / siembra [...] / esos pequeños instantes / en que la soledad / es una compañera de viaje»; «Trepa la noche con un desnudo verso y ligero equipaje: solamente una vida»; y tantos otros ejemplos en los que el poeta demuestra su gran capacidad para crear imágenes poéticas muy sugerentes y muy logradas. Dentro de estas imágenes sobre la contemplación de la vida que nos ofrece Fernando Sarría, una fundamental es la del viaje. La vida como viaje es un símbolo habitual a lo largo de la historia de la literatura. Pero aquí aparece muchas veces en relación con los elementos de la naturaleza y el pájaro que vuela y canta. Así, en la imagen ya citada de cómo los pájaros acompañan la soledad en el viaje vital. O cuando el poeta se presenta caminando en la noche y tras él «camina y susurra / un mundo habitado de muertos», que son sus ancestros venidos «para hacerme saber lo que es morir / sin descifrar la vida». Otros ejemplos: «Llego despacio, / traigo de lejos mis pequeñas muertes»; «Todo gesto sobre el barro / calza gramos de eternidad / en este viaje solitario».
Ciertamente, la vida como viaje pertenece a la tradición poética universal, que Fernando Sarría ha heredado para remozarla con imágenes de gran fuerza expresiva. Si la vida es un viaje hacia la muerte, el vuelo del lúgano puede convertirse en una afirmación de la vida que el pájaro representa. El lúgano vuela (imagen del viaje), pero lo que encuentra es la tranquilidad: «Contemplo el vuelo del lúgano / hacia la fronda perenne y segura de los pinos». De modo que, frente el vacío que nos amenaza, podemos oponer la afirmación de la vida simbolizada por la naturaleza. Hasta el punto de que el poeta se siente en cierto momento tan identificado con el pasaje que llega a afirmar: «Soy un color del día». Este viaje, este paso por la vida, está visto ya desde su aproximación al final. El poeta ha vivido mucho y se detiene a contemplar, no solo la naturaleza, sino su pasado. El tema del recuerdo toma importancia en El vuelo del lúgano. Así, en el poema de la página 42, el poeta convive «con este otro que me habla». Y dice: «Él me regresa a los días pasados, / a los trenes nocturnos [...] / Va envejeciendo conmigo, / pero con él perdura el niño que fui». Y en el de la página 58, que se abre con una sugerente imagen: «Recuerdo la melodía del frío», afirma: «Nunca es suficiente la memoria / para subsanar los tiempos / que dejamos atrás en silencio». Pero el recuerdo, que es otro elemento para sentirse vivo, también está llamado a desaparecer en este viaje que inexorable conduce a la muerte: «Tal vez el recuerdo de otros 10días parecidos / desaparezca lentamente de tu memoria / como tú lo harás de los recuerdos de otros», pues «La memoria se torna arena» y «Cosecho del silencio el rumor del olvido». ¿Y qué salvación puede haber para el olvido? ¿Solamente contemplar al lúgano en su vuelo hacia la seguridad del pinar? El poeta, ciertamente, es un contemplador; pero esa contemplación produce un efecto, que es el poema. Si la vida concluye, si el vuelo del lúgano está condenado a detenerse alguna vez, la palabra escrita perdura. O, al menos, tiene voluntad de perduración. Así, esas contemplaciones y esos recuerdos del poeta esperan persistir en el poema:
Un expreso nocturno cruza tu insomnio
dejando briznas de voces y recuerdos,
destellos inolvidables de tu pasado
de los que brotan sílabas, palabras,
versos que han de perdurar,
tarde o temprano,
llevados por tu mano a los poemas.
El viaje del poeta terminará, pero el lúgano seguirá perpetuamente volando.
* * *
No quiero terminar este prólogo sin hacer referencia al epílogo con que Fernando Sarría ha querido cerrar su libro. Allí, escrita en una prosa muy poética, encontrará el lector una reflexión que el poeta hace sobre su propia creación y una expresión de los motivos y procedimientos que le llevan a la producción de su obra. Es una poética muy breve, pero muy clara, que no solamente demuestra la sensibilidad de Fernando Sarría, sino cómo es absolutamente consciente de su proceso creador. La creación poética ni es un don de los dioses ni una manifestación espontánea del sentimiento. La creación poética, como todo el arte, es un proceso de maduración, de atención y de trabajo. Esta es la reflexión que nos deja Fernando Sarría en ese epílogo, donde se manifiesta como «contemplador». Claro que él lo dice de forma mucho más poética y sugerente.
Joaquín Sánchez Val
Foto: Josian Pastor
Fernando Sarría. Ha dedicado varios años a la investigación en Historia del Arte, en concreto a la escultura del siglo XVI aragonés. En esta materia ha participado en más de veinte trabajos en distintas publicaciones y revistas especializadas, incluyendo el ensayo monográfico El retablo aragonés del siglo XVI. Pertenece a la A.A.E.E y La casa de Zitas.
Ha publicado desde 2008 … veinticinco libros de poemas. Los últimos… Pavana del silencio (El Sastre de Apollinaire; 2021); Paisaje (Akén La luz de lo invisible 2021); La Fórcola (Lastura); La longitud mínima (Herradura oxidada 2022 – plaquette); Desembarcos (BGR 2022 libro virtual); La lluvia azul (Olifante 2024); Los labios rojos de ellas y otros poemas (Lastura 2025); una autobiografía, 1957 (Ediciones Ruser), de los dieciocho primeros años de vida; y Relatos breves (Nautilus 2026).
Premio Imán de la A.A.E.E. junto a Trinidad Ruiz Marcellán de Olifante. Ediciones de Poesía.
A cada árbol sentimos frío,
entre la sombra espesa.
Vamos de frío en frío sin pensarlo.
Gabriel Ferrater
hay detrás de nosotros
sino silencio cubriendo la avenida.
Somos dos sombras habitadas de luz,
caminamos despacio resguardados en el otro.
Mientras nieva sobre el mundo,
transitando en el borde del frío,
nosotros alumbramos
una sola caricia que nos une,
un deshacerse de todo lo que no importa.
ancha la lluvia,
nos recorre desde la niñez
hasta el último recuerdo.
Solo un incendio de sarmientos
prende su llama breve en medio de la noche.
Fugaz e imprevisible,
como todo lo bueno,
nos mantiene expectantes
de un nuevo momento
donde volver a encontrarnos.
posible desasirse y perderse,
dejar atrás las huellas húmedas
de tus pies descalzos
sobre las lajas de pizarra negra
que alzan a lo alto el pequeño acantilado.
Miras en la distancia,
la extensión del océano esperándote.
Te colocas de cuclillas sobre el borde,
contra la brisa marina,
cierras los ojos y resplandece el sol sobre tus párpados.
Este momento seguirá inolvidable
hasta que tu memoria solo sea
una línea azul sobre la vida.
expreso nocturno cruza tu insomnio
dejando briznas de voces y recuerdos,
destellos inolvidables
de los que brotan sílabas, palabras,
versos que han de perdurar,
tarde o temprano,
llevados por tu mano a los poemas.
demoro en cosas simples e intranscendentes.
El movimiento, por ejemplo, de las hojas
secas de los árboles, caídas en otoño,
removidas por el viento.
No hay razones que pueda argumentar
para demostrar su importancia,
ni su interés para otras miradas,
pero yo encuentro en esas imágenes
cierto sentido del devenir de la vida.
uno por uno,
los verbos que me matan,
los trato como a todas las palabras
que viven en mí.
No hay reposo,
pero sé derrumbar ciertos muros
que nunca pude atravesar…
Quizá sea la edad,
o simplemente mis estrategias
para poder sobrevivir a mí mismo.
cuela entre los pinos el sonido del mar,
la brisa húmeda del crepúsculo.
Dentro del coche solo queda tabaco,
algunas galletas, un poco de ginebra.
Frente a mí los astros nocturnos silenciosos,
titilando, reflejados tenuemente sobre el agua y las olas.
Rasguño en un viejo cuaderno unos versos.
Mis manos fabulan un hilo de plata.
Murmurando su nombre, cruza la bahía buscando las
islas.
Pongo la radio, suena solemne un piano,
es un concierto de Rajmáninov.
Me digo que es una buena forma de esperar el alba.
gusta deambular por el bosque,
abrazar árboles que no alcance a abarcar
con mis brazos extendidos,
en silencio, escuchar sin moverme
cómo el sonido de los pájaros
siembra de diferentes melodías
esos pequeños instantes
en que la soledad
es una compañera de viaje.
Ningún sobresalto de la memoria
abolirá la plácida manera de morirse
que tienen los recuerdos.
Gabriel Ferrater
fuimos despacio,
como los largos atardeceres de verano
quedan sobre la piel y la memoria.
No dejamos atrás
más cadáveres que los nuestros.
Unos muertos sonriendo en las fotografías,
ciertas cartas de amor,
encuentros vividos intensamente
bajo un viejo ventilador,
junto a un hondo rasguño en el corazón.
Los días de otoño y de llovizna
nos dieron el valor de la distancia,
el tiempo incesante que siempre
te va arrebatando todo el silencio.
la tierra reposa.
La contemplo envuelta en el silencio de la bruma,
bajo la escarcha de los primeros fríos del otoño.
Cuando lleguen las lluvias, reflejadas
sobre los charcos de los campos,
volarán las nubes de plata tras el viento.
Ya no se oyen los pájaros,
se resguardan en los montes, adentro de los bosques.
Ellos también esperan la luz que les da como a mí la vida.
Mi memoria me espera en las cosas pequeñas
para demostrarme que no existe el olvido.
Roberto Juarroz
recuerdos y las cosas se enlazan
entre sí, como un alfabeto.
Desde rincones perdidos llega
una inundación de recuerdos ya inesperados,
miradas, palabras, un lugar, aquel aroma.
Un día cualquiera de cualquier año
su recuerdo te invade.
Entonces comprendes que no existe el olvido,
que solo debes asirte
a la aceptación de lo irremediable.
resumen en el viento
casi todas las cosas.
El lúgano descubre aun volando
su impotencia
ante la lejanía del horizonte,
como la sufre un hombre
pensándolo tan cerca
pero siempre tan lejos,
una línea azul y silenciosa,
ligeramente cóncava,
a la que solo el aire
sabe llegar y descifrar.
día cualquiera.
Será como otro más.
Brillará el sol,
se enredará el trino de las aves
con el sonido del viento
sobre las copas de los árboles.
Un día más al lado del mar,
bajo la cronología de las mareas,
acusando el golpe metálico de las drizas de los barcos
que permanecen en los muelles.
Tal vez el recuerdo de otros días parecidos
desaparezca lentamente de tu memoria,
como tú lo harás de los recuerdos de otros.
Cuando nadie vuelva a pensar en ti,
entonces, será verdad
que el día del olvido nos alcanza a todos.
Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.
Michel Houellebecq
cielo cae.
De par en par he abierto la ventana.
La tormenta acalla mi pensamiento,
solo escucho el sonido impetuoso del aguacero.
No hay mayor nostalgia que la del miedo
que sentimos de niños frente a los truenos y los rayos
rompiendo el horizonte.
Porque hay un momento de eternidad en ellos,
un poder que se alza sobre nuestra mínima humanidad,
que sostiene una llama ancestral en la memoria,
que nos sobrepasa, que nos devuelve
a nuestro verdadero lugar ante la fuerza
indiscutible de la naturaleza y de la vida.